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Full text of "Leoncio Lasso De La Vega 1904 La Verdad De La Guerra"

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Leoncio Lasso de la Vega 



EN LA 



REVOLUCIÓN URUGUAYA OE 1904 


SU M A-RTO 

Posición de los ejércitos en la segunda quincena de 
Mayo.— Batalla de los Olimares.— La- odisea del 
Parque revolucionario.— El ataque al Salto.— 
Batalla de Guayabos.— Los campamentos.— La 
novela en la guerra.— ¿Paz ó. Tregua?— La neu- 
tralidad argentina.— Literatura de campamento. 


Precio del ejemplar: $ 0.30 oro 


MONTEVIDEO 

IMPRENTA Y LITOGRAFÍA «LA RAZON» 

S4 - CALLE CAMARAS - 64 


1904 







PRÓLOGO 


«La Verdad de la Guerra»: así llamo 
á mi libro, porque su solo mérito' estriba 
en la palabra sagrada con que empieza 
su título: «la Verdad». 

Por conocerla he recorrido la campa- 
ña al lado de los ejércitos, he estudiado 
pasiones, he admirado virtudes, he sen 
tido el horror de las ciegas ferocidades, 
h¡e presenciado grandiosos espectáculos, 
«orprendentes panoramas de la natura- 
leza y 'bello® ó terribles cuadros de enor- 
mes agrupaciones humanas, sintiendo 
pesar sobre mi ser, la angustia del es- 
píritu ¡y la fatiga del cuerpo. 

Este libro que voy :á dar á la luz de 
una aurora de paz, pido á Dios — como 
las esposas eh la víspera del alumbra- 
miento— que traiga por únicas galas en 
su canastilla de recien nacido, gasas de 
Verdad y tules de Belleza. 

Y ;será, efectivamente ¡heraldo de la 

Verdad!, porqué no han mordido en mi 
corazón los dientes agudos del partidis- 
mo fanático, ni me adulan oii lontananza 
gradbe, honores ni beneficios: portóos 

ningúitt' ¡intento preconcebido pone tra- 
bas á mi libérrimo lenguaje; porque obe- 
diente siempre á mi estoica índole con- 
templativa no analizo lo que debió ser. 
sino sintetizo lo que ha sido. 

Y será, también, reflejo de la Belleza. 
no 1 por la® galas que le negará la insu- 
ficiencia de mi poder creador, sino por 
ser copia real de la Naturaleza 1 , que en 
enérgico claro-oscuro, me obligó á abrir 
lo* admirados ojos ante ráfagas lumino- 



- 4 — 


sag dé heroismo, ó me forzó á cerrarlos 
dolorosamente ante la tiníebla pavorosa 
de una crueldad trágica. Y é9, precisa- 
mente, en ese contraste épico donde re- 
teidie la suprema belleza. ¡0s Aquiles 
arrastrando ferozmente á l'a zaga de su 
carro, el cuerpo de Héctor, en torno d'e 
los muros de Troya, y llorando á la. si- 
guiente noche, con infantil congoja, al 
contemplar en su propia tienda el mag- 
niálnima. dolor del «anciano «rey ÍPriámo 
que visita á Su más impla«cable enemigo-, 
por rescatar de la cruel afrenta, eL «ca- 
dáver d!e su hijo. 


Afirmo además, que esta mi nativa ín- 
dole, paladinamente enamorada dél Arte, 
como los caballeros* del Santo Graal, se 
complace en aproximarse á los hechos 
reales sin investigar de qué noche bro- 
taron ni há-cia qué alboradla caminan. 
Contempla el fenómeno y lo aquilata en 
su potencialidad de un solo momento es- 
tético. Si e3 «bello» y «verdadlero», le 
rinde tributo de admiración, y lo copia,, 
lo traduce ó" lo canta. 

Si yo fuera pintor, escultor ó arqui- 
tecto, materializaría mi emoción, en el 
cuadro, la estatua ó el monumento. Sien- 
do «cual soy, lai encamo en el párrafo, en 
la arenga ó en la estrofa. 


Lós árabes de las brillantes épocas de 
Abderraman y Harum-al-Raschid, refi- 
riéndose á Hábiga, su poeta favorito 
anterior á Mahoma, decíán e(n un pro- 
verbia: > 

«Si Niábiga es poeta, no marcha á nin- 
gún fin.» 

¡Sábia interpretación de e3as almas, 
sacerdotisas del Arte, turbulentas, inde- 



- 5 — 


cisa», errantes; perseguidoras eternas de 
los vapores intangibles efn que % fingen 
desmenuzarse los ropajes inexistentes d*el 
iris ! 

Luchan los hombres en perenne pugi- 
lato pidiendo á la Victoria los bienes de 
la tierra; y entretanto, la fantasía dte 
Ñábiga, flotando en la altura, sin bando 
que lo atraiga ni plan, que lo condúzca, 
soló distingue y aplaudle en el resuelto 
campo, lá esbelta silueta del gladiador 
atlético; la bella nota de color que di- 
buja en la pálida arena una mancha de 
sangre iluminada por el sol: la trágica 
hermosura de un rostro moribundo pero 
altivo: la rugiente armonía de espadas y 
de escudos que, entre vítores y alaridos, 
se chocan con estruendo broncíneo. 

Todo lo demás ; las causas d!e esa lu- 
cha, loa apetitos que la mueve®-, los fines 
que persigue... ¿qué Je impbrban? «¡Si 
ííabiga es poeta, no marcha á ningún 
fin». 

Lo veréis recorrer á 1 caballo los desier- 
tos arábigos; unirse á una caravana: en- 
trar en la ciudad próxima: contemplar 
extasiadb el mosaico de los monumentos; 
admirar en los «zocos» las vistosas esto- 
fas bordadas de oro y aljófar : arruinarse 
por comprar al mercader judío un pu- 
mal \damia3quina icón puño cincelado; 
volver á la tienda nómada con nostalgia 
de soledades; asistir á feroz batalla en- 
tro dos tribus hostiles ; meditar como un 
misántropo 'bajo Wa palmeras idie ún 
oasis; jurar que entregará su vida por el 
amor de una mujer. . . v después. . . mon- 
tar en su caballo, y dejando con indife- 
rencia la mujer, la estofa y el puñal, lan- 
zarse a3¡ galope hacia ;lo alto dé una 
loma á contemplar en silencio, allá á lo 
lejos, á la hora triste del, ocaso, lae fran- 
jas de rojizas nubes con que se envuelve 
el sol, como en sábanas de púrpura, para 

úSbigo 00 m leCh °’ máS allá del Golfo 



- 6 - 


Algún ejemplar de hombre grave, se- 
sudo, equilibrado, y por ende insoportar 
ble para Nábigá, le preguntará sorpren- 
dido: 

— «Qué ciego huracán te guía? }, Para 
qué buscas caravanas, mosaicos, estofas, 
puñales, campos de batalla, frescos oasis, 
miradas de mujeres hermosas...? ¿Eres 
creyente, mercader, guerrero, dervich, 
amanite. . . ? Qué impulso te agita. . . ? 
« A dónde vas...? 

Y Náibiga, levantando los hombros con 
supremo desdén, murmurará en 3u pensa- 
miento : 

— «Que i donde 1 voy? «Qué me impor- 
ta? «Lo sé, acaso, yo mismo? 

¡Ah del proverbio árabe! «¡Si Nabiga 
es poeta no marcha á ningún fin!» 

Lector: al tomar este volumen en tus 
manos no te interrogues con desconfian- 
za, qué doctrina sustento, qué fin per- 
sigo. 

Supon que jabrigo en mi interior un 
átomo, un germen, un efluvio de Nabiga, 
y por lo tanto, I créelo ! no vóy ■ á ningún 
fin. 


Es precisamente ese espectador impar- 
cial, amante sincero de la Verdad y la 
Belleza, el que admirando el emocionan- 
te drama, mide bien la estatura de cada 
personaje, aprecia el niVel exacto Ide 
cada carácter, aquilata la grandeza del 
escenario, y realiza, después, en su cró- 
nica, verdadera obra de justicia: por- 

que ni comparte las pasiones de aquellos 
que «actúan entre bastidores; ni siente 
empañada su vista por la distancia, como 
los habitantes burguesmente pacíficos de 
las capitales, ¡ Es miope la mirada de la 
ciudad para leer en el alma de los cam- 
pamentos; es mala conductora de magne- 
tismos, para sentir los secretos jpstreino- 
cimíentos. las ráfagas de latentes heroís- 
mos que allí circulan! 



- 7 - 


Ese espectador imparcial que por bus- 
car tan solo la. Verdad! y la Belleza,, en- 
cuentra ooin ellas á la Justicia, es ©1 
que logra salvarse de la atmósfera de 
falsos convencionalismos donde, con fre- 
cuencia, empiezan á dibujarse, flotantes, 
los fantasmas Ündiecisote Idjé la leyenda, 
y donde á veces se elevan, bañándose en 
injusta gloría, las cabezas altivas dé in- 
merecidas estatuas, al pie de cuyos pe- 
destales, yacen olvidados los héroes ver- 
dadeaos á quienes usurparon sus pues- 
tos. 

Porque hayamos saludado de cerca á 
osos toscos guerreros y los hayaanos to- 
cado con el codo ¿no hemos de ver con 
precisión de juicio, la pasiva grandeza, 
la serena majestad con q.ue galoparon sin 
descanso esos ágiles ginetes, llevando á 
la grupa el porvenir próspero y glorioso 
de la Nación? 

Siervos, como por desgracia somos, de 
tanta» y tan ruines prevenciones, solo 
percibimos la visión de lo gigantesco en 
la óptica dé las remotas lontananzas his- 
tóricas: y así como vemos pasar el genio 
á nuestro lado y lo dejamos morir aban- 
donado en su altivo silencio, así hemos 
visto recorrer los campos uruguayos, esos 
ejércitos de combatientes, sin compren- 
der, quizás, on toda su potente realidad', 
que estaban descorriendo entre I03 úl- 
timos crepúsculos del torvo fratricidio, 
los albores permanentes de una serena 
y definitiva aurora ; sin que, al «rugir las 
últimas batallas, leuya eajngre aún hu- 
mea, hayan resonado en nuestra memo- 
ria, al través de Un siglo, los robustos 
acientos fie Barbier: «que el grandioso 
« populacho y la santa canalla, rodaban 
« hácia la inmortalidad.» 

Intentemos, pues, hacer la historia de 
esta guerra, considerándola como un pe- 
ríodo^ de mída gestación, que había de 
dar á luz la nueva era iniciada con la 
actual pacificación, y cuya influencia en 



-8 - 

©1 porvenir uruguayo, no es hoy, sino e» 
un próximo porvenir, cuando podrá se- 
renamente juzgarse. Pero pongamos de 
relieve, entre los mismos anhelos, vicisi- 
tudes, aberraciones, luchas enconadas del 
bien y el mal, y opuestos ideale3 de ma- 
yor ó menor pureza, la potente energía, 
la robusta vitalidad! de este joven y viril 
pueblo uruguayo. 

El bello ideal, inasequible para nuestra 
defectuosa naturaleza, sería, poder con- 
templar las guerras, no entra humareda 
de pasiones como las vemo3 desde aquí 
abajo los hombres, sino con mirada diá- 
fana como podrían verlas condenarlas 
desde su sereno asiento los dioses. 



DOS PALABRAS AL LECTOR 


Posición de los ejércitos en la 
segunda quincena de Mayo 

¿Te dispones, lector, á recorrer conmi- 
go los campos de la República, ya al 
fíente, al flanco ó á la zaga de los ejér- 
citos, en incansable rebusca de la verdad 
de los hechos, para conocer, en lo hu- 
manamente posible, lo bueno y lo malo 
de esta campaña, que ha trazado una lí- 
nea francamente divisoria entre lo pasa- 
do y lo porvenir, entre un nebuloso ayer 
y un luciente mañana? 

Habrás de soportar en este viaje imagi- 
nativo, no las faitigas del soldado, qu'¿ 
tú leerás envuelto en tibio ambiente y 
reclinado en sibarítica postura, pero sí el 
«desorden -ordenado» de mi relato, y los 
discursos con que mi voluble antojo, co- 
mente de vez en cuando, ya un hecho; ya 
una teoría política, social ó aún reli- 
giosa : ya una simple opinión personal 
cuya exactitud quedará, naturalmente. 1 
á tu arbitrio, aeeptar compartiéndola, ó 
rechazar censurándola. 

Habrás de considerar, además que 
es muy difícil desenmarañar la verdad es- 
tricta de los hechos, por muy proba que 
sea la intención del narrador; por muy 
sincero que se manifieste su propósito de 
imparcialidad. En este caso actual, nos 
tienden opacos velos ante la vista, las pa- 
siones,* herborosas aún. Pidamos datos á 
dos testigos oculares del mismo aconteci- 
miento, .y cada cual nos hará su relato 
aproximándose más á lo que él querría 
que hubiera sido, que á lo que fué real- 
mente, y discrepando en tal manera que 



- 10 - 


extraviarán nuestro juicio, Perdónenme 
los Tito Livios, los Monmsen y los Ma- 
cauley, pero le tengo poca fe á la ver- 
dad histórica. Es tan sutil la leyenda y es 
tan subrepticia la fábula que ambas, 
con igual habilidad, se deslizan en los 
más sesudos párrafos de todo ilustre rela- 
tor, desde Herodoto hasta Isidoro De Ma- 
ría, y nos hacen su amable mueca de en- 
gañadora belleza, -encuadrándose en el 
centro de la misma página en que el egre- 
gio autor creía, como artículo de fé, ha- 
ber estampado el sello incólume de una 
verdad, desnuda, transparente, insospe- 
chable. 

Ademas; el autor de este libro no po- 
see el raro don de ubicuidad y no ha podi- 
do estar presente, como testigo fiel, en 
varios sitios al mismo tiempo y ante he- 
chos coetáneos: le ha sido necesario, por 
consiguiente, valerse a veces de la narra- 
ción ajena, y es un hecho plenamente 
constatado por la práctica de todos los 
siglos, que los mas de los hombres no sa- 
ben ver, y si saben ver no saben contar 
lo que han visto,y si por rarísimo caso 
supieran '. ver y contar, — cualidades que, 
juntas, á muy pocos mortales han sido 
otorgadas — cuentan lo que vieron, si ; pero 
arrimando demasiado el áscua á su sar- 
dina. 

Habrás, en fin, de disculparme, lector, 
que yo jio esté amasado con pura esen- 
cia divina, sino con frágil barro humano, 
como cualquier otro mortal, y que tenga 
también por consiguiente, mis pasiones, 
mis debilidades, mis enamoramientos con 
estas ó aquellas teorías, tendencias y doc- 
trina». 

Pero creo, que las mismas anteriores 
advertencias, tan lisa y llanamente pre- 
sentadas, son ya prueba eficiente de mi 
franca sinceridad, y una garantía para 
ti, de que no tengo lo que mayor peligro 



11 - 


entrañaría, esto es: la segunda inten- 

ción guardada en reserva: el arma car- 
gada y oculta en un bolsillo. 


Allá por la segunda quincena de Mayo, 
encontrábase en su auge, la lucha encar- 
nizada (y subrayaría de buen grado esta 
palabra) con que se resolvían, á sangre 
y fuego, los destinos futuros del Uru- 
guay. 

Dos ejércitos de la nación, el del Norte 
y el del Sur, perseguían tenazmente á 
las fuerzas revolucionarias, suvoyados por 
las guarniciones de las principales ciu- 
dades. y ayudados por los destacamentos 
que guardaban los puentes,- y por colum- 
nas espedicionarias que auxiliaban sus 
planes de campaña. 

Las tropas de la revolución, formaban 
entonces el mayor núcleo dé fuerzas que 
logró reunir Aparicio Saravia durante 
los nueve meses de la campaña, encontré n 
dcse la guerra civil en su periodo de ma- 
yor auge, y obedeciendo, precisamente á 
esla causa, que yo elija el mes de Mayo 
para qomieiizo de ttni narración', sám 
perjuicio de narrar luego la. primera 
época. 

Era. entonces, el ejército de Apari- 
cio Saravia, según la versión más acep- 
table, y en opinión de ambos bandos, 
fuerte de unos quince mil hombres, arma- 
dos en sus dos terceras partes, decididos 
con calculado propósito á no presentar ba- 
talla sino en condiciones exeepcional- 
mente favorables; á esquivar los ataques 
de fuerzas superiores; sortear las perse- 
cuciones; recorrer en intricado zig-zag, 
trazado por las volubles circunstancias, 
todos los campos, parajes y rincones de 
la República; cansar al pais y al gobier- 
no ante una guerra que parecería inter- 
minable, y obligar ó ambos á resolver el 



- 12 - 


conflicto mediante un convenio en que 
quedaran á salvo, los intereses del parti- 
do nacionalista, sus jefaturas departa- 
mentales, sus bancas en la Cámara, y laj 
conquistas que había hecho mediante los 
pactos del período cuestista. 

No hacía mucho, á fines de Abril, los 
representantes de la asamblea de estan- 
cieros, habian hablado con Aparicio Sa- 
rabia en su campamento al sur del Za- 
palla?, entre Fraile Muerto y Tacuari, á 
fin de concertar una fórmula de pacífico 
convenio, que no tuvo resultado alguno. 
El doctor Nin, recibido con agasajo en 
aquel campamento, asumía la represen- 
tación de la asamblea, y el fondo de aque- 
llas capitulaciones fué resumido por Lin- 
doro Pereyra, jefe del detall revolucio- 
nario, diciendo que «eran fórmulas in- 
« aceptables y promesas sin fundamento: 
« que el gobierno no aparecía, siendo 
« otros los que ofrecían por él, y que en 
« suma lo que se les proponía era el des- 
« árme, la entrega, el sometimiento.» 

, Desde los primeros días de Mayo la 
.persecución había sido activa. El día 6 
en el aTroyo* Salinas, el 8 en Sarandí del 
Yí, el 10 en Cerro Colorado. Allí hubo 
rana contramarcha con rumbo á Florida; 
la pista parecía pérdida; pero el día 14 
se ©upo que el grueso del ejército revo- 
lucionario llevaba rumbo hacia el arroyo 
Soldado, y desde entonces volvió á ac- 
tivarse la persecución, realizando con 
frecuencia pequeños encuentros; trope- 
zando cada día con columnas volantes; 
pudiéndose señalar con un solo derrotero 
el camino de ambos ejércitos; acampan- 
do tan próximos en algunas ocasiones, 
que á veces la vanguardia pernoctó sin 
encender fogones y con los caballos ata- 
dos. 

El paraje por donde habían desfilado 
quinientos revolucionarios, lo recorría á 
lias cuarenta y ocho horas la extrema 



13 - 


vanguardia del ejército del Norte; él al- 
macén en que un. día se había surtido 
una columna de- doscientos hombres de 
la división «Saravia», era visitado al día 
siguiente por lo» soldados del gobierno; 
encontrábanse á veces carnead a3 frescas 
y fogones encendidos. 

El lindó pueblo Sarandí del Yí, vió 
desfilar, con un intervalo • de veinte y 
cuatro horas, por su espaciosa plaza, los 
últimos soldados del ejército de Aparicio 
y la avanzada del comandante Isasmendi 
que formaba en la extrema vanguardia 
al' mando del coronel Cándido Viera. 

No escaseaban I 03 encuentros parcia- 
les entre los exploradores de uno y otro 
ejército. Una mañana envía el coronel 
(Eruciso, Ide lia vanguardia, uta destaca- 
mento de 30 hombres á la estación La- 
torre y al mando del capitán Tiucuna, 
de Florida. 

Pregunta éste, en? un almacei# de aquel 
paraje, si creen quq- ha.ya alguna fuerza 
revolucionaria cercana, y sea que el al- 
macenero obrara con espontánea mala 
fe, sea que hubiere sido obligado tá men- 
tir <por algunos ¡revohicíioiiarios, esootn- 
didos, quizás, en él mismo almacén, y 
aca3o escuchando el diálogo, ello es que 
aseguró al capitán Tucuna, con entera 
firmeza,- la completa ausencia de toda 
partida en aquellos contornos. Pero ape- 
nas salió el capitán, y aun antes de ha- 
berse puesto en formación al frente de 
Sus (hombres, se vieron rOpeuti ñatamente 
Todeadoa por no menos de quinientos 
enemigos. 

Tras, de un breve instante de confu- 
sión. bajo el fuego nutrido y* á corta dis- 
tancia, se organiza el pequeño grupo y 
responde al tiroteo, dispuestos á morir 
matando, pero tentando abrir una bre- 
cha por donde salir de aquel funesto 
círculo. 

En los primeros momentos, caen muer- 
tos cuatro soldados, y cae, oon ellos. 



- 14 - 


también el capitán Tucuna, quedando 
acéfalo ©1 destacamento. 

Apriétanse, entonces, las filas: se es- 
fuerzan por enfocar nutrido fuego gra- 
neado sobre u¡n punto débil del enemigo: 
•consiguen abrir un espacio; lo 1 asaltan al 
galopé, y logTan salir en veloz retirada, 
no sin sufrir nuevas bajas y alcanzando, 
al fin, á su brigada donde dieron la nuce 
va de la emboscada en que se vieron en- 
vueltos, y la noticia de la muerte de su 
jefe. 

Coimo- estío b pequeños encuentros, 5en . 
que se han perdido muchas vidas de una 
y otra parte, los ba habido en abundan- 
cia durante la guerra, sin que las cró- 
nicas hayan podido siempre tomar nota 
d)e ellos y sin más corolario para esos 
sacrificios aislados, que el eco triste dé 
la banda tocando oración en medio de 
la brigada descubierta en {fúnebre bof- 
nor á lo» caídos, y el cadáver de algún 
valeroso oficial dejando entre los suyos 
el glorioso recuerdo' que otorga siempre 
la memoria á los que cayeron en el ejer- 
cicio del deber, cubiertos de honor y en 
defensa de un ‘ ideal. 


Durante aquellos días, el ejército de 
Benavente, siguiendo paso á paso a 
la revolución, comunicándose constante- 
mente con el ejército del Su<r mediante 
palomas mensajeras que enviaba á la 
Capital, y obligando á Saravia á presen- 
tar batalla ó dirigirse hacia las fuerzas 
de Muniz, recorrió las hermosas sierras 
de Minas, donde tal vez la revolución hu- 
biera podido detenerse y luchar con in- 
dudables ventajas; recorrió todo el de- 
partamento bajando y subiendo del valle 
á la colina y de la cumbre á la llanura, 
en ondulación constante, como una nave 
sqbre las crestas de las olas, y salvó aque- 
llos cerros pedregosos, cruzó los espesos 

£ 



- 15 — 


chircales al á 7 on frecuente del clarín, as- 
pirando el fuerte aroma de la chinchilla; 
■contempló aquellos magníficos panora- 
mas en las' proximidades -del Berdun. con 
su pirámide en la elevada cima" coronada 
por la efigie de la Viseen, (y el certrió 
frontero en que brilla, plateada, poética; 
entre verdaderos pensiles, la casita de un 
anciano sacerdote que solitario la habita 
como uní anacoreta de la pasada ediadl, y 
la hermosa ciudad de Mina», tan graciosa 
cuando se la contempla desde loe próxi- 
mos colladías, entre huertas, y jardines 
salpicados de blancos caseríos. 

JSn las cercanías dé la ciudad fué don- 
de ocurrió el curioso episodio del capi- 
tán Alfredo Tejeras, muy digno de men- 
ción por haber sido este ofidial el primero 
que, acompañado del cabo Giraldéz v un 
soldado, penetró en Minas cuando toda- 
vía estaba ocupada por los últimos re- 
volucionarios, apoderándose de la Jefa- 
tura Política v levantando un acta fir- 
madla por el Juez de Paz y algunos ve- 
cinos. 


El día 15 había pedido el capitán Te- 
jeras al comandante Isasmendi permiso 
para apartarse de la columna y visitar 
á unos parientes que habitaban en aque- 
llos contornos, siéndole concedido y de- 
biendo incorporarse prontamente á la 
vanguardia que avanzaba en dirección á 
Solí* Chico. 

Pero durante la ausencia del capitán, 
cambió de rumbo la vanguardia, y el día 
16 acampó á las tres de la tarde frente al 
abra que por la izquierda del Berdun 
coinduce ad pintoresco valle en que se 
asienta la ciudad de Minas, 

Aprovechando lo temprano de la acam- 
pada, algunos oficiales habían hecho una 
ascensión a la cumbre del cerró sobre 
que se asienta la imagen de la Virgen, 
levantada alh por el fervor católico, y 



- 16 - 


contemplaban desde aqueUa altura al 
magnífico panorama que se desarrolla 
ante la vista. 

* Toda una cadena dfe cerros, il um ina- 
dos por los rayos, ya oblicuos del sol, 
escalonándose, hasta terminar en el océa- 
no con el de las Animas y e¿ Pan de Acu- 
car que ven levantarse en el horizonte 
lo3 navegantes, cuando desde alta mar se 
aproximan á playas americanas; á la iz- 
quierda el alto pico del Negro ; más allá 
,1a sierra de Arequita cuya larga meseta 
deja ver en lontananza otra intrincada 
sucesión de montes esfumados por la nie- 
bla &zul de la distancia: destacándose con 
vigoroso relieve, los cerros Campaneros, 
detrás de los .que se eleva hacia el orien- 
te, en caprichosa perspectiva el cerro Pe- 
nitente con sus dos rocas que rígidas en 
su cúspide, fingen las enormes efigies 
arrodilladas, solemnes, estáticas, á que 
deben su nombre : en* el fondo del valle, 
resguardada por aquel anfiteatro de mon- 
tes y cerro3, la ciudad, envuelta en tú- 
nica verde de huertos y jardines, cuyos 
pliegues de follaje penetran entre sus 
muros recoTtándo las blancas siluetas de 
los edificio3, aislando' entre sus, festones 
las paredes dé quintas y molinos dorados 
por el sol, y bañándose todo este risueño 
conjunto en tan vivos reflejos y tan sua- 
ve belleza, como si aquél fuera el nido 
propio de donde salen volando para ale* 
grar á las campiñas las mañanas prima- 
verales. 

A la espalda, el campamento; las car-' 
pas recién levantadas, ya en el bajo, ya 
en las faldas de las colinas, ya al borde 
del arroyo junto al follaje del sauzal, ya 
próximas á la cumbre apoyadas en enor- 
me piedra que blanquea entre el verde 
pastizal: el humo de loo fogones que se 
eleva en columnas" opalinas y flota en 
ligeros cendales á capricho del viento: 
los grupos de soldados que ya se apiñan. 
y¿ se dispersan, ya desfilan en hileras al 



- 17 - 

son de los clarines, y que vistos desde 
aquella altura, envueltos en sus unifor- 
mes. parecen insectos azules atareados en 
misteriosa faena moviendo sin cesar los 
brazos, como (ágiles antenas, entre sus 
minúsculas casitas de lona: los caballos 
pastando, con la cerviz siempre inclinada 
cual si fuera el signo de su servidumbre : 
todo ello salpicado de diversos colores, 
entre profusas, notas de rojo, de blanco, 
de violeta, sobre el verde de los prados, 
bajo él azul dé los cielos, y entre el ama- 
rillo áureo dpi ambiente que perfila al 
cuadro con relieves dé oro: todo ello vis- 
to desde la cima, menuda, lilio-utiense, 
abarcándolo de un solo golpe de vista, 
como si á uno de esos campamentos de 
juguete que deleitan a 1 los niños, les hu- 
bieran prestado, súbitamente, movimiento 
y vida. , 

Cuando, a] atardecer, bajaban los ofi- 
ciales por la falda del- Berdun, supieron 
ya las primeras noticias dél inesperado 
acontecimiento. 

El cabo Giraldez acababa de cruzar el 
campamento á galope, no sin apuntar á 
su paso, con fogosa incontinencia.;, algu- 
nos datos confusos, incompletos, del no- 
torio hecho en que había sido personaje, 
y de la alta misión que lo llevaba veloz- 
m nte hacia la carpa del comandante. 

Allí, narró el hecho, ante los jefes, en 
estilo robusto y. con palabra altisonante; 
porque es huerto advertir, como referen- 
cia, de impecable veracidad, que el cabo 
Giraldez había tenido el honor, en reite- 
radas ocasiones, de ser aplaudido por el 
público, en representaciones escénicas de 
más Ó menos trágico argumento; .y no es 
extraño ^que su cálida fantasía encontra- 
ra relación emocionante, entre los hechos 
que ahora. narraba, con trama geñuina- 
mente guerrera, con espadas de verdad, 
con peligro real de dejar la cabeza en una 
emboscada, y lo8 episodios dramáticos dé 



- 18 - 


S ancho García, El Zapatero y el Rey, ó 
Carlea II el hechizado. 

Su primera frase, cuadrado* y con la 
mano en el kepí, fué ésta : 

— ¡ Vengo de Minas! 

Como la extrema vanguardia se diri- 
gia hácia Minas, tenía que ser sorpren- 
dente que un soldado de esa misma ex- 
trema vanguardia, que no, era explorador 
ni flanqueado^ sino cabo del batallón de 
Canelones allí acampado, viniera, en 
aquellos momentos, de Minas. 

— •), Cómo puede ser eso? 

Ahuecando un poco la voz, respondió 
Giraldez: 

— ¡El capitán Tejeras se ha apoderado 
de la ciudad de Minas! 

Y esto fué dicho con el mismo acento 
que hubiera usadoi en pleno drama me- 
dioeval para decir ante un teatro lleno 
y en 1 cuasi f abla antigua : 

— ¡Rey Alfonso! ¡venid 1 © soy aquí para 
deciros que el fazañoso caballero Rui 
Díaz de Vivar, apellidado El Cid cam- 
peador ha tomado á los infieles la cib- 
dad de Valencia! 

De su pintoresca narración resultaron 
los. siguientes hechos que yo narro en 
Simple fabla vulgar y con estilo pedestre: 

A consecuencia del cambio de rumbo 
de la columna, el capitán Tejera no pudo 
encontrarla para incorporarse; quedó ais- 
jado con sus dos únicos acompañantes 
y dudoso respecto al camino que debiera 
seguir : buscó rastros que lo orientaran 
y solo encentró huellas sospechosas. En 
estas malandanzas y cuando se hallaba 
próximo á Minas, tropezó con un desta- 
camento revolucionario que logró esqui- 
var «internándose en el monte y apartán- 
dose más aún del buen rumbo. Poco des- 
pués y cuando estaba más cercano á Mi- 
nas, encontró una guardia enemiga con 
la que tuvo que tirotearse, y viendo que 
la tarde avanzaba) isin lencontrar á su 
columna, comprendiendo que aquellos pa- 



— id - 


rajes estaban plagados de pequeñas par- 
tidas blancas, entre las cuales no era 
prudente que pernoctaran tres hombres 
solos, reflexionó con la serenidad propia 
de un oficial valiente, aquilató el peli- 
gro del campo y el peligro de la ciudad 
donde todavía era de suponer que que- 
daba .algfuna guartnicfcón "revolucionaria!, 
v prefirió exponerse al peligro de la ciu- 
dad, entrando en Minas descaradamente 
y afrontando lo que pudiera sobrevenir 
en pjena luz con un rasgo de audacia, á 
caer en silencio, sin provecho y sin glo- 
ria, en cualquier emboscada, envuelto en 
la oscuridad y aparentando quizás, con 
su ocultación entre los vericuetos de la 
sierra, más prudencia que valor. 

Pusieron al galope sus caballos; salva- 
ron! la línea de fuego de la guardia que 
loa tiroteaba; penetraron en Minas, dan- 
do lugar con su presencia á que los últi- 
mos revolucionarios que allí ouedaban, 
y que conocían la proximidad de la van- 
guardia de Benayfente, creyeran que 
aquel grupo era la primera avanzada de 
Viera, |y desalojasen la ciudad por el ex- 
tremo opuesto ; dirigiéronse naturalmen- 
te, á la Jefatura,, donde subieron que el 
día anterior había desfilado por la calle 
18 de Julio el ejército de Saravia: con- 
vocaron á algunos vecinos partidarios del 
gobierno que acudieron poniéndose á las 
órdenes del capitán Tejera, y éste, para 
salvar s.u¡ responsabilidad en vista del 
destrozo que los revolucionarios habían 
hecho en el local dé la Jefatura, levantó 
mi acta con el Juez de Paz R. del Cas- 
tillo ante los testigos don Rufino Larrosa 
y don Luis Ruy, y envió después al cabo 
Giraldez hasta la cabeza de la vanguar- 
dia, cuya dirección supo allí, notificando 
lo que había hecho y pidiendo órdenes. 

Episodio es éste que merece sincero 
elogio por la actitud serena y decidida 
del capitán Tejera; pero que resultaba 
mi* pintoresco narrado ñor el cabo Gi- 



- 20 - 


raldez, cuando sintiendo bullir en su fan- 
tasía las heroicas hazañas del escenario, 
exclamaba, animándose á s í mismo con 
un trágico gesto: 

—Entonces el capitán, que tiene 'un co- 
razón de aceró, señaló la ciudad con la 
punta de su espada y nos gritó: «¡Mu- 
chachos ! ¡ Adelante ! 

Y al pronunciar este «muchachos» 
veía brillar ante sus ojos, los cascos, las 
corazas y las adargas de; latón que tan- 
- tas veces, en la escena, habían deslum- 
brado su vi3ta y exaltado sú mente de 
genuino artista dramático. 

Como quiera que sea no faltaba razón 
al bueno de Giraldez. cuando al hacer 
referencias á este hecho, repetía obsti- 
nadamente : 

— El caso es, que el capitán y yo, he- 
mos sido los primeros en tomar á la ciu- 
dad de Minas que estaba en poder de los 
revolucionarios. 


El ejército de Benavente pasó él día 
.17 por Minas donde fué recibido por unos 
con vítores \y flores, por otros con neu- 
tral curiosidad, por algunos con hostil 
semblante y escudriñadora observación 
de su aspecto, su número, sus caballadas; 
y siguió hacia ¿1 Norte ‘haciendo algu- 
nas -jornadas de á 50 kilómetros hasta 
vadear el día 20 la picada de Rodríguez 
sobre el Cebollatí, acampando junto ál 
arroyo Sarandí, enviando fuerzas que 
resguardaran los pasos de Averías y Grin- 
go y cerrando al ejército enemigo todo 
•caímino que quisiera utilizar para una 
contramarcha hacia el Sur. 

En ese mismo día 20 se libraba un 
poco más al Norte la batalla del Paso 
de los Carros. • ■ 

El'” ejército de Saravia, constantemen- 
te perseguido, había emprendido su ruta 
desdé Mináis hacia el valle de Aiguá; 



vadeó el 19 el Paso de los Talas sobre 
el Gutiérrez; crnaót el arroyo 'Corrales 
penetrando en el departamento de Trein- 
ta y Tres, y al amanecer del día 20~ esta- 
ban las tropas de Basilio Muñoz en el 
Olimar Chico, viendo los fogones del 
campo de Muniz, sintiendo los pasos de 
la vanguardia de Benaventei, haciendo 
marchar hacia el Paso del Real junto al 
tmeblo de Treinta y Tres al grueso del 
ejército y á la división de Guillermo Gar- 
cía, mientras quedaban ¿ defender los 
pasos de * Palo á Pique y de los Carros, 
las divisiones de Basilio Muñoz, Antonio 
María Fernández, Cieerón Marín, Marti- 
rena, tiradores al mando de Garat y Cal- 
doso; más tarde, durante la acción, Apa- 
ricio desplegó nuevas fuerzas en apoyo* 
de éstas. 

El ejército revolucionario había mejo- 
rado bastante, á 3u paso por aquellos 
parajes, pues sé había provisto de unos 
cuatro mil caballos en los departamen- 
tos de Minas y Rocha, y habia aumentado 
su contingente con más de quinientos 
hombres que se le habían incorporado 
entre la campaña y la ciudad. 

. Además, la contramarcha que al prin- 
cipio de esta persecución hizo el ejérci- 
to del Nort'e, dirigiéndose hasta cerca 
de Florida, para después reemprender la 
marcha á Minas, había concedido jün v a 
gran delantera á Aparicio Saravia, de- 
jándole tiempo, no sólo para la requisa 
de caballos, que no hubiera podido rea- 
lizar si su perseguidor se hubiera dirigi- 
do rápidamente á Cerro Chato, sino que 
pudo, además, debido al adelanto y á la 
rápida movilidad, dar algún descanso á 
*us tropas en las cercanías de Minas, 
donde también se proveyeron sus hombres 
d-e ropas y efectos y recibieron ayuda del 
memento civil favorable á la revolución. 
Entretanto se debilitaban diariamente las 
caballadas del ejército del Norte, que lie- 



- 22 - 


gó á Treinta y Tres el día 22 con la mi- 
tad de su gente á pie. 

El ejército de Muniz venía hacia ¡el 
Sur con pésimas cáballadas, que habían 
decaído en los inferiores campos de Rive- 
ra, gue habían soportado constantes y fa- 
tigosas marchas, q¡ue se habían diezmado 
al pasar el Rio Negro, y cuyo resto se- 
guía estenuándose en las jornadas que lo 
separaban de Treinta y Tres. 

Durante su trayecto, recibió Muniz la 
noticia de que Saravia cruzaba á Minas 
con uno? ocho mil hombres; que seguía 
el camino nacional á Treinta y Tres; que 
costeaba el Marinara já y el Cerero del 
Vizcaíno; que vadeaba el Cebollatí por él 
paso Rodríguez y por último, el dia 19. 
que salvaba el paso de los Talas del arro- 
yo Gutiérrez con rumbo á Treinta y Tres. 

Aquí, el general Muniz, ejecutando una 
hábil maniobra, cambió rápidamente de 
rumbo. Abandonó 4a ruta que venía si- 
guiendo por la vía de Nico Perez y en- 
derezó su camino hacia Treinta y Tres, 
intentando llegar á tiempo de cerrar el 
paso á Aparicio Saravia en Palo á Pi- 
que y los Carros, ó al menos picar la re- 
taguardia de su ejército. 

Avanzó todo ese dia apurando á los ca- 
ballos; acampó aquella noche en el Rin- 
cón de Urtubey, y en la primera hora 
del día 20 tenía dispuesto su ejército pa- 
ra emprender la marcha. 

¡La marcha! Conviene saber lo qué es 
un día del ejército. i 


La noche cubre á todos con su sombra, 
pero en la oscuridad de los campos flo- 
tan siempre vagos destellos de luz difu- 
sa. La verdadera noche, la noche absolu- 
ta en que reina, invisible, la pavorosa. 
Iíécate, no existe en el Universo.: siem- 



- 23 - 


pre hay aproximación- de astros; siem- 
pre hay rayos de luz caminando entré los 
orbes. La oscuridad impenetrable no se 
condensa en torno nuestro sino como un 
accidente, como u» instante de rebeldía 
de la naturaleza, cuando apiña sobre la 
tierra, negras nubes compactas, en sus 
espasmos tempestuosos, que al cabo se 
resuelven, como una crisis nérviosa, en 
llanto de lluvia. Y aun esa misma oscu- 
ridad profunda, no es impenetrable sino 
para nuestro escaso poder óptico, para 
nuestra pobre vista de insectos aluci^ 
nados. 

En esa penumbra suave pueden perci- 
birse todos los contornos del campamen- 
to, embellecidos por el misterio. 

, Hay silencio, pero signen encendido» 
algunos fogones dispersos, elevando sus 
espirales oblicuas en una atmósfera tran- 
quila y nebulosa. 

Sobre la falda pendiente de la colina, 
duermen en lineas paralelas I03 soldados 
envueltos hasta la cabeza en sus ponchos. 

Augunas carpas, dibujan sus capricho- 
sas siluetas en la dudosa luz. Las hay 
que se levantan en ángulo agudo; las 
hay en forma de bóveda de cañón, ya 
«$ei lona', ya de ponchos sobre ¡red! de 
alambres de cerco, ya luciendo sobre su 
vértice el frondoso ramaje del vastago 
recién cortado, ya á modo de ¡medias- 
carpas como un hostigo, como una sim- 
ple defensa contra el viento sutil de las 
madrugadas. 

* He vez en euando+se ove desde la ca- 
noa de coginillos, el coloquio de dos ó 
tre» soldados cuyas Voces resuenan en 
el silencio de la noche; se o.ve la voz de 
les centinelas que se relevan ; ge oye el 
Tuidoso masticar de un caballo maneado 

que se acerca á pastar al costado de la 
carpa. 

Es la hora de las cavilaciones, en que 
se presentan, á la imaginación de los 



— 24 — 


pusilánimes la lívida imgen de la muer- 
te y la roja sangre de los heridos; a la» 
ardientes fantasías, la revuelta confu- 
sión, de la batalla, la embriaguez de la 
lucha y la vuelta triunfal á sus hogares, 
circundados de gloria; á las almas ena- 
moradas, el fantasma risueño de la que 
adoran, los dulces m!omentos de 'sus 
amoríos, las manos queridas que ajus- 
taron la divisa de guerra sobre el ala 
de su sombrero, mientras la húmed'a pu- 
pila, amorosa y triste, parecía decirle 
«¡vuelve!»: á los hijos de la ambición., 
los grados, los honores, y en pos de ellos 
la 'riqueza y el mando, y mlás allá el 
dominio sobre las mnltitudesy la3 gozo- 
sas represalias contra aquellos que aho- 
ra los consideran con desden: á los hijo» 
del pueblo, el rancho abaldonado, la 
mie3 no cosechada, el mugir de los re- 
baños, el olor campestre de los prados 
natales donde no hay un puñado de tie- 
rra que no encierre, con algún recuerdo, 
un pedazo de su pobre alma. 

.'Envuelto el ¡espíritu en estas nubes 
del ensueño; bien ceñido el poncho al- 
redodor del - cuerpo para evitar (en flo 
posible los resoplidos del viento que se 
cuela bajo los bordes de la lona ; escu- 
chando todos aquellos rumores én que 
se confunden la realidad y la fantasía» y 
sintiendo el inexplicable latir de los 
campos que nunca están en siLencio, se 
espera la madrugada y con ella, el mo- 
vimiento, la luz. la actividad, la marcha. 

Pero antes de que aparezcan las «ba- 
rras del dia», en plena noche aún, sue-' 
na* primero, á lo lejos, el sordo batir de 
los tambores, y después, fuertes, vigpro- 
sos, los alegres clarines*, en sone 3 rápidos, 
excitantes. Son las primeras notas de la 
diana. 

A poco se ha transformado el cpmpo. 
Empieza por iluminarse con multitud de 
fogatas que vistas desde una colina 
siembran el suelo de pequeños focos. En. 



- 25 - 


medio de la noche y del. belicoso ambien- 
te que circula» no se sabe si el campa- 
mento es un suelo estrellado, ó el cielo 
un campamento de dioses en eterna 
guerra. 

Luego, entre aquella sombra* que la. 
aurora paulatinamente ¡disipa, el rebu- 
llir semi-fantástico de los soldados pro- 
yectando largas sombras junto ¡á las ro- 
jizas hogueras; aprontando • sus arreos;, 
doblando las carpas; ensillando á sus 
caballos; cruzándose en el aire las bre ¿ 
ves voces de mando; reuniéndose ordena- 
damente, en compañías, regimientos y 
divisiones; apiñándose -las caballadas in- 
quietas; rechinando carros y carretas al 
recio empuje de Tos. bueyes. 

Después, el sol que asoma, iluminando 
Sobre el campo á escuadrones y brigadas;, 
el toque de los clarines de órdenes que 
marcan «atención» y «á caballo®-, y en 
seguida el ritmo acompasado de la mar- 
cha, en columnas cerradas, buscando al 
enemigo, y dejando atrás,- sobre el que 
ifulé suelo hospitalario de untas Ib'oraP. 
los fogones cenicientos blanqueando en- 
tre tizones apagados; los esqueletos de 
alambre de las earpas ; los restos repug- 
nantes de la carneada para alimento de 
gusanos y abono de la tierra; y los úl- 
timos rezagados que avanzan lentamente 
llevando de tiro algún carguero, o cor- 
tan camino al trote, contemplando; qui- 
zás, con melancolía, el monte destroza- 
do, la cañada barrosa, los caballos muer- 
tos, y los hondos pozos, los negros al- 
veolos, en que estuvieron clavados' lo» 
postes que aun formaban el dia anterior 
lindes pacíficas, ordenadoras de 4os cam- 
pos. 

¡La marcha ! siempre igual, penosa- 
mente monótona ! á veces bajo un sol que 
hace doblegar laciamente la cabeza á 
log caballos, á veees bajo la lluvia per- 
sistente que cala ponchos y cuerpos : y 
como únicas novedades del cansado ca- 



- 26 - 


minar, la inesperada zabullida de un {ji- 
nete al franquear un paso; la presencia 
de una pareia de venados que tanto 
abundan en los campos de la república 
y en cuya persecución se lanza, previo 
permiso, algún soldado campero» armado 
de boleadoras ; el rato de descanso, — 
quince minutos, — en que aparecen, cor 
mo por ensalmo, improvisados fuegos 
para calentar agua, y cebar mate, rien- 
da en mano y á rápidos sorbos: los «bo- 
letines» del ejército, circulando de boca 
en boca, y que consisten en engañadoras 
gacetillas verbales, con noticias más 6 
menos verosímiles á veces estupefacien- 
tes. como el rendimiento incondicional 
de Sar&via, la ¡muerte fulminante de 
Batlle, la intervención armada de Argen- 
tina y Brasil eoaligadcs', ú otrap tan 
pr'odigio'sas como estas, nacidas, con 
frecuencia, durante la mañana en algu- 
na carpa de guerreros-bohemios'; que 
nunca faltan con incólume conservación 
de la alegría, parodiando en los peores 
casos á Francisco I, al decir: «todo se 
ha perdido menos el «humor», y hacien- 
do broma lo mismo á un coronel de bri- 
gada en forma de picantes coplas más 
ó menos alusivas, que á un modesto asis- 
tente, con caracteres de «titeo» mas. ó 
menos abusivo. 

Por fin, al atardecer, la acampada: los 
comentarios respecto al mérito: relativo 
del paraje y su abundancia ó escasez de 
pastos, de aguadas y de leña ; las co- 
rridas, hacha® al hombro, hacia el mon- 
te, .donde súbitamente resuena tan rui- 
doso tiroteo que hace recordar á los ve- 
teranos el fuego graneado de los com- 
bates, y ^ue supera en mucho al famoso 
golpear de los batanes que tanto ame- 
drentaron el apocado ánimo de Sancho 
Panza; los gritos de la carneada; la ve- 
loz erección de las carpas; la fagina; el 
asado,,., y al avanzar la noche, las dis- 
posiciones de guardias, imaginarias y 



- V - 


avanzadas; .y por último, otra vez la 
sombra, el descanso, los ensueños, y la 
espera de un nuevo día , en que palpita 
lo desconocido, al mismo tiempo que el 
deseo de la mayor emoción y la mejor 
empresa, el combate. 

Estas veinte y cuatro horas descri- 
tas, son el molde general en que se va- 
cia cada día. Solo tienen una variante 
de mayor emoción, de más intensa ansie- 
dad, cuando se sabe, como el 19 de Mayo 
en el ejército de Muniz, que el siguien- 
te es seguramente día de combate. 

Entonces, el despertar es mas silencio- 
so; la formación, mas solemne; los pen- 
samientos, más profundos. 


Al amanecer el viernes 20 de Mayo, 
estaban los tres ejércitos, en la siguien- 
te disposición : „ Muniz, en el Rincón de 
Urtubey, dispuesto á dirigirse hacia el 
pasoi de Palo á Pique; Benavente en Ce- 
rro Feo, pronto á vadear el Cebollati por 
la picada Rodríguez; ©1 ejército (revo- 
lucionario, marchando desdé las tres de 
la mañana para poner á salvo la van- 
guardia y el centro, y dejando una nu- 
merosa retaguardia para detener al ene- 
migo en ambos pasos. 

La densa niebla, que imposibilitó todo 
movimiento al general Muniz, hasta las 
ocho de la mañana, favorecía la marcha 
de lofc revolucionarios y coadyuvaba á 
su plan. 




Batalln de los mimares 

(20 DE mayo) 

/Una mañana de espesísima niebla, 
condensando aun más á ese extraño no 
sé qué, solemne y grandiosa al mismo 
tiempo, que precede á los combates. 

. En el campo guberni3ta, la espera im- 
paciente á que se aclarase aquella nie- 
bla intensa, aquel velo compacto que no 
permitía ver sino en un radio de dos 
metros. Además, la duda. Los dos pasos 
— el de Palo- á Pique sobre el arroyo 
Jaimajdo «OJbimaT Cbiciof)), y el' de 3ps 
Carrol, sobre el río, ó sea el «Olimar 
Grande», á distancia uno de otro, Cua- 
tro ó cinco kilómetros — = ¿estaban des- 
ocupados, ó estaban guarnecidos por el 
enemigo protegiendo el pasage y la re- 
tirada del grueso de su ejército? 

En el campo revolucionario, la marcha 
activa, no interrumpida ua 3olo instan- 
te, aprovechando todos los momentos pa- 
ra alejarse del peligro, vadeando los dos 
Olimares antes de que llegase la van- 
guardia de Muniz ; pues si ésta hubiera 
podido apoderarse de lo3 pasos antes de 
Hegar Aparicio, habrían tenido que lu- 
<í <* ar lots devolpcionar^oís eontife (Muniz 
de frente y sintiendo á la espalda la 
náphia aproximación del ejército del 
Norte. Hubiera sido un «sandwich» fa- 
tal eni que hubiera quedado aplastado. 

La vanguardia gubernista llegaba tar- 
de. La nieb&a misma auxiliaba iá ila re- 
volución, que avanzaba, avanzaba sin 
tregua, rompiendo el velo compacto de 



— 30 — 


la niebla, tanteando el camino, pero 
siempre adelante, sin haber descansado 
durante la noche, no reconociéndose en 
salvo sino cuando estuviera acampada 
junto al Yerbal, mucho más allá de la 
otra orilla del Olimar Grande. 

Pasaban las horas de la mañana, y 
pasaba el grueso del ejército de Apari- 
cio por aquellos estrechos corredores cu- 
yas salidas eran las puertas de su liber- 
tad, su camino al campo libre donde po- 
der elegir rumbos en todas direcciones. 

Después de la3 ocho empezó á ponerse 
en marcha la vanguardia gubemista. Ca- 
minaba con mucha lentitud teniendo que 
inspeccionar penosaméne entre la bru-' 
ma. No siendo ya posible adelantarse al 
enemigo y cortarle el camino, intentaba 
llegar todavía cuando aún no hubiesen 
pasado el Olimar Grande el parque y 
una parte al menos d«l grueso de su 
ejército; y en tal caso, atacarlo, imposi- 
bilitarles el Paso de los Carros á todos 
los que "a no lo hubieran vadeado, y di- 
vidirlos en dos fracciones; una, más allá 
del Olimar; otra, detenida en su mar- 
cha y arrojada hacia el Este, colocando 
así á Aparicio en muy difícil situación 
para el porvenir. 

Pero la marcha era forzosamente muy 
lenta; hasta, medio dia no enfrenté la 
vanguardia la orilla del Olimar Chico, 
junto al Paso de Palo ]á Pique. A esa 
hora, el grueso del ejército revoluciona- 
rio se apresuraba á vadear el Paso de 
los Carros, quedando tras, dé sí una re- 
taguardia de más de tre3 mil hombres, 
obligados á pelear deteniendo, en aque- 
llas excelentes posiciones, el avance de 
Muniz. - 

Porque, en efecto, el terreno no podía 
ser más propicio para la defensa. 

Los dos Olimares corren entre ribe- 
ras compactas de vegetación exuberante; 
los arbustos v los árboles corpulentos se 
entrelazan allí formando una densa ma- 



- SI - 


raña qué afirman y tupen los nud®3 in- 
trincados de las lianas. Solamente ha- 
cha en mano y paso á paso, podría' fran- 
quearse aquella muralla selvática por 
otro paraje que no fuera la egtjreoha 
«picada»* que se conserva por el conti- 
nuo tránsito. 

La picada es en este, como en todos 
los antepasos dé los ríos, un! corredor es- 
trecho ; tortuoso ; casi siempre sobre 
blando barrizal, batido por las pisadas 
de los caballos, ¡y generalmente acuosos 
'inconsistente 1 , interrumpido .por traido- 
res pozos; cubierto por un bajo techo de 
rudo ramage entrelazado que obliga 4 
caminar lentamente, ‘el cuerpo inclina- 
do sobre el caballo, y atenta la mirada, 
ya á la -zanja disimulada bajo el lodo, 
ya á las rápidas vueltas que ocultan. ,al 
guía, ya á' la rama flexible que, doblada 
un momento por el antecesor, se yergue 
súbitamente, al quedar libre, castigando 
al incauto con un latigazo en el rostro/ 
Ante el paso de Palo á Pique, hay 
una colina que desciende suavemente 
hacia la tupida ribera en que comien- 
za el tortuoso corredor. 

La desembocadura de éste sobre la co- 
rriente, se abre en el lugar donde ¡el le- 
cho del arroyo es más alto y por consi- 
guiente ensancha, .á modo de laguna, el 
caudal de sus aguas desde una á otra ba- 
rranca. 

La ribera opuesta es má3 rala'. En 
aquel paraje hay una casa de azotea y 
un «palo á pique», ocupando regular ex- 
tensión y apoyando uno de sus extremos 
¡en la casa. 

El espeso monte, el palo i pique y la 
azotea, constituyen un parapeto, una 
trinchera y un fuertfc. buenos para la de* 
fensa t y para ocultar las maniobras con 
el follaje de la ribera. 

Franqueando el paso de Palo iá Pique, 
®» presenta una llanura arenosa, en suave 
rampa ascendente, de cuatro á cinco kilo- 



- 32 


anearos do extensión solo interrumpida 
por algunos montículos, y con bañados 
á izquierda y derecha, de donde fluyen 
dos cañada® que van á desagua*' «fcn el 
Olimar Grande, á ambos lados del paso 
de los Carros y á distancia de una legua 
entre una y otra. 

En el frente, el Ol'imar grande, con 
Hiteras tmas fragosas que eí 'anterior^ 
>nás tupidas é inextricables ; en su cen- 
tro el pasoi. precedido de un bañado, des- 
pués, la (picada, también estrecha, tor- 
tuosa, de cien metros de largo, abierta en 
espesísimo monte; luego, el vado, ancho, 
profundo, dividido por una hilera de ár- 
boles, y donde el dia de la batalla- nada- 
ban los caballos : en la otra ribera, una 
meseta arenosa con fondo de árboles y una 
barranca muy empinada v fangosa. 

Detrás de la barranca, que domina al 
paso, hay casas y ranchos sobre campo 
llano y elevado. Mas allá las estribacio- 
nes -da la sierra del Olimar por entre las 
que serpea,- oculto ’á lo lejos, el arroyo 
Yerbal. 


Puede dividirse el- combate en tres pe- 
ríodos sucesivos de desarrollo en que van 
cambiando, el escenario y la acción. 

En el primer periodo, la3 fuerzas gu- 
bernistas atacan el paso del Olimar chi- 
co, á medio dia próximamente, hasta 
franquearlo á la una y media, hora en 
oue los revolucionarios se repliegan ha- 
pia el Olimar grande. 

En el segundo, se desarrolla plena- 
mente el combate desde las dos, frente al 
Paso de los Carros, rudamente defendi- 
do; entra en juego la artillería á las 
tres y media*, y llega la acción á su mo- 
mento crítico é las cuatro y media. 

En el tercero, la vanguardia guber- 
nista empieza á salvar el paso y á orga- 
nizarse en la otra orilla, “afrontando el 
empuje tefe los nuevos refuerzos y la* 



- 33 - 


-caritas de lanza que je oponen los revo- 
lucionarios; logra ordenarse al otro la- 
do del Olimar de cinco á cinco y media, 
•y realiza una breve persecución hasta el 
oscurecer, mientras, las tropas de Apa- 
tícío marchan en dirección del arroyo 
Yerbal y acampan, por fin, los gubernis- 
tas más allá del paso. 


Era un poco más de mediodía miando 
la» vanguardia de Muniz desplegó sus 
fuerzas frente al primer paso, el de Palo 
é. Pique, emplazando sus guerrillas en 
la altura de la colina cuya falda se des- 
liza hacia el rio, y atacando al mismo 
tiempo el paso por la picada. 

Los revolucionarios se parapetaban 
tras la maleza., coronaban la casa de 
azotea y guarnecían el «palo á pique» 
enfocando sus tiros hacia el paso. 

Pero las guerrillas c3tendidas visible- 
mente sobre la colina y la falda, atrafaga 
los fuegos de los revolucionarios debili- 
tando la defensa de la picada y facili- 
tando el ataque. 

FormabaA en primera línea, al otro la- 
do del paso* la .división durazno de Basilio 
Muñoz, y la división Florida de 
Fernandez, de más de mil hombres cada 
una. 

En este paso el tiroteo fué lento; la 
defensa, débil; el franqueo del arroyo 
breve. 

Aparicio mandaba las fuerzas defenso- 
ras, y é eso de la una, — cuando ya la 
vanguardia de Galarza se lanzaba al 
o ero lado, cuando cobraban la ribera 
opuesta las primeras compañías del 2.o 
de cazadores, vadieando á pié el arroyo» — 
mandó Aparicio iá sus tropas que se re- 
tiraran, menos las que estaban acantona- 
das en la azotea. Por culpa de la im- 
perfecta disciplina, esta orden- no* fué 
justamente ejecuada. Los tifa dores de la 



— 31 — 

azotea se plegaron, á las divisiones en re- 
tirada; el paso quedó» libre; todas las 
¡gulerrGUas revolucionarias convergieron 
al pa3o d'e los Carros, y allí se reorga- 
nizaron, para la defensa, las divisiones de 
Muñoz y Fernandez, ya citadas, y las 
de Marín y de Martirena. 

Desde .el . campo gubernista, que aho- 
ra avanzaba entre los dos Olimares, ser 
distinguía adema3. la columna de unos 
mil hombres de Gregorio Lamas, como ; á 
dos leguas de distancia, junto á la casa 
de don Ramón Lago, y numerosas caba- 
lladas que recientemente habían • tras- 
puesto el Olimar grande. 

El primer acto había concluido, pero 
«1 aspecto de 3u segunda fase era mucho 
más respetable. 

El monte, la picada, el naso, las al- 
turas de la barranca opuesta, las casa® 
jy ranchos diseminados más allá de la 
otra margen, y dominando el teatro de 
la acción estaban cubiertos de revolucio- 
^ parios. 

Sobre la barranca del otro lado del 
Olimar Grande estaba la división Flo- 
rida de Fernandez; en la meseta de are- 
na la división Durazno, $ apoyando á 
ambas desde les ranchos ó entre el mon- 
te, la división San José, de Cicerón Ma- 
rínv y la gente de Martirena. 

La vanguardia de Muniz avanzó por 
la llanura hacia el paso. Galarza, con- 
templando el escenario que se extendía 
á su frente, y recorriendo la línea, mur- 
muró: «jaquí hay para rato!» y pron- 
tamente, al aproximarse al monte ribe- 
reño. se desplegó, violento, el fra- 
gor ronco, formidable, del fu-ego nutrido- 
que salía sin intervalo de la espesura. 

Continuó el avance; ya se oían de 
una lá otra parte las voces de mando; 
los tiradores de la barranca y de los 
ranchos reforzaban el fuego: la, acción 
iba entrando en su período álgido; y la 
•división ^Treinta y Tras al mando de 



— 35 — 


Basilisio Saravia que se batía en avan- 
zada junto á los bañados de la derecha, 
fue reforzada por su flanco izquierdo- 
viniendo á quedar la línea "de batalla en 
esta forma: 

Frente al paso y como centro de las 
fuerzas desplegadas, los regimientos 2.° 
y 6.° de caballería: formando ala dere- 
cha, las divisiones 'de Treinta y Tres y 
Florida; formando ala izquierda el 2.° 

. de cazadores y la división 1. a de Soriano. 

Los revolucionarios reponían rato á 
rato sus guerrillas en la espesura del 
monte; el fuego crecía estruendosamen- 
te: el l.° de caballería se adelantó á re- 
forzar el centro» frente al- paso, é inter- 
caló sus escuadrones, entre los regi- 
mientos 2.° y 6.°. -A las dos, á las dos y 
media, á las tres, la batalla se mantenía 
con tenacidad, siempre formidable, en su 
período más terrible de desarrollo, no 
pudiéndose oir, en medio del tiroteo en- 
sordecedor, ni aun el grito vibrante de 
los clarines cuyas voces agudas ahogaba 
el fragoroso estampido de las detonacio- 
nes como un continuo rodage de truenos. 

Saltaban las ramas del monte como 
brazos cortados, y caían los hombres á 
uno y otro flanco como árboles lachados; 
blanqueaban las nubes de humo en lí- 
neas sinuosas, paralelas, ó avanzaban y 
retrocedían como sierpes .que se encogie- 
ran para atacar oblicuamente: se ama- 
gaban asaltos hacia la entrada del paso, 
y clareaban la3 filas, contrayéndose nue- 
vamente para un segundo amago de asal- 
to; y eran ya las tres y media cuando 
una voz ronca, profunda, gruñendo á 
más largos intervalos, pero más impo- 
nente; dominó el estruendo general, de- 
jándose oir á retaguardia. 

La artillería había sido emplazada en 
la colma, y el cañón había tomado la 
palabra en aquel hosco congreso de true- 
nos, lanzando sus proyectiles por cima 
de la vanguardia, contra la arboleda. 



- 36 - 


contra la meseta arenosa del otro lado 
del Olimar, contra las columnas que más 
allá se aproximaban en apoyo de los de- 
fensores deT paso ; y aquellas voces aiiun- 
ciadoras de. terribles estragos, debilitaron 
el vigor de la resistencia, arreciando el 
empuje de los asaltantes, que se lanza- 
ron al vado. 4 

El 2.° de cazadores, y la división So- 
riano, y tras ellos el 2.° y el lJ 01 de ca- 
ballería se arrojaron al paso, tirándose 
4 nado bajo el fuego enemigo que los 
acribillaba, y bajo la lluvia de proyecti- 
les que los recibía mortífera al ganar la 
otra orilla. 

Inmediatamente se vieron invadidos el 
paso, la picada v el* monte ; los revolu- 
cionarios dejaron libre el acceso, pero 
del lado opuesto recrudeció el encarni- 
zamiento de la lueba. 

Al coronel Gervasio Galarza y al co- 
mandante Pedro Quintana cupo el honor 
de ser los primeros jefes que pusieron 
el pie en la orilla opuesta. 

Pero al arribar, después de vadear el 
río nadando, se producía fatalmente el 
desorden; se mezclaman los soldados de 
diferentes cuerpos, y la reorganización 
requerí» .tiempo poi* muy breve qué fuese. 

Aparicio había reforzado ya sus tro- 
pas con batallones de Garat y de Car- 
doso. En ,aqueí momento, aprovechó la- 
■confusión con que los asaltantes aborda- 
ban la ribera y el intervalo en que no 
podían hacer fuego eficazmente, para 
arrojarles encima veloces cargas de lan- 
ceros que desprendió desde una altura, 

mientras los apoyaban las divisiones de 

Elorida, Durazno _ y San José, y los tira- 
dores de Cardozo, de Garat y de Marti - 
xena. 

Los lanceros fueron rechazados jpor las 
fuerzas de Soriano y del 2 o de cazado- 
res que hasta aquel momento habían va- 
deado el paso; una vuelta ofensiva de los 
revolucionarios sobro las tropas que al- 



- 37 — 


canzábán la margen izquierda del Olimar 
no impidió la reorganización d"c las gue- 
rrillas y su inmediato avance. 

Serian las cinco de la tarde. Los in- 
surrectos desplegaron una larga linea de 
batalla que se extendía con un frente de 
tres kilómetros, desde la margen del rio, 
á su derecha, hasta las estribaciones de 
la sierra de Olimar £ su izquierda. 

Galarza rehizo su linea de batalla, po- 
Jiiendo en el centro el 2.o de caballería; 
en el ala derecha las divisiones Treinta 
y Tres y Soriano; en el ala izquierda el 
l.o de caballería y el 2.o de cazadores, y 
a un kilómetro del paso se le incorpora- 
ron tres fracciones del 3-.o, 4.o y 5.o de 
cazadores. • 

El avance continuó, á campo ' abierto, 
sin obstáculo alguno, y los revoluciona- 
rios emprendieron la retirada salvando 
penosamente un bañado de difícil paso, 
y soportando el fuego y la persecución 
hasta la entrada de la noche. 

¡La noche, aumentando con su sombra 
el espanto en el pechó de los heridos y 
envolviendo con luctuoso sudario de ti- 
nieblas la lividez de los muertos ! 

¡La noche, escondiendo en su seno, los 
despojos humanos que quedaron en la 
ribera del Olimar; disimulando con 
iguales negruras los charcos de agua y 
las lagunas de sangre; cubriendo con 
piadosos crespones los cuerpos de aque- 
llos pobres niños, tres efebos, tendidos 
sóbrenla arena enrojecida, qu e habían 
hundido sus miradas en la última noche, 
antee de haberlaá iluminado con la pri- 
mera aurora: y los miembros, rígidos va. 
de aquellos otros jóvenes, también pasa- 
jaros efímeros de la vida, todavía en los 
dinteles de la adolescencia, cuyas ropas' 
ensangrentadas lamían las olas del rio, 
a pie del frágil boto que con ingenua 



38 - 


sencillez habían creído suficiente para- 
peto y salvaguardia de sus pobres cabe- 
zas preñadas de ilusiones: y aquel crá- 
neo, casi vacío, destrozado pgr la metra- 
lla, cuyo cerebro esparcido en torno, ya 
no resaltaría, blanquecino, sobre los coá- 
gulos de sangre, como piltrafas de re- 
pugnante aspecto! 

¡La noche posterior-^' una batalla! No- 
che de silencio lúgubre, en que arrastra 
el ambiente, denso por la tristeza, gemi- 
dos que no suenan; lágrimas del cielo 
que, compasivo, concede á los muert.os 
alba túnica de escarcha para la madruga- 
da; visiones. que .azotan el pensamiento 
con alas de vampiros; ayes lejanos con- 
fundidos con el latir de los vientos; mur- 
muraciones de los árboles, almas vegeta- 
les, bondadosas y tímidas, que parecen 
maldecirnos en voz baj-a, indignadas ante 
la ferocidad de los hombres; y de tarde 
en tarde; la voz de los centinelas pregun- 
tando «quien vive» como un sarcasmo...» 
¿quién vive todavía, sobre los cuerpos de 
sus víctimas y después de haber sentido 
en el rostro los aletazos de la muerte?» 

Cuadros, é impresiones son estas, do- 
lorosamente verídicas; reflejos que que- 
dan en la mente, de lo que han visto los 
ojos, de Ib que han sentido las almas. 
¡Peor para aquellos que hayan podido 
adormirse indiferentes, entre esa atmós- 
fera lúgubre que envuelve á las noches 
posteriores á una batalla! 

i 

Bien sé que en el corazón del hombre 
anidan juntos; el ángel y el demonio; un . 
puro rayo de luz celeste y un rojo deste- 
llo de infernal hoguera; y sé que es ruda 
ley de í;u destino, destruid para crear, 
porque el progreso se amasa en el horno 
de la guerra, como las auroras se incu- 
ban en el seno de la noche: y sé que nada 
valen millares de m’llones de víceimas 



— 39 


como granos de arena, si lian de formar 
la piedra fundamental del nuevo edificio, 
si del fósforo de sus huesos ha de brotar 
la luz de las nuevas ideas, si sus postre- 
ros ayes han de concertar la terrible ar- 
monía de. un himuo, redentor como un 
nuevo evangelio: y. sé que en todo el Uni- 
verso es la guerra la que disemina los 
orbes, y depura las especies, y robustece 
á las razas, y glorifica á los pueblos.... 
¡pero en las ridiculas reyertas de fami- 
lia. .. ! ¡en las mezquinas intrigas de an-, 
tésala . . . ! en esa aberración que llaman 
«guerra civil», y en dónde no' hay leyes 
agrarias que recabar como con los Gra- 
cos, ó manumisión de la -plebe que con- 
quistar como con .Mario y Sila 4 ó dere- 
chos del hombre que adquirir como con 
Danton y Robespierre ; sino, pobremente; 
como en las corroídas repúblicas italianas 
de la edad media, celos de predominio 
entre una y otra fracción, hervor de 
rencores entre una y otra familia, peque- 
ños * odios emppllados bajo el manto, .no 
siempre limpio, de un Viseonti ó de un 
Sforza ... en esa clase de menudas, gue- 
rras civiles, no es el mejor soldado de la 
patria aquel que, maldiciendo, hunde en 
el seno de otro hombre el rejón do su lan- 
za para que brote de. él la sangre fratrici- 
da, sino aquel que, cantando, hunde -en el 
seno de la tierra la reja del arado para 
que brote de ella la savia nutridora." 




Consecuencias del combate de los 
^limares. Rombo ale los tees 
ejércitos. - El ejército del Norte 
desde llanfievillo^ra hasta Ba- 
ñados de Rocha» — La odisea del 
Parque revolucionario. 


El combate de los Olimares (que este 
sería su justo nombre) no tuvo impor- 
tancia excepcional como las batallas de 
T upambaé ó Masoller. 

En esa acción no luchó, como se ha 
risto, sino una parte del ejército revo- 
iluCrioínario^ contra la vanguardia, no 
completa, del ejército del Sur. 

Se constató una vez más el valor har- 
to probado de los orientales. Llevan ar- 
mas con más de mil quinientos metros 
de alcance, y luchan á veinte y cinco ó 
treinta de distancia; too creen que se 
trate de verdadero combate sino cuando 
se dan ó se reciben cargas de lanceros ; 
¿e mezclan de tal modo los adversarios 
que „cón sobrada frecuencia, han creído 
compañeros á los. que eran enemigos, 
provocando así episodios de corte épico. 

Del número de heridos no quisiera ha- 
blar. Los muertos no se cuentan. Aun- 
que hubieran sido cinco, serían muchos. 

Ajdíemlás, es difícil extraer la verdad 
de enmedio de tan encontradas afirma- 
ciones. Cada adversario adjudica siem- 
pre á su enemigo el mayor número de 
bajas. ¡Se lleva mejor el cómputo de 
los vivos para inscribirlos en las urnas 
electorales, que el cómputo de los muer- 
tos para grabar epitafios en honor suyo!' 

La mejor cuenta es esta: que en esa 
batalla cayeron tres cientos orientales. 
El fúnebre reparto hágalo cada lector 
á su gusto. 



- 42 - 


Las consecuencias del combate de 
los 'Olimares no dieron en sus resultados 
ninguna ventaja esencial para uno ú otro 
de ambos contendientes. - - 

Fue una victoria más para el Gobier- 
no, es cierto; pero fue, sjn embargo y 
después de ella, una escapada más para 
Saravia que, aunque á costa de un nuevo 
sacrifico de vidas, podía proseguir su 
plan de correrías), y dar tiempo á que 
en Buenos Aires siguieran apoyando los 
intereses del partido, . y en. Montevideo 
continuaran discutiéndose proyectos de 
paz¡ que beneficiasen la causa de la re- 
volución. 

Aparicio dirigió su marcha liacia Pa- 
so del Real, junto á la villa d& Treinta 
y Tres, y tomó rumbo hacia la costa del 
Rio Negro. 

Desprendió en Zapallar, á las órdenes 
de José González las columnas encarga-, 
das de recibir de manos de Abelardo 
Márquez, el parque que el Directorio- le 
enviaba desde Buenos Aires. La noticia 
de la derrota de Guayabos el 6 de Junio 
con pérdida de aquellos' valiosos elemen- 
tos, llegó prpnto a desvanecer las* espe- 
ranzas acariciadas, y siempre, perseguido 
por el ejército del Sur, no libró ningún 
combate hasta el .'22 de Junio en los cam- 
pos de Tupambaó, salvo un encuentro 
de su vanguardia formada por la divi- 
sión Tacuarembó al mando de Mariano 
Saravtia, contra las tropas del coronel 
Escobar. 

El ejército del Norte había llegado el 
21 de Mayo á media legua de Treinta 

y Tres. , ' 

Su cooperación había sHo valiosas per- 
siguiendo al ejército revolucionario, to- 
mándole por todo el trayecto del departa- 
mento de Minas el flaneo izquierdo para 
impedirle la escapada, conduciéndolo bacía 
el ejército de Muniz, con la intención pri- 
mera de batirlo entre ' ambos, pero logran- 



- 43 - 


«cío hacerlo caer en los Olí mares, donde Mu- 
hiz libró el combate de Los Carros y anu- 
dados- ambos ejércitos -en esté plan, por 
el cuerpo de exploradores Qu e el coronel 
Tezanos había organizado eu áarandi del 
Yi, . ¡dirigiéndolo ¡telefónicamente desde 
-el Durazno. 

El f ué en efecto, quien á mediados 
de Mayo, cuando el gobierno .ignoraba el 
paradero fijo de Muniz, desplegó hábil- 
mente su servicio de exploración, cono- 
ció por el teniente Rivero la llegada de 
aquél á las sierras del Tigre; y lo co- 
municó á la presidencia, pudi.endo desde 
entonces combinarse 4 as operaciones de 
ambos ejércitos. 

El gobierno sabía ya, desde mucho an- 
tes, el camino que iba siguiendo un 
abundante parque qué el Directorio de 
Buenos Aires enviaba á Saravia por in- 
termedio de Abelardo Márquez, y con ob- 
jeto de impedir la incorporación* y to- 
mar -si er£- posible, el convoy, or- 
denó al general Benavente que se 
trasladara por la ferrovia. á Tacua- 
rembó para combinar sus operacio- 
nes con el coronel. Gaudencio que ya 
venía vigilando . la expedición revolucio- 
naria, y .con el coronel Rufino Domin- 
guez jefe de las fuerzas del Salto. 

Benavente, emprendió la marcha el 22 
de Mayo, con rumbo á la estación Man- 
sc-villagra; 


La noticia del triunfo eñ los Oí r 
res llegó el 21 al ejército del Norte, 
cuando acampaba entre los arroyos Gu- 
tiérrez y Corrales; y aquel ejército, or- 
ganizado desde el principio de la guerra, 
sin haber combatido todavía, acostum- 
brado ya á la idea de que al fin de la 
persecución sostenida, daría su primer 
batalla, sintió una especie de desengaño. 

Había algo de natural egoísmo que 



enturbiaba, en el ánimo de todos la ale- 
aría del triunfo. 

Jefes, oficiales y soldadote, había» 
creído firmemente en un próximo en* 
cuent.ro; pero ahora, repentinamente 
cambia el espectáculo. 

Concluyen l° s dias en que losi ánimos, 
inflamables, creían ver en las arboledas 
que coronan los cerros, guerrillas ene- 
migas desplegadas en actitud guerrera. 

«Jlmpifízan los dias de incertidümíbre 
sin caber que brújula le* guía. 

Renacen las monótonas marchas desde 
el dia 22. Sin entrar en Treinta y Tres,, 
vuelven hacia Zapiean ; de allí á iíico 
Perez, en jornadas lentas; de allí á Man- 
sevillagra á donde llega la vanguardia 
el dia 28. 

Y en Ifansevillagra cambia nueva- 
mentí el e c pectáculo. 

Se aproximan á la estación poco antes 
tes del, anochecer, pero habrá luz por- 
que está próxima la luna llena. 

(Nuevas órdenes circulan.- 

Primera emoción: la vista del tren; 
el grito de la locomotora que. tanto= 
tiempo hacía, no escuchaban. Se mur- 
mura que vn n á Montevideo; solamente- 
hlgunos jefes' .saben que el viaje) será 
más largo sin tocar la hermosa y tan 
deseada capital 

Segunda emoción: hay qut largar loa 
caballos quie ha'sta ~ o t ónices se habían 
conservado atados á soga. Ysto comprue- 
ba que la marcha es inmediata. Algún 
niilico sensible, deja, quizás, con pena 
al sufrido caballejo que lo soportó vein- 
te ó más dias sobre su paciente, lomo. 

Se churrasnuea reñidamente en torno- 
iá desmesurados fogones, más nutridos 
de leña míe en ninguna otra ocasión por- 
que se ha ordenado asar carne de re- 
puesto. Y las faenas son breves, rápi- 
da^ alegres; la carneada es más pródiga 
de algazara que otros días: la comida 
alrededor del fuego, en apretados gru- 



— 45 *— 


pos, es matizada con ila3orios planes, 
trabados por la crédula fe de volver al 
paso. 

Ya se atán los recados. La locomotora 
multiplica sus gritos sobre la línea, y 
apresura sus mauiobras, en continuo 
vaivén, bufanda w arrojando ráfagas de 
vanor al «on de acompasados íesopü- 
dos ... ¡ y á montar en el enorme ca- 

ballo «tosvao», fogoso, ^ue -no se cansa, 
que bebe en los altos deppsitos y come 
pasto negro petrificado, y cuyos corco- 
vos son mortales ! 

En. este tren ’marchará la 6.a brigada 
de la extrema vanguardia* al mando del 
comandante Isasmeudi, ** en recesivos 
convoyes; seguirán con breve intervale 
las demás divisiones. 

\ Hay momentos de confusión; soldados 
con su recado al hombro, quj chocan en 
la penumbra, y se agitan, v se tambalean 
bajo el peso, y asaltan los coches lla- 
mando á sus aparceros de togon. 

Hay intervalos de orden; los oficiales 
se imponen, pero es un orden confuso, 
violento, con venates de casi lucha, im- 
pulsos de pequeño egoísmo por conquis- 
tar un buen presto vara paoar bien la 
nochei come buscamos un buen puesto 
en la sociedad para pasar bien la vida. 

Y el ganado humano va estivándose. 

¡Aún quedan rezagados! Se estrechan 
los cuerpos: se colman los vagones. 

¡En marcha- Vibra el pito y se estre- 
mece el convoy al golpe dé arrancada del 
«tostao». Un adiós á aquellos parajes. 

Allá atrás, sobre el campamento aban- 
donado, quedan brillando los fogones so- 
litarios, y algún caballo que inmóvil, 
ein fuerza, la cabeza caída, pMcida y 
triste, se destaca, sobre el pradoi, como 
una esfinge vencida, derrotada por el 
destino, perdidas su fuerza y su digni- 
dad: arriba, el cielo plateado: abajo, los 
campos devueltos al silencio, al reposo, 
á su misteriosa vida llena de magestad 



46 — 


é inundada de luna, con supremo desden 
hacia los hombres y sus pequeñas gue- 
rras. 

Cada vagón es un pandemónium, pero 
no ruidoso. Solo suena el galope perenne 
del tren,, y los hombres, ya en plena- no- 
che, se amontonan entre sombras como 
un racimo de larvas confusas. Pero allí 
no reina el sueño reparador de los cam- 
pamentos, regados de rocíos y arropados 
en la niebla, sino el duerme-vela de las 
pesadillas, con peso narcótico en el en- 
torpecido cerebro y fatiga en los dolo- 
ridos miembros. , 

' Por aquí tina espuela inquieta ame- 
naza las órelas de un durmiente; por 
allá gime alguno bajo' un codo imprevi- 
sor que confundió el cuerpo de un hom- 
bre con el- bulto de algún poncho arro- 
llado, y solo resuena de vez en cuando, 
un ronquido, una protesta,., un resopli- 
do. algún cuchicheo confidencial. 

Y'así la noche entera, hasta- PeñaroL 

Y en Peñarol ¡el desengaño! 

¡Aidies 'Montevideo'! ¡ 

Conversión, flanco derecho ; una evo- 
lución rápida y la vanguardia del tren 
se dirige, á las seis de la mañana del 29, 
hacía el Ñor te. El «tostao» reanuda, su 
galope. 

Y ya á la luz del día, se 'suceden las es- 
taciones. Pasan Sarandí Grande, Flori- 
da, Durazuo. En Sarandi los espera ya 
el gordo asado. Una pequeña hecatombe: 
varias reíes para el consumo de la tro- 
pa; y además, un precioso encuentro 
con panes frescos después de veinte dias 
de ausencia. 

Continúa el camino. Nunca acaba el 
galope acompasado del tren; y llega la 
tarde. 

Cruzan el Rio Negro sobre el largo 
puente del Paso de los Toros, y reciben, 
los alegres vivas del 6.0 de infantería de 
línea que junto á los rieles acampa, al 
mando del coroné! Zoilo Pereyra. 



*7 — 


» 

Y adelante todavía. ... Y llega la se- 
gunda noche. Ya van veinte y tantas 
horas de viaje, de encajonamiento, de 
e3tiva. 

Hay un momento .de alarma. Se ad- 
¡.vierte á los oficiales que si suenan tres 
pitadas de la locomotora! se preparen, y 
á los soldados se les ordena ponerse el 
correaje, ¿qué ocurre? 

' El comandante Isasmendi, que manda 
el convoy desde la misma máquina, y en 
momentos en que atraviesa compacta 
niebla, sabe que la linea telegráfica está 
interrumpida; se han descubierto explo- 
radores revolucionarios á la derecha de 
la via, y se asegura que en aquellos pa- 
rajes, próximos á Achar, ha habido» aque- 
lla misma tarde una escaramuza. 

Pero el tren avanza nuevamente^ 
aunque con precaución. Se sale de la 
niebla v aunque la noche está encapo- 
tada, la luna esparce, al través de las 
nubes, una luz yaga y difusa. 

Y sigue la marcha, sin percance y 
silencio, hasta Bañados de Rocha, donde- 
por fin, se detiene el «tostao» después 
de un galope de setecientos kilómetros, 

Y allí, se' acampa junto á la estación, 
mientras van llegando rápidamente los 
demás contingentes del ejército en su- 
cesivos convoyes. Pero estos son más 
felices. Al menos han pasado de dia por 
Peñarol, donde los ha esperado y salu- 
dado numeroso gentío de Montevideo, y 
muchos han podido abrazar un momento 
á sus íntimos, á sus parientes, á los tan 
deseado», desde lejos, durante larga au- 
sencia. 

Allí conferenciaron el Presidente y el 
(General. 

En Bañados de Rocha se esperan ca- 
balladas; se acecha la dirección del paT- 
que revolucionario, y entretanto se rea- 
nuda la vida de campamento, temporal- 
mente sedentaria. 

El grueso del ejército acampa en Tres 



— 48 - 
V 

Cruces, a ojos leguas de la vanguardia. 
El coronal Rufino Domínguez en Laure- 
les tiene mil quinientos hombres-, y e n 
San Eructuoso hay un contingente ; dis- 
ponible _ dé quinientos hombres más. 

El parque revolucionario, que hafcía 
pasado ya por Santa Rosa, aprovechando 
la ausencia- del coronel Domínguez, y 
había atacado al Salto, seguía el cami~ 
no de la Cuchilla del Salto, Dayman 
arriba, con rumbo Areruiiguá, llevan- 
do próximamente, unas veinte carretas 
‘custodiadas por unos ochocientos hom- 
bres, y sigue camino hacia el Pa3o del 
Hor i) o del Arapey. 

Quijano salé de Santa Rosa, á marchas 
forzadas, con quinientos revolucionarios 
•y se le supone el intento de incorporarse 
á Márquez, mientras Domínguez se di- 
rige con rumbo á las puntas del Arapey. 
.y Benavente vigila la- ferrowa, desde el 
puente de- -Tranqueras hasta la estación 
Achar. ' . 

El plan del Gobierno es formar tres 
'columnas de mil doscientos hombres en 
total, montándolos eon quinientos caba- 
llos que el coronel Islas tiene en San 
Fructuoso. mt¿s seiscientos .que habían 
®ido enviados ya desde Mollea al Paso 
del Cerro próximo <á Bañados de Roeha. 
desplegarlas á- distancias de ocho ó diez 
kilómetros ocupando un frente dé seis ó 
siete leguas con buen servicio de flan- 
queadores, y estrechar á Márquez entre 
estas fuerzas y las de Domínguez. ^ 
Este plan es auxiliado por la ignoran- 
cia eni que estaba Saravia de que el ejér- 
cito del- Norte se .hubiera trasladado tan 
rápidamente de? un extremo á otro de la 
República, pues de haberlo sabido^ hu- 
biera hecho volar los puentes entre Río 
Negro y Rivera para impedir á*Béna-' 
vente el recibo de caballos del Brasil y 
de Molles. - * 

Gracias á esta rápida evolucioti, el 
ejército reponía su caballada eon xin^í 



- 49 - 


«uatro mil caballos de Rivera, de Pay- 
■sandú, de Tacuarembó y de una remonta 
efectuada desde el Paso dé Andrés Pérez 
hasta Puntas de Queguáy. 

Veamos entretanto qué había sido del 
parque revolucionario desde su salida de 
Buen o3 Aires: el desembarco en Santa 
Rosa, el ataque á la ciudad del Salto, y 
su posterior peregrinación hasta el día 
de la batalla dé Guayabos. 


Un buen día se supo en Buenos Aires 
•que el vapor «Paulita» se dirigía á La 
Plata por cuenta de los revolucionariosv 
•para hacer allí un cargamento de armas, 
municiones y vestuarios. 

Pero parecía como si estuviera escrito 
fatalmente que aquella expedición reco- 
rriese una verdadera odisea bien nutrida 
-de percances y contratiempos, desde su 
comienzo hasta su, fin. 

La lancha encargada ^dq, trasbordar el 
cargamento al «Paulita» "había varado en 
los alrededores del Río Santiago, y se 
comprende la zozobra del Directorio, te- 
meroso dé que se produjera alguna recla- 
mación descubriendo la existencia del 
valioso 'cargamento. 

Cuatro días estuvo varada la lancha 
con su misterioso contenido sin que fue- 
ran eficaces lo3 esfuerzos empleados para 
ponerla á flote, hasta el día quinto en 
que por fin pudo pasar aquél á la bodega 
del «Paulita». 

Bueno es hacer constar que según da- 
tos fehacientes de «El Diario», de Bue- 
nos Aires, la varadura, el embarque, la 
naturaleza del cargamento y Su destino, 
eran conocidos por suficiente número de 
personas para que el hecho pudiera ca- 
lificarse de secreto á voces. 

Gracias, precisa roepte. á esta circuns- 
tancié) que renovaba el ya fecundo tema, 
muy controvertido, de la neutralidad ar- 



— 50 — 


gentina* el Gobierna uruguayo conocía 
la existencia de ese cargamento y ob- 
servaba cautelosamente al «Paulita». 

De La Plata se dirigió este á Guale- 
guay, siempre en costa argentina, y allí 
fue pasada la carga á un vagón que la 
condujo, con muv escasa reserva á Case- 
ros, fdcnde quedó ;d(£Ípositad>ar en, Jugar 
seguro esperando un momento propicio 
para atravesar el Uruguay en busca del 
ejército revolucionario. 

A fin de favorecer ese traslado?, se 
se apoderó la revolución de la pla- 
za de Santa Rosa, durante Ja ausen- 
cia del coronel Rufino Domínguez. El 
momento propicio liabfa llegado. Lo# ea 
jones pasaron tranquilamente de una ori- 
lla á otra, sin tropiezo alguno concias 
.autoridades argentinas; en 'Santa Rosa 
fueron recibidos por el coronel Saave- 
dra, y desde allí, terminada ya lá odisea 
fluvial, comenzaran la odisea terrestre 
que estaba predestinada á concluir en la 
adversa acción de Guayabos. 

Entretanto, el Directorio nacionalista 
abrigaba el proyecto de que la revolución 
poseyese un puerto, una capital de .im- 
portancia, que* pudiera servirle de ed- 
itada franca para el abastecimiento de 
material bélico, y que sirviese de apoyo 
v argumento para afrontar la trascen- 
dental cuestión de su beligerancia. 

Con este fin* ordenó á Márquez y Saa- 
yodra que atacaran y so- apoderaran de 
Salfo, defendida solamente por ciento 
cincuenta hombres. 

Para mejor cumplimiento de dicha 
orden, fingieron estos jefes un amago 
.de ataque á Rivera que dirigiese hacia 
ese punto la atención del Gobierno' y la 
eoii#eaitracion de fuerzas, é ignorando 
que estaban vigilados de icerca por es* 
iploíracioues del coronel Gaudenoio, so 
encaminaron hacia Salto, dispuestos á 
apoderarse de la plaza. 



Ataque al Salto 

(29 DE MAYO) 

Combate de Guayabos 

(6 DE JUNIO) 


Si los-jgfes de la expedición que cus- 
todiaba á aquel parque llevado coa buena 
fortuna, á pesar de su odisea, hasta la 
costá uruguaya, hubieran intentado in- 
corporarse pronto con el ejército de Apa- 
ricio Saravia, sin correr aventuras gue- 
rreras. en son de hostilidad), sino esqui- 
vando al enemigo,— tal vez hubieran teni-> 
do mejor suerte, á pesar de la vigilan- 
cia del gobierno, que brujuleaba sus 
huellas. • 

Pero el Directorio nacionalista acari- 
ció el (proyecto de un gobierno proviso- 
rio en el Salto, y fué preciso tentar la 
posibilidad, ^de conseguirlo. Márquez y 
Saavedra se dirigieron hacia la hermosa 
ciudad, rica y floreciente, muy propia 
para despertar el deseo de poseerla, no 
siendo mucho su empeño en los primeros 
momentos, abstraídos por el propósito de 
llevar cuanto antes á feliz término, la 
delicada comisión de entregar incólume 
su parque burlando toda vigilancia y to- 
da persecución ; pero más tarde, cuando 
supieron cuán débil era la guarnición de- 
fensora de la plaza., soñaron con la im- 
portancia de su triunfo si al mismo 
tiempo regalaban al Directorio una se- 
de importante como asiento oficial de su 
gobierno, y nutrían al ejército con un 
fuerte contingente de armas, pertrechos 
y municiones que robustecieran su ac- 
ción. 



— 52 — 


Hubo siempre en ¡re lo* principales ac- 
tores de la revolución, dos objetivos que 
no siempre, camlinaron de comstuno: la 
acción militar y la que pudiéramos lla- 
mar, acción diplomática. Pero en medio 
de las divergencias que provocaba el dis- 
tinto mod > de entrever los fines políticos, 
y la dificultad de aunar amigablemente 
las tendencias campesinas de los caudi- 
llos con las aspiraciones ciudadanas de 
los directores, había un punto en que 
estaban de perfecto acuerdo, esto es; no 
tomar la ofensiva, siempre peligrosa por 
su indeciso resultado, sino prolongar la 
resistencia indefinidamente. 

Este plan nunca fue secreto. Se decla- 
ró en todos lo» tonos. 

Gregorio Lamas lo definió fielmente 
-con esta frase: «La revolución triunfará 
sin_ pelear». 

Y en efecto, el fin, reconocido abier- 
tamente, no era ganar batallas, sino 
evitarlas; no era apoderarse de la ca- 
pital, sino recorrer y devastar la cam- 
paña; no era a¡presnrar el éxito propio 
con victorias, sino retardar el éxito pre- 
visto del Gobierno con incesantes retira- 
das; no era, en fin, aspirar á un ideal 
de alta .política é intentar implantarlo, 
por la fuerza de las armas, con un pro- 
grama, claro, sucinto y bien definido 
sino alargar el ruinoso estado de guerra 
hasta que el paíe, más exhausto cada día, 
concluyera por imponerse al Gobierne 
con este argumento • que el Directorio 
inspiraba azuzando á los ánimos: «pues- 
to que no puedes darnos la paz aniqui- 
lando á la revolución, dánosla concedién- 
dole los privilegios que te pidan». 

Era así como se esperaba triunfar sin 
•pelear. 

Todo lo demás, el belicoso apresto de 
municiones y pertrechos, el ruido fra- 
goroso de las armas, la aureola gloriosa 
de los combates, el . heroico laurel de las 
victorias, y el martirio mismo de los in- 



— 55 — 


gemios, 4® los nobles, siempre prontos- 
á entregar su sangre por el logro de una 
klea que la pasión sublima y la fantasía 
embellece, no fué más que el eterno 1 ce- 
bo, azucarado y aromático, con que se 
atrae en el mundo al través de todos los 
tiempos y en todos los países, á la cré- 
dula, inagotable raza* de los buenos, de 
los leales, de los cristos, candidatos es- 
pontáneos de la crucificcion, que ni si- 
quiera pueden repetir refiriéndose al que 
los mata: «perdónalo, padre mío, que no 
sabe lo que se hace», porque son ellos 
precisamente, quienes no saben por lo que 
mueren. 

Desde muchos siglos antes de Maquia- 
velo hasta nuestros días;, no se consigue 
el astuto triunfo de los menos, sino se- 
cundado por el crédulo sacrificio de los 
más. 


Pero esta vez. el Directorio, ambicioso 
de mayor prestigio, se apartó del plan 
general y se lanzó á la ofensiva sin con- 
sultar al jefe militar del partido, y Már- 
quez, á su vez, se engolosinó con la pers- 
pectiva de un ruidoso triunfo que juzgó 
fácil de obtener. 

Él día 28 de Mayo, tomó informes de 
un carrero que salía de la ciudad, llama- 
ido José Rodríguez, |y éfete le asiegUró 
que el Salto no tenía otros defensores 
oue ^casamente doscientos hombres de 
la Departamental. 

Este informe era perfectamente verí- 
dico, y los jefes de la expedición- revolu- 
cionaria resolvieron dar el asalto á la 
ciudad en la mañana siguiente, aunque 
conservando en rehen al informante. 

Adelantemos desde ahora, para no vol- 
ver sobre ello, que más tarde, cuando los 
sitiadores « encontraron á la ciudad guar- 
necida por un millar de defensores, no 
pudieron concebir que esas tropas perte- 
necieran á refuerzos llegados en la ma* 



- 54 - 


'¿afta del 29, y calificando la informaci-on 
de engaño premeditado con fines parti- 
distas, condenaron á 1 Rodríguez por trai- 
doo, y se cumplió la sentencia fusilándolo 
por la espalda. 

Hay en el inundo muchos Dreiffus. 
confinados al presidio, ó á la eternidad 
como el infeliz Rodríguez, sin que que- 
den ,á sus espaldas manos que indigna- 
das por la injusticia, remuevan los «bor- 
dereau» de su proceso, ó las piedras de 
su tumba. 

Para que se realice uua revisión «drei- 
ffusiana» es preciso que «el asunto» fa- 
vorezca á un partido poderoso, convir- 
tiéndose en arma política y beneficiando 
intereses particulares de personas y cír- 
culos. De otro modo el «requiescat in 
pace» cae lo mismo sobre un presidió 
que sobre un sepulcro. 

Ello es que fiado en aquel verídico in- 
formo. provocador inocente de un enga- 
ño, Márquez detuvo el tren que venia 
de Arapey, haciendo volar con dinami- 
ta* dos alcantarillas; supuso suficiente 
esta precaución sin pensar en las lineas 
de Durazno y Paysandti, y en la mañana 
del domingo 29, desplegó sus fuerzas, 
unos 800 hombres, abriéndolas en un se- 
micírculo, cuyo punto de arranque era 
el Prado — paseo inmediato á la estación 
del ferrocarril Midland — y siguiendo 
por el Recreo Salteño hasta la plaza del 
Cerro próxima á los astilleros de JÉiha- 
novioh. 

Confiaban además los sitiadores en re- 
cibir alguna ayuda de pajte de los na- 
cionalistas que en la ciudad se hallaban 
v cuyo número había sido reforzado des- 
de Concordia con envíos metódicos du- 
rante los dias anteriores. 

La presencia del 2.° Departapental de 
Paysandú y el 3.° de Guardias naciona- 
les de la capital, influyó, sin duda, en. el 
cambio de propósitos, y ningún moví 



oo 


21 r' cuto de la ciudad cooperó al esfuer- 
zo de los asaltantes, salvo algún caso 
aislado de que hicieron mención las cró- 
nicas locales. 

El Gobierno, informado respecto á los 
movimientos de Márquez desde su sali- 
da de Santa Rosa y cayendo en- sospecha, 
al vqj.' el empeño con que se quería lla- 
mar su atención hacia Rivera, había 
previsto el posible ataque 'á .Salto en- 
viando eo% oportunidad desde Pájysandú 
y Durazno las fuerzas antedichas, y pre- 
parando al mismo efecto, otros batallo-» 
ues, que como el 9.° de Guardias Nacio- 
nales de la capital, podíán llegar rápi- 
damente en caso necesario, pues no se 
interrumpió la comunicación telegráfica 
entre la ciudad y la capital. El coronel 
-Gaudencio, comandante militar de la 
plaza, tenía además dos cañones. 

Los revolucionarios avanzaron desde 
las diez y media aproximándose á la Pla- 
za Nueva por las calles Itapebí, Arapey, 
Uruguay, Dayman, y sus laterales, con- 
servándose fuertes hasta las tres y me- 
dia de la tarde en que se retiraron á' 
sus primeras posiciones, y replegándose 
por fin, é. las seis y media hacia el Sa- 
ladlejro de la 'Caballada, rechazados Jen 
«u infructuoso ataque. 

La defensa de la plaza se efectuó ba- 
jo la dirección del coronel Gaudencio. 

El coronel Ferreira, al mandó del 2.° 
•v 5L 0 de Guardias Nacionales, dirigió la 
línea <1^ fuego, hasta las cinco de la tar- 
de. sin que fuera necesario para la, de- 
fensa hacer uso de todas las. fuerzas de 
e -tos batallones, quedando una parte del 
2.° dt*l Salto en la calle General Arti- 
gas á espaldas de la Jefatura, en uña 
elevada y excelente posición cercada de 
piedra. 

Las fuerzas distribuidas e n la Plaza 
Nueva, en cantones numerosos estraté- 
gicamente distribuidos, en el cerro La 
*<egra, más tarde en la plaza 18 de Julic 



56 - 


V en la plaza Treinta y Tres, y á menu- 
do en las mismas eaile3, rechazaron fá- 
cilmente el ataque. 

Quince bajas de lo-s defensores, entre 
ellas dos muertos, y veinte bajas de los 
asaltantes, demuestran la poca intensidad 
de la lucha. 

El 2.® de Paysandú, al mando del -ma- 
yor Ctánepa, sustituyó al coronel Ferrei- 
ra en la Plaza Nueva; y continuó el 
fuego en la de 18 de-. Julio; el ' 3.® de: 
Guardias Nacionales de la capital, sos- 
tuvo la defensa en plazas, calles y can- 
tones, durante las horas de combate v el 
amago de toma de la ciudad no nudo re- 
vertir caracteres bélicos de gran relieve,, 
siendo mayor el número de los defensores 
que el de los sitiadores. 

Solamente durante aquella misma no- 
che, quedaron estos en las cercanías dé- 
la ciudad: Márquez se detuvo en la Con- 
serva, á veinte cuadras del Salto, en la 
orilla del Ceibal; al día siguiente orga- 
hizó la retirada hacia San Antonio, y el 
31 enderezó hacia San Fructuoso, rehu- 
yendo al coronel Rufino Domínguez, por- 
que sabía que estaba con sus tropas en 
Laureles, pero ignorando que Ben avente 
le cerraba el paso con. todo su ejército. 

El Gobierno entretanto, conocía bien 
la ’ situación del parque, y preparaba ya 
su captura combinando las marchas, de 
Domínguez desde el Paso del Cerro, y 
de Viera desde . Bañados dé Rocha. 

En efecto, Domínguez había salido el 
día 1.® de Junio hacia las puntas del 
arroyo de las Cañas y subió á Punta Lau- 
reles buscando la incorporación de Julio 
Barrios á quien no encontró; acampó el 
día 4 en Mataojo Grande, Paso Balega,. 
esperando inútilmente la división Arti- 
gas que debía formar en vanguardia v 
que no se le incorporó sino tardíamen- 
te por haberse extraviado; cerró el ca- 
mino á Márquez que se dirigía hacia et 
Brasil, obligándolo á cambiar rumbo na 



- 57 — 


cía el paso de la Laguna sobré el arroyo* 
Sopas, y desde allí comenzó una tenaz, 
persecución que fué arrojando á las co- 
lumnas de Márquez sobre Feliciano Vieran 

Entre tentó, Márquez, huyendo del 
ejército >dé Benavfente al saber el dia 
3 su proximidad, había subido hacia el 
Norte.. Sus exploradores, desde M a taojo 
Chico le advirtieron el avance de Do- 
mínguez,'. Retrocedió entonces al Paso de 
la Laguna ya mencionado, al Boquerón 
y al Paso de las Piedras de Arerunguá, 
siempre perseguido por aquél. Acampó el 
dia ó en las inmediaciones del arroyo 
Guayabos, y al marchar el dia 6 se- en- 
encontró frente á las columnas del coro- 
nel Viera, que á- una distancia de veinte- 
cuadras se dirigía, lo mismo q,ue él, ha- 
cia el paso de Arbolito, sobre el arroyo 
Guayabos. 

El coronel Viera había salido de Baña- 
dos de Rocha ¿poco después de Domín- 
guez y llegaba á Guayabos en ocasión de 
estrechar é Márquez entre las 1 dos fuer- 
zas^ no quedándole á éste otro recurso 
que presentar batalla antes de que sua 
dos enemigos se reunieran sobre él. En 
efecto, Domínguez llegó al campo de ba- 
talla el mÍ3mo dia 6, apenas terminado 
el combate y después de 26 horas de per- 
secución sin descanso. 

Desplegó Márquez sus fuerzas que se 
componían de los mismos que habían ata- 
cado al Salto, llevando á Adrián Bruno 
como jefe de vanguardia; Telmo Silva, 
segundo jefe, de la misma; Francisco- 
Olivera y Felipe Fernandez, jefes de co- 
lumnas, con un total de 200 hombres. 

Esta vanguardia», que .había estado » 
dos leguas de distancia del parque, se le 
incorporó, por orden de Márquez en. la 
mañana del dia seis. 

El reato de las fuerzas revolucionarias 
custodiaba á las carretas, al maudo de 
Márquez y Saavedra y figurando entre sus 
jefes Enrique Saravia. Quijano que sa- 



58 - 


Hendió el 80 de .Santa -liosa Había logra- 
do incorporarse, Feliciano do3 Santos, 
- Concepción Coronel y Villanueva. 

Viera llevaba á .sus órdenes la división 
de Salto, algunas fuerzas de Tacuarem- 
bó al mando de Arias, el 3.° y 4.° de ca- 
ballería de liirprecht y Mendoza y Du- 
ran. ' ¡ 

La acción comenzó á las diez- de la ma- 
ñana, 

Desd'e aquel momento Márquez estaba 
perdido. Su única tentativa posible era 
vadear el paso de Arbolito con el par- 
quet y detener á Viera con: su gente pro- 
tegiendo la retirada de las carretas, 6 
paso de buey. Permanecer ó cambiar 
de rumbo era tanto como ser indefecti- 
blemente copado por las fuerzas reuni- 
das de Viera y de Domínguez. 

El .terreno en aquel paraje es poco ac- 
cidentado. Un cerro, una ca3a y uno» co- 
rrales inmediatos 4 la entrada del paso, 
«posiciones que tomó la vanguardia de 
Márquez, reforzada por Enrique Saravia 
eco unos 60 hombres; el arroyo sin con- 
diciones para la 'defensa, de cauce, es- 
trecho, poco profundo, monte ralo, y fá- 
cil d© vadear en una gran extensión; más 
allá otra casa con corral, un campo llano, 
de veinte y tantas cuadras, y después una 
1 i jera ondulación de cerros bajos. 

Desde la casa y los corrales anteriores 
al „cerro, se inició el fuego, apoyándole 
la derecha de los revolucionarios en el 
cerco y las mangueras, el centro ante el 
paso y la izquierda á lo lárgo del monte. 

Las fuerzas gubernistas tenían por 
centro el 4.° de caballería y el 3.° -de ca- 
zadores; la derecha la división Salto, y 
la izquierda el 3.° de caballería, siendo 
mandados los dos regimientos de la di- 
visión Salto por dos comandantes Villas- 
boa» y Borges, y el total de las fuerzas 
1 >ot el coronel Felieiano Viera. 

Después de media hora de fuego la 3 
fuerzas del Gobierno extendieron una 



- 59 - 


ancha linea envolvente obligando al ene- 
migo á abandonar bus posiciones en di- 
rección al' paso que vadeó el grueso de 
sus tropas, resguardadas por la vanguar- 
dia que después de este movimiento vino 
¿ convertirse en retaguardia.’ 

Los regimientos 3.° y 4.° de caballe- 
ría hacían avanaar su* guerrillas escalo- 
nadlas, relevándose en la linea de fuego, 
t manteniendo de este modo un tiroteo 
continuo sin exceso de fatiga. 

Alt otro 1 lado del arroyo hízose más en- 
conada la lucha, ocupando los revolucio- 
narios la casa y los v cercos de piedra, y 
conteniendo difícilmente el ataque mien- 
tras se alejaban las carretas al tardo paso 
de los bueyes. 

Allí se desenvolvieron los principales 
episodios del combate; allí,- durante el tra- 
yecto de veinte y tantas cuadras de terre- 
no llano, sufrieron los hombres de Bruno, 
Fernandez y Olivera, el mayor número de 
bajas; allí eáyó, junto al paso, Adrián Bru- 
no, fulminado por un balazo en la frente; 
allí, fué, donde encontraron alguna resis- 
tencia los regimientos 3.° y 4 o , y la divi- 
sión Salto, que atacaban las posiciones 
revolucionarias resguardadas por la casa y 
el cerco, hasta que comenzaron nuevamen - 
te la retirada, plegándose hacia el grupo 
de las carretas que había logrado alejar- 
se veinte y cinco ó treinta cuadras, i 

Mientras intentaban quemar el parque, 
tendiéronse nuevamente en línea sus de- 
fensores, trabándose nuevamente la lucha 
enconada, y llevando los ^rubemistas un 
poderoso ataque hacia el punto en que se 
hallaban las carretas con peligro de ser 
quemadas si no se apoderaban de ellas 
prontamente. 

Ante aquel recio empuje, abandonáron- 
las sus defensores, declarándose en definiti- 
va retirada; el centro revolucionario inten- 
tó protegerlas, pero las dos Columnas, man- 



-So- 


dadas gor Quijano y Concepción Coronel, 
fueton prontamente cortadas y arrolladas, 
y comenzó la persecución, no sin sufrir 
las cargas de lanza con que De Angelus 
y Coronel quisieron contener el ímpetu de 
los perseguidores. 

Los últimos ataques del 3.° y 4.° más 
la división Salto, definieron la victoria, ro- 
deando el parque y pisando las huellas del 
enemigo que huía disperso ten distintos 
rumbos; unos hacia el Daiman, otros ha- 
cia el departamento de Paysandú, repar- 
tidos en pequeños grupos. 

El más compacto de éstos, con Márquez, 
Saavedra, Villanúeva y Enrique Saravia, 
llegó aquella misma noche á la estancia 
del señor Cash, en el departamento de 
Paysandú, mientras las tropas del coronel 
Viera rodeaban su valiosa presa de veinti- 
cuatro carretas, y se disponían á empren- 
der su marcha al día siguiente á la ciudad 
del Salto, donde llevarían victoriosos el 
abundante parque y las numerosas caballa- 
das tomadas al enemigo. 

El contenido del parque estaba formado* 
por 174 cajones de municiones remingtoir 
de 11 mm. con 179 . C00 tiros ; 2 cajones do 
municiones 7 mm. con 1,689 tiros; 2 ca- 
jones varios sistemas con 2.000 tiros; 52’ 
cajones de fusiles remington y Dodetaut, 
conteniendo 1.144 fusiles calibre 11 mm. - 
10 bolsas conteniendo 1.400 cinturones y 
portamunieiones? una bolsa de cables con- 
ductores para explosivos; 1 cajón de ameses 
y cananas; 35 lanzas; 5 bastos, y 150 fu- 
siles de diferentes sistemas. 

é 


El triunfo de esta acción, correspondía 
en primer lugar á la habilidad con que 
el gobierno había lanzado rápidamente aT 
ejército del Norte desde Treinta y Tres á 
Bañados de Rocha, realizándola operación- 



— 61 


* 

con. tal sigilo que ni Saravia, ni Márquez, 
ni el comité de Concordiaj ni las mismas 
autoridades departamentales, agenas ‘al 
movimiento pudieron sospecharlo. Gracias 
■á la extrema precaución con que fué eje- 
cutado se obtuvo una completa sorpresa. 

¡Correspondía; «na 'importante coopera- 
ción en el buen éxito al coronel Rufino 
{Domínguez, arrojando á ¡Márquez sobre 
Policiano Viera, persiguiéndole tenazmen- 
te en rudísima jornada* de 26 horas conse- 
cutivas; no habiéndolo batido él mismo 
por culpa, únicamente, del retardo con que 
llegaron las fuerzas de Artigas destinadas 
á formar su vanguardia, y en fin, habien- 
do conseguido, con su acción envolvente 
que el parque siguiera, precisamente, el 
camino de su perdición. 

Correspondía el triunfo material al co- 
ronel Viera, que, suspicaz conocedor del 
terreno, señaló de antemano á sus jefes 
Villasboas y Borges, el paso de Arbolito 
sobre Guayabos, como lugar preciso don- 
de habían de encontrar al enemigo, y que 
llevó adelante la acción con bravura y 
pericia, ayudado eficazmente por sus sub- 
alternos inmediatos, especialmente los co- 
roneles Rupretch y Mendoza. 

Correspondía, en fin, el triunfo del 
gobierno, según el criterio de los re- 
volucionarios, al comité mismo de Con- 
cordia, en sentido negativo, pues en 
su avaricia de poseer una sede importante 
para asentar el gobierno provisorio presi- 
dido vor el doctor Carlos A. Berro, insti- 
gó imprevi enrámente á Márquez, provocó 
el amago contra el Salto, retardó excesiva- 
mente la marcha de la expedición, y causó 
en suma, la pérdida del parque. 

Los episodios de aquella batalla son 
múltiples y algunos de ellos merecen es- 
pecial mención 

Un revolucionario se destaca de sus fi- 
las avanzando hacia las guerrillas del 4:p de 



- 62 - 


caballería en los momentos de más frago- 
rosa lucha, desafiando, como los viejos pa- 
ladine® del pasado medioeval, á cualquier 
soldadó ú oficiál que quisiera lidiar con 
el, tn singular combate, á. lanza sola, y 
como si aquella pareja aislada, en su en- 
conado duelo, hubiera» de afirmar para 
siempre ó derrocar sin remedio á las ins- 
tituciones uruguayas; ^sale un volunta- 
rio del regimiento 4.°, que poniéndose a* 
alcance de la voz", acepta el reto y pide un 
momento de espera á su enemigo, para re- 
querir una lanza entre los suyos. Duran- 
te la bre.e paus\ la fila de las guerrillas 
r sp:tü'íd aud z retador, qre á poca dis- 
tancia espera, erguido y sereno, aunque 
podrían tenderlo sobre el campo á tiro fijo ; 
vuelve al galope el soldado del gobierno, 
armado de lanza, y se precipita á rienda 
sue’ta, enarbolando el arma, con recio y 
veloz empuje, contra su adversario, que 
débil para resistirle, peor montado y me- 
nos ágil, cede, en su arrojo, pierde la ha- 
bilidad y la confianza, y tras ¡breve escara- 
muza, en que ya corren sus caballos, ya 
se revuelven en veloces escarceos, cae heri- 
do de muerte, casi en las filas mismas do 
los suyos, hasta donde lcr llevó, con ciego 
impulso, el valiente lancero en mal hora 
desafiado. 

17n oficial de la vanguardia de Bruno. 
resist£_con ocho ó diez revolucionarios al 
empuje vigoroso do los soldados sin retro- 
ceder un paso de la linea de fuego, ante 
el avance constante del enemigo. Siente á 
su alrededor que uno & uno, en grupos, en 
monton, se retiran sus compañeros; per- 
manece, sin embargo, en su peligrosa posi- 
ción ante una > guerrilla que amenaza cer- 
carlo, y al fin, abandonado de los suyos, 
pero sin dar un paso atrfts y siempre de- 
fendiendo su puesto, salvando milagrosa- 
mente la vida bajo un diluvio de proyec- 
tiles, es, por fin, hecho prisionero para ser 



- 68 - 


tratado con el respeto que su valor me- 
recía. 

Allí, fue, también, donde el coronel Men- 
doza ^encontró al capitán Faría ó Fraga, 
gravemente herido, acomodado bajo un ca- 
rro, y al preguntarle si necesitaba algo y 
si quería escribir á su familia, contestó 
con gesto de desafío: 

— No tengo ¡más familia que mi padre, 
y ese está aquí, peleando por la revolución. 

¡Cuanto apena pensar que tan heroicas 
energías no hayan sido empleadas en la 
defensa santa de algunos de los grandes 
ideales humanos, sino en esos combates 
fratricidas, arruinadores de la nación, de- 
vastadores de sus campiñas, devoradoros 
de haciendas, esquilmadores de poblacio- 
nes, que desprestigian la buena fama de 
un pueblo progresista y llenan sus mo- 
radas con 'huérfanos de valientes y viu- 
das, de héroes! 

¡Harto es de deplorar que por culpa de 
incorregibles odios, y desplegando en sus 
conflictos legendario valor, no haya un 
vado en estos ríos, ni una garganta en es- 
tas montañas, donde no pueda escribirse 
sobre las piedras del camino, ó sobre los ta- 
ludes de sus rocas, , el verso heroico de De- 
lavigne : 

«¡Passant, que ton front-se découvre! 
«¡Lá 1 , plus d’un ¡brave est endormi!» 




JLos -campamentos» - Kseenas de la 
vida militar.— lia trashumante. 
— l^a novela en la guerra. 


Aprovechemos la paralización del ejér- 
cito. de Benavente, que es-pera inactivo y 
sedentario en su campamento de Tres 
Cruces y Bañados de Rocha, para dar 
una idea dé la vida de campamento, su 
peculiar espíritu, sus usos extraños y sus 
exóticas costumbres. 

liada) es más curioso y abigarrado, que 
esta ciudad volante, formada por tan 
opuestas índoles en uu género de vi- 
da que es para cada uno, ya una sor- 
presa, ya un cambio radical, ya una su- 
cesión de accidentes inesperados, y en 
que siempre sobresalen extraños carac- 
teres, destacándose sobre esa masa gris, 
insípida, chata, que forma el fondo mo- 
nótono de todas las multitudes. / ' 

Es nota importante y perenne la pru- 
dentísima provisión de dos artículos ga- 
ya esencial necesidad es vital para; 1 el 
soldado, á saber: un poco -de caña y uji 
mucho de tabaco. No falten estos do» 
esenciales dinamos, productores de eñér^ 
gía, y poco importa que las carneádáfe 
se -retarden. 

Y ante estas dos graves preo-cupacio- 
*nes, c e presenta «el turco», como uu ene- 
migo, al que, sin embargo, hay qué ben- 
decir en algunos momentos aunque con 
Teserva mental de maldecirlo después 
por todo el resto de la vida, dejando 
añiles dé morir, tradición solemne para 
que la maldición persista y se prolongue 
á lo largo de las generaciones. 



- - 66 - 


Y en vei'Jad qué es odioso ese tipo. 
Ko importa que sea realmente nacido 
en algún país de religión musulmana; 
todcr individuo Buhonero de esa especie 
es turco por antonomasia, aunque hu- 
biese nacido en los arcos de la Pasiva. 

¡Cuando el soldado quiere fumar ó be- 
ber ó comer una galleta,. y a sabe: ahí 
está el carro del turco ; no hay más que 
(Pedir el artículo, pagar diez veces su 
verdadero valor' y fumará, comerá ó be- 
berá. 

•Se aproxima la columna á un estable- 
cimiento, ya sea pulpería, almaceji ó bo- 
liche ; acuden los soldados en busca de 
sus artículos de imprescindible consumo, 
y sólo reciben el golpe dte un terrible 
desengaño. Ya el turco, ganándoles el 
tirón, se presentó ante - el mostrador, 
compró todo el stock del boliche, y des- 
apareció con ello hasta su horrible ca- 
rro, de donde no saldrá sino á précio 
fabuloso, cuando la dura necesidad obli- 
gue al soldado á pasar por aquellas hor- 
cas ¿andinas en que se hunden injusta- 
mente sus últimos vintenes. 

Un verdad que tenían razón los grie- 
gos, cuando ponían bajo la égida de una 
misma divinidad, á esas gentes y á los 
ladrones. 

Ep la confusa variedad de tipos que 
han pasado ante mi3 ojos, nada miás no- 
table según mi . gusto, que un milico á 
quien llamábamos SimbadL 
-.Era éste un* buen marinero, de edad! ya 
algo talluda, que habría caído en las pe- 
nurias» de montar á caballo como guardia 
nacional después de treinta años de ma- 
rinería. Era hoipbre tan curtido en ries- 
gos y aventuras marinas y tan avezado 
á las maniobras de; á bordo, como lego en 
equitación y sus múltiples accidentes. 

Protestaba con energía de todas estas 
cosas tan exóticas para él. pero lo hacía 
en un ¡Lenguaje irremisiblemente _ mari- 
no y si soportaba aunque jurando sin 



cesar las inteligibles peripecias que le 
acosaban, era únicamente por afecto á 
su capitán, también marino militarizado, 
con quien estuvo largo tiempo sirvien- 
do en un buque de navegación fluvial. 

Sus pintorescas explicaciones eran gé- 
roglífieos para los 'soldados. Llamaba 
«cabo» á un maneado^; «flechastes» á 
los tientos; «escotas» á las riendas; 
«marcha pies» á los estribos, y se reía 
de los soldados que pre v i soráment e ata- 
ban la pava en la barriguera del caballo, 
diciendo que llevaban la cafetera en el 
sollado. 

Cierto día, al va«fesar un arroyo, le fué 
preciso seguir un recodo muy pronun- 
ciado; pero mal ginete el buen marino, 
y no siendo lo mismo dirigir un barco 
que un caballo, éste, conociendo, quizás, 
la. impericia del piloto, buscó á su gus- 
to el mejor camino, sin hacer gran ca- 
so de los tirones con que inhabilmenf# 1 s 
mortificaba el ginete; hubo, pues confla- 
gración de voluntades; hundióse la ca- 
balgadura en el cieno : corcoveó inten- 
tando salir; recorrió el inexperto caba- 
llero todo el dorso del arrojado bruto 
hasta ponérsele á horcajadas sobre el 
pu escuezo ; inclinó la cerviz la pobre 
bestia y cayó definitivamente en un pozo, 
lanzando al ginete en lo más caudaloso 
del arroyo. 

Pero al preguntarle . el capitami fcómo 
había ocurrido el accidente, le contestó: 

— Tenía que hacerme al agua por bar- 
lovento y orzando ; y ya sabe, capitán, 
este caballo no obedece al timón; por 
más que lo. eché todo á la banda, na go- 
bernaba, y en vez de hacerlo virar por 
avante, viró por redondo; encalló - en un 
bajío; filé la rienda, i y nada! cobré, y 
empezó á dar tales balances, que pri- 
mero perdí el estribo de babor; después 
me largó á la proa, y allí, encalló; se 
fué á la banda y me filó por ojo, pasando 
él mismo á pique. 



- 68 - 


La escasez otorgaba un aumentativo 
de valor á ciertos artículos poco fre- 
cuentes. Cinco centímetros de tripa mor- 
día, equivalían á. un salchichón de Wieh; 
cualquier vinillo del país se elevaba ¡á la 
categoría de Tokai; un mate de café era 
apreciado en tanto como un cangilón de 
soconusco, y una lonja de, correoso dulce 
de membrillo ya caducado en el rincón 
oxidado dé una lata, era la más ideal dé 
las ambrosías olímpicas. 

Sude haber en los campamentos per- 
sonajes míticos, sin existencia definida, 
pero con efectos tan. visibles como per- 
versos. Ejemplo de esta tribu es «El 
Barbudo*. Nadie lo vio, ni lo oyó jamás, 
pero él se lleva maneadores, lazos, rien- 
das, á veces un freno, una cincha, una 
carona., frecuentemente, cuando se ensi- 
lla de noche y en plena oscuridad, suele 
llevarse caballos, y hasta hubo ocasión en 
éue se engulló en, un abrir y cerrar de 
ojos, á do3 pasos .del dueño, una yegua 
mestiza con freno, recado, maleta, pon- 
cho, maneador y lazo. 

Este es el personaje. En su esencia 
es como la. electricidad; sólo se aprecia 
-su existencia por los efectos. Es, 9 in du- 
da, algo travieso y maleante, pues el 
¡maneador que le roba á uno, suele po- 
nerlo después sobre ©1 recado de algún 
compañero del desposeído; pero todo es- 
to, nada implica; cuanta cosa desapare- 
ce, ya es sabido, ¿se la llevó «El Bar- 
budo!» 

Hay otro mito; el Herrero de Tambo- 
res. No sé, precisamente, si fué de oficio 
herrero ó herrador y cuéntase que sola- 
mente dos meses de 3u larga vida estu- 
vo en la sierra de Tambores. Su nombre, 
sin embargo, se impuso por lo sugestivo 
y marcial, dada su atingencia con he- 
rraduras y tambores. 

Toda noticia descabalada ó fuera de 
razón; todp informe erróneo de topogra- 
fía; teda narración equivocada de su- 



- 69 — 


puestas batallas, et-c., etc., hacían excla- 
mar, al no merecer crédito: «eso te lo 
habrá contado el Herrero de Tambores»* 
•Este (personaje no era absolutamente 
mítico; pero el único qué lo vio y con- 
versó con él, otorgándole gran .créditos 
f ué un joven alférez, llamado Arrigo 
Boito y apellidado así, no por homoni- 
mia con el célebre compositor, sino por 
oiiomatopeya con su verdadero apellido 
eúskaro; gran alivian ador, ( en proyec- 
tos) de la impedimenta, muy fuerte en 
estrategia, y hábil requisidor de noticias 
en ranchos, pulperías y «Herreros dé 
Tambores», por lo-'que también solía ser 
llamado Investigaveitia. 


Por aquellos días, blanqueaba en .el 
borde del campamento, la lona de una 
carpa; lona de dos planos en ángulo; 
unas veces limpísima, gracias al lavaje 
coi que la purificaban las buenas aguas 
del cielo, otras veces de matiz barroso, 
merced á las malas agua3 revueltas de 
arroyos y cañadas; ya f Me i da como vela 
de barco en dia de calina y resecada por 
los rayos del benéfico sol; ya tensa por 
los rocíos de la noche ó encogida, hasta 
arrancar las estacas, en los grisáceos 
días de persistente lluvia. . 

< Pero cobijada por aquel leve techo de 
lienzo tosco, residía casi filosóficamente 
y con cierta aproximación á la despreo- 
cupada vida diogenésvea, la más franca 
é invulnerable alegría, entre bohemia y 
belicosa, que hayan podido incubar loe 
múltiples campamentos uruguayosi, d\i- 
rante sus nueve meses de campaña, pe- 
ríodo natural "de toda humana incuba- 
ción. | • -i : 

Tenía un nombre, porque’ había reci- 
bido más que suficiente bautismo por las 
ya citadas aguas del cielo y de la tie- 
rra; como si dijéramos por las aguas 



— 70 - 


puras* de la pila eclesiástica en sacra- 
mento divino, y por las aguas turbias del 
humano código en el prosaico ritual del 
registro. Y aunque no hubiere acompaña- 
do á su bautismo otra ceremonia que el 
consumo, entre algazara y discursos, de 
un litro, mal medido, de esa vil y plebeya 
«canina» que expenden lo» modernos 
Locustos en la frontera brasileña, fuele 
concedido, como su más típico nombre, 
tras meditado estudio «La Trashu- 
mante». 

Y llámesele así, por. haberla visto, en 
incansables correrla®, siempre nómada, 
errante, ambulatoria,* vagabunda ; del 

llano al collado, del collado á la pradera, 
de la pradera á la cumbre, de la cumbre 
al bajo, del bajo á la loma, de- la loma 
al soto; avanzando y retrocediendo en to- 
das la® direcciones marcadas por la ro- 
sa de los vientos; salvando montes, va- 
deando ríos, trasponiendo sierras, reco- 
rriendo bañados, cruzando llanuras, fran- 
queando desfiladeros, cortando alambres, 
devorando ganados, atropellando- yegua- 
das, hiriendo enemigos, soportando hela- 
das, reverberando soles: siempre inquie-. 
ta, inestable, movediza; siempre 6. lomo 
de caballo; siempre rígidos sus ástiles 
como lanzas guerreras; siempre invulne- 
rable su lona á todas las intemperies y 
siempre prodigando, á la salida de cada 
nuevo sol, burlonas carcajadas de olím- 
pica mofa, sobre lo3 montes, los llanos, 
los ríos, los desfiladeros, " las escarchas, 
los riesgosa las heridas y las guerras iló- 
gicas de los hombre3. 

¡Era, en verdad, una carpa digna del 
Mineo Nacional, cuando se convirtiera 
en reliquia; digna de los -cantos 'de Pi» 
daro; digna de haber sesteado junto á 
lo® muros de Troya ; digna, en ^ fin, de 
albergar en íu estrecho ámbito á algún 
famoso breno sitiador de Roma, como 
albergaba, á modo de jaula de pájaros 
cantores, á cuatro alegres loeo®. que la 



- 71 - 

•ocupaban con ¡más placer y más orgullo, 
que el magno Alejandro la purpúrea 
dorada con que se instaló invencible 
las puertas de Babilonia. 

Porque la carpa de esta historial, la 
irrefrenable «Trashumante», con su ca- 
riz guerrero y su movimiento continuo, 
parecía que sintiese latir en su oído la. 
épica estrofa del clásico hispano en su 
famosa «Profecía del Tajo»: . 

¡ Acude; corre, vuela, 
traspasa la alta sierra, ocupa el llano, 
no perdones la espuela, , 

no des paz é la mano, 
menea fulminante el hierro insano. 


Cuatro eran, como qíieda dicho, los iu- 
<juietos habitantes de tan famosa carpa, 
y aunque la historia reserva discreta- 
mente sus nombres, la fama se encargó 
de hacer notorios sus pseudónimos, .es 
decir, loe apodos que ellos mismos se apli- 
caron en conformidad con su correlativa 
índole. 

Y así fue llamado «Aristófilo*, el de 
más tendencias filosóficas; capitán, «per 
accidens», de guardias nacionales; un 
tanto epicúreo y un mucho escéptico ; ja- 
más poseedor de peine por carencia de 
cabello á pesar de sus treinta años, no 
por falta de aseo, pues., hasta usaba bi- 
gotera con que domar ,1a rebeldía' de su 
mostacho y no renunciaba á estai menuda 
coquetería ni aun por respeto al fre- 
cuente chichoneo dé sus camaradas, al- 
go marino, tanto por arraigada afición, 
como por actuar durante la paz en cierta 
dependencia del Estado muy afin d las 
tareas marinas; tan dispuesto á afrontar 
un verdadero «casus belli» con ¡serena 
valentía, como í resolver ecuaciones, tra- 
zar planos, sortear una borrasca . y mar- 
car el derrotero de un barco, ó á atacar 





- 72 - 


con vigor á una batería de copas en ale- 
gre charla echando al ajre las canas que- 
no tenía su calvo cráneo, ó á sostener 
una plática sobre cualquier asunto serio 
con no común ilustración, 

(«Temetncfo» era ! Hia|ma|do ¡así )po¡r sup 
incurables aficiones literarias; y mostra- 
ba físicamente el aspecto afilado, largo- 
y escuálido que parece característico de 
esos pobres seres dominados incautamen- 
te por ,1a chifladura poética, .como si la 
escesiva actividad del intelecto pusiese 
misteriosas trabás á la libre nutrición del 
cuerpo.' Hablaba con casticismo selecto, 
cuyo vocabulario ponía en graves apuros 
á los asistentes y milicos del fogon, quie- 
nes á pesar de escucharlo atentamente 
quedaban ayunos de ,1o que oían las 
má3. de las veces. Poetizaba casi siempre 
en serio, con estro frecuentemente épico 
y con preferencia por los asuntos melan- 
cólicos, pero en el diálogo, en la charla, 
y en las pláticas amistosas se transfor- 
maba, dejando apuntaT la burla, ó ca- 
yendo, jocosamente en declarado chicho- 
neo, sobre cualquier mortal que tuviera 
la poca suerte de ofrecer burlesco tema 
iá su ingenió. 

Era, «Marcial», un decidido guerrero: 
muy atenido al principio de autoridad 
corno á una incontrastable ley divina; 
muy afecto á la rigorosa disciplina "mi- 
litar; mal esgrimista y mal tirador al 
blanco, pero fecundo inventor de planes 
estratégicos, enemigo acérrimo de los 
versos, aunque no de los versificadores, 
por considerarlos gente inofensiva é ino- 
cua: mal lastrado de erudición que no- 
tuviera atingencia con guerrillas, orde- 
nanzas, balística, 6 descripciones de ba- 
tallas, y por último, como rasgo caracte- 
rístico de su figura, pronunciadamente- 
renco de la pierna derecha. Con secreto- 
dolor de su corazón, por cuanto el mar- 
cado contoneo con que caminaba, bastan- 
te fuera del ritmo que corresponde iá un 



— 73 — 


peso belicoso, no favorecía en nada tí 1» 
apostura gallarda y guerrera que él hu- 
biera querido lucir, de acuerdo con s\> 
configuración interna y sus impulsos mar- 
ciales. 

Erai, en fin, «Romeo», un alegre joven,, 
barbilampiño, - .enamorado profundamen- 
te (.y de ahí la rsteón de su apodo) : ,sin 
más lincamientos dignos de mención, que- 
ja bella presencia, el excelente corazón de 
niño, el apasionado entusiasmo por la 
dama de sus .pensamientos y la clarísima' 
memoria con que recitaba, en .competen- 
cia con el literato, largas tiradas de poe- 
sía en español, eñ francés, y especial- 
mente en italiano, pue3. oriundo de Italiav 
había pasado en la hermosa península,, 
buena .parte de su ‘ juventud. 

En aquella carpa no había moment - 
reposo cerebral. 

Allí entraban, igualmente, en discu- 
sión la alta filosofía de Krauser ó de- 
Kant, el pesimismo de S’hopenhauer y el 
optimismo de Leibnitz, la3 teorías del 
Ríos inmanente ó del Dios trascendente, 
los sutiles caracteres diferenciales del 
panteísmo y el panenteismo, ó las pedes- 
tres controversias de la más vulgar po- 
litiquería, sazonada tan pronto con apa- 
sionamientos partidistas, como realzada, 
con supremo desden por el reconocimien- 
to, soberanamente «altivo, de ouán .peque- 
ña idea dan de la inteligencia y el valer 
humanos, esas eternas .luchas en que to- 
dos olvidan el cuidado del timón, por re- 
solver, á sangre y fuego, quien ha de ser 
el encargado! de manejarlo. 

Allí se reformaba el sistema de impedi- 
menta bajo la presidencia de Marcial, y 
el . posible itinerario de los ejércitos co- 
tejándolo mentalmente con el que lleva- 
ban marcado sucintamente sobre ©1 mapa 
de la «República: se escribían cartas «ad 
hoic»; se redactaban correspondencia^ 
ilustrativas; se gozaba ampliamente de la 
vida, desdeñándola, y se le tomaba el 



pelo, coa regular descaro,, á todo bicho 
viviente. 

Allí, en fin, se observaba y analizaba, 
coa provechosos comentarios, la vida de 
campamento, el carácter de numerosos 
personajes reunidos en impensada mes- 
colanza de los más divergentes gu3tos, fi- 
guras y opiniones; las inesperadas ta- 
reas d!e la vida militar; el' estudio de las 
razas allí aglomeradas; las cosas de la 
campaña al través de los hábitos de ciu- 
dad; el choque de la 3 tendencias campe- 
sinas contra tendencias ciudadanas ó del 
modo de ser de la tropa de linea frente 
al de la guardia nacional, y otros mil 
estudios de usos y costumbres, mostrán-, 
dose todo ello en tan impensado y abi- 
garrado escenario*, como temas fecundos, 
lo mismo para el concepto filosófico que 
para la maligna observación; lo mismo 
para hacer aprendizajes de la vida y de 
.la humana índole, que para glosar con 
risueño desdén los mlás graves peligro.', 
soportándolos siempre con esta resignada 
cv saeramtptai exclamación : «¡basta la 
salud!» 

Esta frase, que llegó á ser famosa y 
popular, suTgió de «La Trashumante». 

Si se carecía de algún artículo necesario, 
la frase filosóficamente consoladora era 
esa: «¡basta la salad!» Si una copiosa 
lluvia calaba hasta el tuétano, ó volaba la 
carpa arrancada por un huracán á media 
noche ¿qué importa? ¡basta la salud t Si 
un caballo, en una mala rodada, rompía 
una pierna al ginete ... ¡ basta la salu 1 ! 
Si en acción de guerra se le ocurría á 
un proyectil entrar por el pecho y salir 
por la espalda, no era extraño que el he- 
rido le dijese á un compañero: «me estoy 
muriendo, pero no es nada, ¡basta la sa- 
lud! 

Convengamos en que esa frase, aplicada 
á los peligros, haciendo rápida fortuna v 
■oyéndose en boca de todos, ante cualquier 



- '5 - 


evento, frente al más grave riesgo, repre- 
senta un estoicismo heroico, una temeraria 
disposición del ánimo para realizar gran- 
des acciones. Es muy poderoso un ejército, 
cuando todos sus soldados, la llevan pre- 
parada en el pensamiento, para arrojarla, 
como una burla, á la muerte, con el jocoso 
desdén del que nada teme. _ 

Reunidos á la puerta de la carpa,- esta- 
ban los cuatro oficiales. 

Eran dias de acampada y todos habían 
aprovechado la holganza para refrigerar la 
piel en deleitoso baño entre las aguas del 
arroyo cercano. 

Un sol templado calentaba los miembros, 
y recortaba de luces y sombras los grupos 
de carpas dispersas en torno, mientras c-1 
viento de la tarde empezaba á. entonar can- 
tilenas en el bosqueeillo de sauces, azotan- 
do el ramaje de los ñapindás y jugando en- 
tre las lonas y los ponchos tendidos sobre 
el pasto. 

Los torsos, impúdicamente desnudos, 
mostraban el contraste de los pechos blan- 
quísimos como de aristocráticos patricios, 
y los rostros bronceados por las intemperies 
como de irruptos saldados de algún Atila. 

Tendidos sobre los coginillos, besaban de 
vez en cüando una botella de caña, alegan- 
do la necesidad de reponer energías debili- 
tadas. por el baño. Él vicio es gran des- 
cubridor de disculpas. 

— Convengamos en que la gaerra es una 
gran barbaridad — decía Aristófilo — pe- 
to una barbaridad hermosísima. 

¡Apoyado! — gritó Terencio, que ten- 
dido de barriga contra el suelo picaba con 
muy poca destreza un pedazo de «naco». 
— - ¡La guerra es la estupidez más gran- 
diosamente bella qué han inventado los 
hombres ! 

¡ Protesto ! — añadió Romeo mien- 
tras se devanaba los sesos por ordenar las 



- 76 - 


hojas sueltas y engrasadas de un libro. — 
¡La guerra es una bestialidad sin atenuan- 
tes! 

— '¡(Pero imira «mijo»! * — interrumpió- 
Aristófilo, repitiendo esta contracción de- 
«mi hijo» que le era muy peculiar — tu 
opinión no vale, porque tú no eres un hom- 
bre, sino la congelación de un rayo de lu- 
na, la humanización de un soneto... 

— Un amasijo de miel hiblea y esencia 
de azahar — rectificó Terencio. 

Sonrió Romeo con gesto melancólico y 
prestando gravedad al tono de su voz y 
cadenciosas pausas al ritmo de sus pala- 
bras, contestó : 

— Pueden ustedes burlarse cuanto quie- 
ran de mis sentimentalismos, pero no* de- 
jaré de confesarles que algunas veces, en 
nuestros escasos momentos de ocio, gusto 
de pasear por la cima de una loma viéndo- 
la un lado y otro los batallones acampados 
con su pintoresco efecto: las notas rojas- 
de los ponchos que con el forro hacia el 
sol se orean extendidos sobre el pasto en- 
tre hileras de carpas salpicadas de los pun- 
tos blancos que siembran en desorden las 
ropas recien lavadas que, se solean removi- 
das per el viento; los dispersos grupos al- 
rededor de _Io3 fogones cuya luz ahoga el 
resplandor del dia; los ginetes que, al ga- 
lope, cruzan acá y allá, de uno en otro- 
campamento ; las cañadas que brillan y 
serpean entre verdes ñapindás, y los caba- 
llos diseminados por bajos y colinas, ra- 
moneando el pasto, en actitud tranquila, 
con las cabezas bajas. Y á veces, contem- 
plando este espectáculo, guerrero pero. mo- 
mentáneamente reposado y hasta apacible ; 
adivinando allá lejos, en otras lomas igual- 
mente hermosas y brillantes, otros campa- 
mentos, otras cañadas no menos fértiles, con 
otros hombres no menos valientes, hijos 
también de estos soles y de estas auras, 
ataviados con belicosos arreos, movidos por 



77 - 


r ~ 

injustos furores, cegados por la pasión 
partidista que ya debieron barrer para 
siempre los vientos benéficos del progreso 
bumanj. . . siento que la íntima melanco- 
lía ahonda sus surcos en mi pecho, y sur- 
ge del pensamiento á los labios, para re- 
sonar entre ellos con quebrantada voz, la 
hermosa estrofa de Alejandro Manzoni: 

D’una térra son tutti. 'Un linguagio 
parlan tutti. Fratelli li dice 
lo straniero. II comune lignagio 
•a ognurn d’essi dal volto trompar . . . 

.¡Ah! ¿Qual d’essi il sacrilego brando 
trasse il primo il fratello á fertre . . . ? 

¡Oh terror! Del conflito escorando 
la cagione esecranda ¿ qual é . . . í (1) 

—¡Valió trago! — gritó Marcial empi- 
nando la botella. 

— ¡ Ah, Horneo, Romeo ! — dijo Aristófi- 
lo. — Te repito que tu no eres un hom- 
bre ; tu eres una orquídea. 

— f Cierto! — confirmó Terenci© — una 
-orquídea paradójica, con kepí en la coro- 
la, facón en el tallo y espuelas en las' raí- 
ces. 

— Este mozo es un epitalamio con bom- 
bachas — concluyó Marcial pasando la 
botella á Aristófilo. 

- — ¡Si, si! ¡Ustedes me burlan, pero al 
burlarme caen en pecado de hipocresía; 
porque tienen ustedes oculto en el corazón 
tanto sentimentalismo como el que inten- 
tan ridiculizar en mi. 

— ¡ Alto ahí ! — vociferó Marcial — aquí 
no hay más sentimentalista que tú, y 
algunas veces Terencio; pero ese no lo es 


(1) Todos son de ana tierra. Todos hablan nn 
idioma. Hermanos los llama el extranjero. £1 lina- 
je común se transparen ta en el rostro de cada ano... 
.!Ah! ¿Cuál de ellos desnuda el primero la sacrilega 
•aspada para herir al hermano? iOh terror! Del con- 
flicto execrable, la raaón execrable ¿cuál es? 



- 78 


sino cuando le da la chifladura por escri- 
bir en serio. 

Quieren ustedes acusaciones con- 
cretas? ¡Pues alia van! Estoy harto de ver, 
noche á noche, que cuando nos dormimos, 
ó mejor, cuando parece que nos dormimos 
en la carpa, y se queda Aristófílo leyendo 
ó fingiendo que lee las guerrillas de 
León de Palleja, y el sistema triangular, 
y el alto protegido, saca cuidadosamente 
de su cartera un retrato, el retrato de su 
bebé que lo espera en Montevideo y per- 
manece largo rato contemplándolo con 
mirada grave, con semblante melancólico; 
recomponiendo en su imaginación aque] 
rostro infantil y sus bucles de oro y sus 
tímidas pupilas azules; pensando quizás 
que uná bala traidora, al dia siguiente, 
puede dejar huérfana á aquella inocente 
cabecita rubia y llenar de lágrimas aque- 
llos ojos infantiles. Y he visto á Marcial, 
el que tanto alardea de su índole belicosa, 
leyendo en pleno día, al lado del fogon, 
una carta de no se qué pedazo del corazón 
que tiene ausente, allá lejos, y... ¡miren 
qué .casualidad! el humo del fogon se le 
venía á los ojos al insensible guerrero. . . 
y lo hacía llorar. ¡Bah! ustedes ocultan 
hipócritamente sus sentimientos y me ta- 
chan de marica porque no los oculto. 

— -¡ Eh ! ¡Protestamos de semejante ape- 
lativo! Te hemos llamado epitalamio,- or- 
quídea, rayo de luna, y no se. cuántas co- 
sas más, pero no marica. Te hemos visto 
luchar más de una vez y sabemos muy 
bien que eres un valiente. 

— ¡Valiente! ¡valiente! ¿Y acaso hay 
mérito en ello ? ¡ Ser valiente no es más 
que esto: tener vergüenza! 

— ¡ Conformes ! — dijo Tereneio — pero 
¿pretendes, quizás, convencernos de qué to- 
do el mundo tiene vergüenza? 

— Hay muchas excepciones, — exclamó 
fi'osófícamente Aristófílo. 



- 79 - 


— En efecto, — confirmó Marcial — 
ayer el teniente Rodríguez tuvo la poca 
vergüenza de cobrarme un litro de caña 
que" me había prestado hace un mes. 

— Ya que hablamos de valor — reanudó 
•Romeo — déjenme que les diga. He ob- 
servado, durante esta guerra, que hay va- 
rias clases de valor. Hay el valor bestial, 
atavismo de la -fiera en la evolución zooló- 
gica, instinto sangriento, que no teme 
porque no raciocina, que si triunfa goza 
con la sangre, matando y destruyendo, y si 
muere, muere odiando, cegado por la ira 
de la derrota, no pensando en que va a 
morir, sino en que lo han vencido. Hay, 
también, el valor del compadrito, vanidoso, 
ignorante, de escaso sentido moral, que 
no lucha y mata respondiendo á una nece- 
sidad ingénita, sino arrastrado por el 
deseo de que lo admiren y lo teman; que 
no tiene los instintos sangrientos del león 
ó del tigre, sino que frecuentemente, abri- 
ga sentimientos generosos v y puede ser hi - 
dalgo, pero que se creerá en el pináculo 
de la gloria si consigue que lo comparen 
con el león, y que digan de él «¡ es un ti- 
gre!» Hay' después el valor sereno, caba- 
lleresco, nacido tan solo de la conciencia 
del deber, que no experimenta necesidad 
alguna de luchar, ni se siente arrebatado, 
por la ira, ni considera motivo de orgullo 
que lo califiquen de «tigre» porque en su- 
ma es llamarlo animal, sino que asiste á 
la guerra razonadamente convencido de que 
defiende una noble idea; que si triunfa 
cuida y hasta acaricia al Cencido, y si 
muere... 

Si muqre, ¡basta la salud! — inte- 
rrumpió Marcial. . . 

. . .muere sin odio, hacia aquellos que, 
en su opinión, están movidos por iguales 
deberes.- 

A menos que el enemigo consi dere 

parte de esos deberes acercársele con el 



- 80 - 


¿acón desenvainado para degollarlo — ad- 
virtió Aristófilo. 

— ¡Yo no puedo creer que se degüello! 

— ¡Oh cándido maneebo! ¡Cuando te di- 
go que eres una orquídea! 

— Dígote — exclamó Terencio — lo mis- 
mo que Sancho al caballero del verde ga- 
bán: «Paréceme vuesa merced el primer 
santo á la gineta que he visto en toios los 
*dias de mi vida.» 

— Si «mijo», se. degüella ¡claro que eso 
es obra de una minoría bestial y soez que 
no puede evitarse, ni corregirse en ningún 
ejército! pero el hecho es cierto: cierto en 
ambas partes. Y existen diferentes siste- 
mas ... á la brasileña ... á la orienta^. . . 
de punta... de violin... y no vayas’ á 
creer que se trata de una operación senci- 
lla, se necesita habilidad, sangre fría, ¡muy 
fría! y arte ¡mucho arte! 

— ¡ Todo eso es historia lúgubre, novela 
sensacional! — exclamó indignado Romeo.; 
— ¿Lo ha visto -alguno de ustedes? 

— No, nosotros no hemos visto, pero. ... 

— Entonces, no lo creo. Aunque fuera 
cierto, quiero sugestionarme, rebelarme á 
,1a realidad y no creerlo... ¡doblemos la 
hoja! 


Después de la batalla de Guayabos, á la 
que habían’ asistido los cuatro oficiales, se 
-dirigieron con su división al Salto, ¿ don- 
de llegaron *1 dia 12. 

La ciudad ardía en fiestas, presenciando 
el desfile del parque y la entrada de las 
tropas entre vítores y aclamáciones, cele- 
brando, al mismo tiempo, la defensa de la 
plaza hecha por su guarnición en 29 de 
'Mayo, y la victoria de Guayabos, . : ' 

Hábíah llegado de Paysandú el jefe y 
los oficiales del 9.o de guardias nacionales, 
llevando consigo la- banda lisa. 



- 81 - 


Una hervorosa muchedumbre llenaba la» 
«alies de la ciudad, y los balcones, ocupa- 
dos por las damas salteñas, lucían como 
canastillas de flores. 

Desde temprano, & las ocho y media, es- 
taban formados en la plaza principal, fren- 
te á la comandancia, los batallones l.° y 
2.° de guardias hacionales de Paysandú, el 
2.® del Salto, el 3.° de la capital, el plan- 
tel de marina, el escuadrón dé extramu- 
ros y la sección de artillería, A las diez, 
los cohetes- y los vítores anunciaron la lle- 
gada de la columna con el paro pe apresado, 
al frente, y desde aquel momrjito, discur- 
sos, recepciones y banquetes conmovieron 
á la ciudad. 

Y cuentan las crónicas secretas de «La 
Trashumante», qqe era allí donde se ocul- 
taba el nido de amores del oficial Romeo; 
que era de aquella gallarda . ciudad desde 
la que habían volado hasta los campamen- 
tos, ya las fieles promesas en cartas tardías 
siempre ansiosamente recibidas, ya los 
amantes suspiros en alas del viento; aun- 
que en opinión de Aristófilo, con criterio 
de muy sesudo positivismo, esto no podía 
suceder, para mayor poesía, sino en los 
dias despejados, cuando sopla el benigno 
viento del Oeste, pues solamente con el 
pueden llegar al resto de la república los 
suspiros salteños. 

Allí fué, en fin, donde se abrió la era 
easi trágica de los amores idílicos de Ro- 
meo, entre el aparato guerrero, y los him- 
nos bélicos de la banda lisa de Paysandíi, 
alternados con la cadencia de los valses, 
y el ritmo de las frases enamoradas. 

^$La Julieta de aquel Romeo sería, qui- 
zás menos fiel y constante que la del dra- 
ma de Shakespeare? * 

¡Quien sabe! 

Aristofilo confiaba poco en la constancia 
femenina, pero ya se sabe que el filósofo 
era muy tentado deKexcqpticismo. 



- 82 - 

Además, la guerra no deja tiempo al 
sentimentalismo. La vida ruda del campa- 
mento y los combates, endurece mucho al 
corazón de los hombres. 


Pocos ' dias después se había realizado 
un cambio importante en la organización 
del ejército. ' 

El Gobierno, consideró oportuna la for- 
mación de tres cuerpos de ejército, del 
Norte, del Sur y del Este, á fin, de estrechar 
más fácilmente á las fuerzas revoluciona- 
rias, en vista de que el plan estaba basado 
en sus constantes correrías, y de que la 
guerra no podía tener otra estrategia que 
la de una' incesante persecución, casi una 
cacería. r 

El general Muniz fue en 4 de Junio se- 
parado del ejército del Sur, quedando este 
bajo la dirección, en jefe, del general Pa- 
blo Galarza, destinándose á aquél para el 
mando del nuevo ejército del Este. „ 
iPe^o } pocoi después de Guayabos, con 
motivo de la renuncia del General Bena- 
vente, y no creyendo sin duda, el Gobier- 
no que fuera necesaria la proyectada for- 
mación del ejército del Este, envió á Jus- 
tino Muniz al frente de las fuerzas, del 
Norte en sustitución de Benavente. 

Y cuando ya los regimientos 3.o y 4.o 
de caballería habían vuelto de su escursion 
al Salto con el coronel Feliciano Viera, 
cuando acampaban de nuevo en aquello» 
Bañados de Rocha donde la permanencia 
fué de mes y medio, los cuatro oficiales de 
«La Trashumante», -otra vez en sedentaria 
vida, sufrían no más que las persistentes 
humedades, el penoso, aburrimiento de la 
inactividad', el pernicioso humo de los na- 
<ios — repugnantes chorizos negros como 
los apellidaba Teroncio — y los vapores 
de la mal oliente «canina», aviesa inven- 



- 83 — 


cion, según el mismo, propagad*^ J)or la 
plebe con- el único fin de embruteperle el 
cerebro á la gente inteligente. 

— ¿Con que viene Muniz al mando del 
ejército? — preguntó-* Marcial. 

— Así está resuelto — respondió Teren- 
cio.. 

— Irá quizás Benavente á mandar el 
nuevo cuerpo que se va á formar en el 
Este? 

— Creo que ese cuerpo no llegará á orga- 
nizarse. Además Benavente desea el des- 
canso. Es verdad que no tuv<* en esta cam- 
paña la buena fortuna de conducir á sus 
tropas al logro de brillantes triunfos, pero 
tal vez la misma fuerza de su organiza- 
ción ha impedido los encuentros, disper- 
sando varias .veces al enemigo con su sola 
presencia, y arrojándolo en sus rápidas 
fugas contra las armas de los soldados de 
Galarza y Basilisio. < 

— ¿Lo conoces? — preguntó Aristófilo. 

— Más de uúa vez lo he visto á la puer- 
ta de su carpa, en los días de continuas 
marchas, á orillas del Yi, al pie de los ce- 
rros minuanos, sobre las praderas de Pu- 
razno ó entre los bañados de Tres Cruces. 

— Cuéntanos haznos su biografía — - re- 
clamó Borneo. 

— No : — protestó Terencio — una bio- 
grafía no haré con enojosa foja de servi- 
cios y fechas de batallas ; pero les haré una 
silueta á mi modo. 

— Bueno, empieza. 

Y Terencio, acomodándose sobre la fos- 
ca alfombra de coginillos. dijo así: 

Alto, erguido, robusto sin ser grueso, 
no representa más de cincuenta años, aun- 
que pasa seguramente de los sesenta, pues 
era ya sargento al comenzar la guerra del 
Paraguay. Es la expresión de sus ojos, ri- 
sueña y benévola, y adorará su rostro el 
¿pqueño bigote blanco que armqpiza con 
bu cabello corto también cano. 



- 84 - 


El rasgo distintivo de su índole es el 
espíritu reposado; algo así como la sere- 
nidad grave de los campos, hacia los cua- 
les siente profundo afecto, teniendo, como 
ellos, sonrisas de bondad y ceños borrasco- 
sos, auras primaverales en que florecieron 
antaño sus laureles de guerrero, y largas 
noches invernales en que soportó bajo la 
dictadura de Latorre, dura y prolongada 
prisión, penalidades y ostracismo. 

Cierta noche de los primeros dias de es- 
te mes, me obligaron mis deberes milita- 
res á recorrer á pie los opee kilómetros de 
vía férrea que separaban la estación Ta- 
cuarembó del cuartel general del ejército. 

Mi caballo había quedado aquí, en Ba- 
ñados, pues fui á San Eugenio en un 
tren de caballadas. Me era forzoso 'volver 
al Estado Mayor en la misma tarde, y ni 
había trenes de vuelta ni pude conseguir 
cabillo. * 

Crucé desmontes, terraplenes y puentes 
aéreos,- sin más trabazón que los delgados 
rieles, y los durmientes á un paso de dis- 
tancia, entre los cuales sé reía brillar allá 
abajo el agua mugidora con mareante mo- 
vimiento, y puedo jurar á ustedes que ja- 
más me vi en más grave aprieto que al sal- 
var, en medio del crepúsculo, casi en la 
oscuridad, aquel puente de cien metros, ex- 
tendido de una á otra orilla» sin barandas, 
como hilos de araña paralelos, sobre las vi- 
gas que distaban-un paso largo, ¡bien lar- 
go! y por cuyo ancho espacio se veía allá 
abajo, en la oscura profundidad, el remo- 
lino mareante y blancuzco de las aguas 
del río. Después de aquella hazaña creo 
que ni Blondín me gana como equilibrista. 
Figúrense ustedes una escalera de mano, 
pero enorme, de cien ó más metros, tendida 
horizoatahnente sobre un río á muchos 
metros de altura ; y vayan ustedes andando 
sobre sus peldaños, distantes entre sí lo 



— 85 - 


que se puede alcanzar abriendo bien las 
piernas. 

Pues bien, salvé valerosamente esa mal- 
dita escalera ó puente; seguí siempre la 
linea férrea por los desmontes; llegó la 
noche, y por fin, cuando ansiaba alcanzar 
los primeros fogones que lucían vacilantes 
entre las tinieblas de una noche sin luna. . . 
oí el sonido gemebundo de unja guitarra 
bien pulsada y el acento claro y sonoro de 
una voz varonil entonandp unos «tristes». 
Como el viajero perdido de .que hablan las 
leyendas infantiles, sentí el consuelo de 
aquella voz que brotaba dé la sombra, y la 
atracción de aquellas luces rojizas que. fla- 
meaban entre el negro fondo del horizonte. 
Apresuramos el ya cansado paso, yo y mi 
único acompañante, un viejo soldado, Fie- 
rro, carrero de Florida, que venía de con- 
ducir caballadas desde Mansevillagra has- 
ta Molles, — el cual me había propuesto 
en el paso del famoso puente que lo re- 
corriéramos á gatas con enojada repulsa 
de parte mía — y caímos en la primera' 
carpa que se dibujó entre la sombra á los 
reflejos de un fogon. Resonaban allí cerca 
los tañidos de la guitarra y la voz melan- 
cólica que concertaba sus cantares crio- 
llos. 

Hallé hospitalidad afectuosa y muy ca- 
balleresca en la carpa del teniente coronel 
Maneiro, jefe del Detall, y allí, conversan- 
do mano á mano, ante un asado y una co- 
pa de vino, ejerciendo de mesa una barri- 
ca, cambiando impresiones de la guerra, 
supe que aquellas próximas canciones — 
recordatorias de los dias apacibles en la 
estancia, cuando el manso mugir de las va- 
cas no inspira el pensamiento devastador 
de las razias llevadas sobre el ganado por 
los ejércitos en marcha, — se elevaban jun- 
to 6 la cercana carpa del general, que gus- 
taba de acariciar 6u espíritu en estas lar- 
gas noches invernales, llevado, acaso, de 



- 86 - 

quién sabe -qué remembranzas del pasado, 
qué recuerdos más ó menos tumultuosos 
de su antigua historia. Y también, enton- 
ces, acudieron á nuestra mente los lejanos 
encuentros del ejército uruguayo, cuando 
en los esteros del Paraguay socavaba el pe- 
destal de la tiranía, y formaba este mismo 
Bena vente en las filas dpi batallón «24 de 
Abril» ; ese batallón, único que soportó 
completa toda la duración de aquella 
cruenta guerra, y que hoy ostenta su. nobi- 
liario título de actor fecundo en choques 
bélicos, con el nombre qptual de 3.o de 
Cazadores. 

Y entre el cigarro y la amable plática 
de sobremesa, y el próximo resonar de la 
guitarra, se levantó también de entre las 
antiguas memorias, aquel otro batallón 
Florida, en que brilló la figura de León de 
Palleja, cuyo nombre circula hoy mismo 
entre los oficiales en la carátula de sus 
libros de guerrilla, y que transformado ac- 
tualmente en l.° de cazadores,, no menos 
orgulloso de sus antiguos timbres, hemos 
vistp desfilar en las risueñas mañanas, al 
resonar de las bandas lisas, formando en 
la octava brigada que manda el coronel 
Buquet. 

Aquel guerrero de estos dias, que a po- 
cos pasos de nosotros gustaba de acariciar 
sus memorias con aura tibia de cantares 
melancólicos, veía, tal vez, desfilar ante los 
ojos del recuerdo, sus años juveniles del 
70 y del 71, la guerra de Aparicio, y las 
acciones del Sauce, He — Manantiales, de 
Corralito, retirada del Cordobés, combate 
del Chafalote y el ataque á la Union del 29 
de Noviembre, én. que, más preñada de 
ensueños la imaginación, había cruzado su 
espada con las cohortes de Timoteo Apari- 
cio cuando no se abrían las heridas sino 
en los feroces entreveros á arma blanca. 

Y quizás, las coincidencias de la historia 
se estrechaban en su mente, al pensar en 



- 87 - 


la batalla de los Carros de Olimar, ganada 
pocos dias antes por la vanguardia de Mu- 
niz; y aquel otro combate, en el mismo pa- 
raje, á que asistió en los dias del Quebra- 
cho, logrando derrotar al revolucionario 
Urtubey tomándole 65 prisioneros, — 
que así son, frecuentemente, los mismos 
terrenos de la república, teatro repetido 
de sangrientas lides — y por último* aque- 
lla acción llevada por Benavente contra 
Saravia y Lamas en las puntas de Tara- 
riras. 

Hoy que el General se despide de noso- 
tros vuelven á mi mente con su cortejo 
de recuerdos, mi vertiginosa caminata de 
equilibrista sobre los esqueletos de los 
puentes; el. cárdeno brillar de los fogones 
en la meta de mi penosa marcha: la ama- 
ble charla al lado de la tienda militar 
errante ; el tañer de la guitarra concertada 
con los gemidos de un «triste», y la figura 
serena y grave del general, que se retira á 
su última tienda de reposo, contemplando 
desde occidente, hacia el lado juvenil dé 6 la 
vida, las huellas del camino recorrido, y la 
rastrillada de recuerdos dejados en la. lar- 
ga senda. 




¿Paz ó Tregua? 


El doctor Davimioso Terra, miembro 
conspicuo del partido nacionalista, se ex- 
presó en diversas ocasiones respecto á su. 
modo de sentir en lo relativo á la paz ba- 
sada en el acuerdo de los partidos. En su 
sentir no era posible alcanzar ninguna 
combinación política de resultados fijos y 
duraderos si no se tomaba por principio in- 
violable el más sincero respeto á la Ley. 

Según él, «como todo tratado que.se 
apoye en acuerdos electorales, atiene que 
realizarse prescindiendo de la Ley, ¿dónde 
está la garantía para la efectividad de los 
derechos políticos?» 

El Gobierno tuvo que buscarla en la 
fuerza armada de sus tropas de línea. Sa- 
ravia la buscó en armamentos más ó me- 
nos disimulados, en sus parques, en la pre- 
paración silenciosa de otro ejército, pre- 
sentando un poder frente á otro poder r 
un Estado dentro del Estado ; una vida 
aparte para sus departamentos, con exclu- 
sivo dominio f un casi «separatismo», en 
fin. de buena parte de la República que- 
enemiga del resto no solo tendía á inde- 
pendizarse más á cada paso, sino que co- 
diciaba nutrirse y robustecerse militar- 
mente, hasta declarar la guerra y apode- 
rarse del conjunto.-' 

Y en efecto, ese estado de cosas provo- 
có al fin la guerra; porque, cómo decía el 
doctor X erra : «si á fin de resolver el pro- 
blema se había menospreciado la Ley para 
crear la Fuerza, el conflicto,, tenía que re- 
solverse por la fuerza.» 



- 90 - 


He aquí, como la política de los acuer- 
dos había sido especialmente perjudicial 
para el nacionalismo. En efecto, se consi- 
deraba al x>artido suficientemente educado 
para el gobierno; se le otorgó por el pacto 
de Setiembre participación eficiente en la 
cosa púb T ica; se le adjudicaron seis de- 
partamentos y treinta y seis bancas; y sin 
embargo, según el mismo doctor Terra, el 
resultado fue una demostración contraria, 
Cjuedaíido defraudadas las esperanzas del 
elemento conservador y dé "los preséinden- 
tes en política, que son — estos últimos 
especialmente — el elemento má3 sano en 
todo país conocido. 

La cuestión final era siempre ésta : ter- 
minar la guerra por un convenio entre 
los partidos ó entre la revolución y el Go- 
bierno, no significaba arraigar la paz. Es- 
ta no -sería más que una tregua. 

«Ya que se han hecho, tantos sacrifi- 
cios, gastando tantos millones y derro- 
cando tantas vidas, logremos al menos* — 
decía el mismo miembro del' partido 
nacionalista — que todo esto no sea esté- 
ril; y estéril sería si se volviese á las mis- 
mas componendas en que se vivió en los 
últimos siete años.» 

Otro argumento de. carácter rigurosa- 
mente constitucional, era, que él Gobier- 
no no podía tomar en cuenta proposiciones 
de terceros, mientras estas no hubiesen si- 
do, ya, aceptadas y prohijadas por los 
hombres dirigentes del partido alzado en 
armas; que, por consiguiente, debía tachar- 
se, como impolítico, el paso dado por diver- 
sas personalidades, en delegación de este ó 
estotro gremio, y tratando, al mismo tiem- 
po, con el Presidente de la República, con 
el Directorio, nacionalista, y con el jefe 
militar de la revolución. 

Nada de arraigo podía, pues, realizarse, 
ein reconocer previamente todos los fue- 



- 91 — 


tos y prerogativas del Gobierno constitu- 
cional legaímente elegido. 

Sobre una acusación, fundaban también 
.•sus argumentos los nacionalistas. «El Pre- 
sidente — decían — lia sido quien ha pro- 
vocado la guerra.» 

Esta acusación tomaba caracteres más 
definidos en la masa popular del partido, 
encuadrándola en estas curiosas frases: 

—El Presidente Batlle no» ha declara- 
do la guerra. 

— Las tropas del gobierno se han intro- 
ducido en nuestros departamentos. 

— El Gobierno %e ha sublevao. 

Estas supuestas provocaciones y la 
dilucidación de quienes fueran los 
causantes y provocadores de la lucha ci- 
vil, es tema que trataremos más adelante 
al hacer la historia de los comienzos de la 
revolución y sus primeras batallas. 

Otro de los argumentos que se cruzaban 
en la controversia, rechazando los acuer 
dos, era el siguiente: 

—Lo que se pretenda, es contentar a 
Saravia y, favorecer al partido en armas; 
todos aquellos que interceden en tal forma, 
son sospechosos de revolucionarios cuyo 
fondo quieren ocultar bajo ropaje de co- 
merciante, industrial, ganadero, etc. Al 
ver que la guerra no les es favorable y 
que el porvenir próximo será la derrota to- 
tal, quieren salvar sus primeras posicio- 
nes, ccnservar incólumes sus jefaturas, 
sus bancas, sus conquistas en el pacto de 
Setiembre, invocando ahora los intereses 
del país devastado por la guerra. 

Y ¿n embargo, muchos y muy conspi- 
cuos personajes del nacionalismo, como el 
mismo Basilio Muñoz, hoy su cabezá 1 mili- 
tar, reconocían la inconstitucionalidad de 
poseer jefaturas — mira principalísima de 
toda la masa nacionalista —y de intentar 
que el gobierno pidiera permiso para en- 
viar regimientos á un departamento de su 



- 92 - 


administración. Y ante está pregunta na- 
tural: ¿cómo, entonces, hicieron_la guerra 
en defensa de dos pretensiones anticons- 
titucionales? respondían que por obedien- 
cia, por disciplina de partido. Así lo dijo,, 
efectivamente, al autor de este libro, el 
señor Basilio Muñoz el 23 de Setiembre 
en la sucursal telefónica de Aceguá, es- 
tando de acuerdo con esa declaración los 
Drs. Quintana y Luis .Alberto de Herre- 
ra y otros jefes nacionalistas allí presentes- 

Es una circunstancia muy digna de 
mención que desde -el principio hasta el 
final de la guerra todas las gestiones pa- 
cificadoras se enderezaran al Presidente; 
los meetings pro-paz, al ¡Presidente; las 
súplicas de acuerdos, convenios ó conce- 
siones, al Presidente; como si la entidad 
primordial, única y mantenedora de la 
lucha, fuera el Presidente; como si en 
aquel conflicto de dos fuerzas opuestas no- 
hubiera más que un polo, el Presidente. Y 
era, siempre, fundamento de las peticio- 
nes y sus considerandos, la ya larga dura- 
ción de la campaña. 

Se tergiversaba el argumento con una. 
malicia inocente. 

Lo natural hubiera sido, puesto que el 
Gobierno representaba un poder legal y la 
revolución se revelaba contra él con las 
armas en la mano, enderezar las peticio- 
nes, los considerandos y las gestiones paci- 
ficadoras al Directorio del partido revo- 
lucionario y á su jefe militar, apoyándose 
precisamente en el consabido argumento- 
de la ya larga y siempre infructuosa du- 
ración de la campaña. •É 

Esta que calificamos de malicia inífBn.n- 
te, fué obra del partido nacionalista que 
intentaba sugerir al país la convicción de- 
que Jiabía en el Gobierno una obcecación 
antipatriótica en favor de la guerra : un 
empecinamiento terco contra la paz ; un 
deseo, incomorensible y funesto, de sos- 



— 93 — 


tener la lacha. Y en .vez de decir «lleva- 
mos tantos meses de pelea sin haber con- 
quistado nada: desistamos, pues», decían, 
incesantemente al pueblo: «el Gobierno 

lleva tantos meses de combatir sin destruir- 
nos, luego debe capitular.» * 

Además, todas esas insistencias de pa- 
nificación dirigidas al Gobierno, no fue- 
ron manifestación expontánea d$l país, si- 
no trabajos del partido nacionalista; era 
la segunda fase complementaria de la re- 
volución; era el apoyo que un juego polí- 
tico prestaba desde la capital á los que lu- 
chaban con las armas en el campo; era la 
coronación del intento revolucionario por 
conservar el pacto de Setiembre (reconoci- 
damente anticonstitucional) soliviantando 
los ánimos, punzando el patriotismo de los 
hombres para obligar su intercesión, des- 
pertando el prurito codicioso de la gana- 
dería, la agricultura y el comercio, que 
estaban tan penosamente perjudicados, é 
irritando las heridas abiertas en los co- 
razones ¿e las madres y los hermanos que 
veían abrirse dolorosas brechas en sus ho- 
gares, Á fin de que todos de consuno, al de- 
fender egoistamenté sus propios intereses, 
defendieran por contragolpe los intereses 
de la revolución, provocando un _ acuerdo 
que no había de ser sino la consagración 
del pacto de Setiembre. 

Si no hubiera habido esas instigaciones 
disimu’&das y esas presiones ocultas, ejer- 
cidas con perspicacia por agentes habili- 
dosos, el país no se hubiera señalado en 
tal manera ni exteriorizado tan impacien- 
te deseo; pues la totalidad del pueblo sa- 
bía perfectamente, fundado ett ya larga 
experiencia histórica, que bien fuese por 
el triunfo del Gobierno, bien fuese por un 
•acuerdo de los partidos sin previa consulta 
á los ciudadanos, la paz tendría aue reali- 
zarse en breve plazo, y esto es lo tínico 
que le interesaba, sin importarle un ápice de 



- 94 - 

• ¿¡jé 

bancas legislativas, ni jefaturas indepen- 
dientes, ni guarniciones de soldados de lí- 
nea en tal ó cual departamento, ni ptedo - 
minios caudillistas, ni pactos, ni compo- 
* Hondas, que él califica sencillamente de 
enjuagues políticos 

Si la paz -hubiera sido deseada alguna 
Vez, sinceramente por Aparicio Saravia . y 
el Directorio, hubiera sido ocasión de ha- 
cerla más tarde, cuando después de Tu- 
pambaé les fué forzoso reconocer la inefi- 
cacia de sus esfuerzos, en, vista de que con 
un ejercito triple del gubemista, ó nada 
menos qjue «cuádruple» si aceptamos el 
Computa revolucionario, no habían logra- 
do otro fin que proseguir la eterna correría 
en i r ce ante retirada. 

Aquel era el momento de hacerla, con 
tanta razón por lo roanos, como la que tu- 
vo Basilio Muñoz para realizarla después 
de Mas >ller, prescindiendo, por supuesto, 
con absoluto desden, del juicio del Di- 
rectorio, que solamente la aceptó cuando 
ya> era "ti hecho consumado y no tenía 
¡otro recurso que aprobarla ó dimitir. 

Es verla d que Basilio Muñoz, aunque 
no tu riese su favor la idolatría que ro- 
deaba á la persona de Aparicio Saravia, 
y aunque también le perjudicase algo entre 
los suyos, los celos claramente desperta- 
dos entre ambos, era un jefe de ilustración 
incomparablemente superior á la de Sa- 
ravia, de mucho más talento político, y 
de más conocimientos militares, como se 
demostrará palpablemente cuando se vea 
su actuación, en todos los combates, su no- 
toria influencia en el desarrollo de todos 
los pi ntos de batalla y hasta la forma ren 
que estaba organizada su división, única 
en esto sentido, entre todas las fuerzas 
revolucionarias. 

Por esta indiscutible superioridad de 
Muñoz sobre Saravia, fué por lo que aquél 
se robe 1 ó contra el Directorio, no acep- 



-•95 - 


tando el plan de eternas correríais sin be- 
neficio positivo; desautorizando con su ac- 
titud la funesta estrategia saravista; be- 
neficiando más á su partido, al país,' y a 
su propio crédito, con una paz á tiempo, 
que con una guerra devastadora y sin obje- 
to; afirmando con sus hechos la convicción 
de sus palabras condenatorias del pacto "de 
Setiembre, y abriendo, en fin, según anun- 
ció en los momentos de la paz’ de Aceguii, 
úna nueva era de evolución que cerrara 
para siempre la. disparatada era de las re- 
voluciones. 

Nada de esto pudo ser durante el perío- 
do de la guerra por dos motivos funda- 
mentales; porque actuaba Saravia, y per- 
qué mandaba el Directorio. Fue necesario 
que Aparicio dejara de actuar y que el 
Directorio fuese desobedecido para que la 
república cerrara la época de las revolu- 
ciones é inaugurara con una paz, firme y 
duradera su nueva etapa de evolución sa- 
na, desarrollándose en las luchas vivifica- 
doras de la tribuna, el libro, el periódico 
y el parlamento, que édifiean sin matar, y 
no en la lid sangrienta de los campos, que 
demuele sin edificar. 


Por todo lo antedicho, la. pregunta na- 
tural durante el período que estamos his- 
toriando, era esta: 

— i Qué se desea? ¿La paz ó la tregua? 

Porque la paz, la paz verdadera, solo 
podía venir por medio de la guerra mis- 
ma, llevada hasta sus últimas y naturales 
con-eruencias. El acuerdo, el convenio, 
basad s en sentimentalismos ó en compo- 
nendas no podía Servir suyo para inaugu- 
rar un período de tregua durante el cual 
la revolución, fortalecida por Ja capitula- 
ción misma del Gobierno, se robustecería 
para estallar nuevamente en breve plazo, 



- 96 - 


y el país viviría con la ansiedad de quien 
ve avalizar irreparablemente, en medio de 
un armisticio atribulador, la nuera gue- 
rra, más terrible aún, más aniquiladora. 

La paz verdadera no pudo venir sino 
por el sometimiento, desde el instante en 
-que apareció aquel manifiesto del Directo- 
rio, precisamente el mismo dia en que per- 
dían su parque en la batalla de Guayabos, 
y cuyo texto exigía, como base capital, 
la separación absoluta del señor Batlle y 
Ordoñez del gobierno de la Bepública. 

Esta demostración, probablemente falsa, 
de que no se combatía á un partido, ni se 
aspiraba á esta ó aquella fórmula 4© go- 
bierno , sino que, simplemente se atacaba 
personalmente á un ciudadano, era, la más 
segura y palmaria prueba de que la ver- 
dadera paz no podía hacerse. 

Y era tan palmaria la prueba, que La, 
Nación de Buenos Aires, al estudiar ese 
manifiesto comentando los sucesos uru- 
guayos, dijo: 

«Los enemigos del Presidente, le obli- 
gan á colocarse, de esa manera, en el úni- 
co terreno de nd escuchar proposiciones de 
paz que no tengan por condición funda- 
mental, el sometimiento.» 

Y agregaba después: 

«Entre la mayoría de los nacionalistas 
-de primera y segunda fila que no han que- 
rido emigrar, el conjunto de las declara- 
ciones suscritas por los' señores Aureliano 
Rodríguez Larreta, Carlos A. Berro, Al- 
fredo Vázquez Acevedo, etc., han sido re- 
cibidas con señaladas muestras de contra- 
riedad y enojo, considerándolas todos los 
íntimos del grupo expatriado, no solo con- 
tradictorias, sino impolíticas. 

«La falta de tino político del doctor 
Rodríguez Larreta y sus compañeros de 
ostracismo, ha contribuido á hacer fraca- 
sar las gestiones de paz, con tan buenos 
auspicios iniciadasj» 



- 97 - 


El órgano oficial del nacionalismo ha di- 
cho con muy escasa ecuanimidad : Mu- 

chos errores graves cometió el gobierno an- 
tes de la jornada revolucionaria. 

Pero ello es que la jomada se inició á 
los . pocos días de comenzar la vida de ese 
gobierno: y una revolución no so concierta 
en pocos días;* por consiguiente, fio puede 
dudarse de que estaba decretada desde an- 
tes de ejercerse el primer acto de gobier- 
no. Luego l cómo pudo ejercer muchos 
errores graves antes de la jornada revolu- 
cionaria? $Se puede acaso cometer erro- 
res antes de haber nacido ? 

El autor de este libro no es apasionado. 
Ama sinceramente á la verdad.. 

Además, como ha dicho en su * prólogo, 
no quiere analizar lo que debió ser, sino 
que sintetiza lo que fué. . 

Ahora bien, sintetizando dice, que la 
Tevolucion fué una gran injusticia. 

El nombramiento de seis jefes políticos 
nacionalistas, de los cuales pertenecían 
dos á la minoría, era una complacencia de 
eso gobierno, porque un acuerdo transito- 
rio, concertado por su antecesor con par- 
ticulares miras políticas, perdía toda su 
eficacia desde el momento en que desapa- 
reciera del escenario una de las dos par- 
tes contratantes. Y esto con muy superior 
motivo, si 'dicho acuerdo tenía un carácter 
manifiestamente ilegal, reconocidamente 
opuesto al espíritu de la Constitución. 

Fué, pues, una complacencia el nom- 
bramiento de seis jefes nacionalistas, y 
decimos seis porque lo eran : porque el he- 
cho de haber una fracción favorable á ese 
gobierno, agrava la, responsabilidad y au- 
menta la injusticia de aquella otra frac- 
ción que inauguraba, por este motivo, 
la jornada revolucionaria. 

Fué una gran injusticia, además, por- 
que en concepto de los revolucionarios, les 
acuerdos cqestistas tenían valor perma- 



- 98 - 


frente y debían seguir siendo respetado» 
con todas sus consecuencias : y sin embar- 
go la Asamblea de 1901, que había de ele- 
gir Presidente, fué fruto de un acuerdo,, 
y por lo tanto el ciudadano que resultara 
triunfante era valor entendido que repre- 
sentaba la voluntad de los dos partidos. 

Fué una injusticia, porque es inconce- 
bible pretender limitar la acción del Eje- 
cutivo en lo concerniente á la disposición 
de la fuerza pública; porque es risible su- 
poner que. media Francia, por ejemplo, se 
rebele contra el gobierno por haber envia- 
do una guarnición á la frontera alemana; 
porque no existe acuerdo, ni convenio, po- 
sible, que sancione semejante coacción so- 
bre los actos del Ejecutivo, ni puede sensa- 
tamente defenderse semejante teoría, y 
$fué, sin embargo, el envío de los dos regi- 
mientos á Rivera, como si aquellos terre- 
nos no formaran parte integrante del sue- 
lo uruguayo, la causa odasional de una 
terrible guerra devastadora. 



L« neutralidad argentina 


El asunto de las -negociaciones de paz 
tpvo además otra fase durante toda la 
campaña. 

El principal argumento de los nacio- 
nalistas. ya lo hemos dicho, era este: 
«el gobierno, con todos sus recursos, es 
imootente para terminar, con la revolu- 
ción, por ló tanto, es justo y necesario 
que capitule.» 

Después, confiando en este razonamien- 
to, venian las exigencias : «Puesto que le 
e3 forzoso someterse á la capitulación no 
cejemos hasta obtener que por esos capí- 
tulos se nos conceda ademlás del número 
de bancas legislativas, las sei3 jefaturas, 
con previa consülta para el nombramien- 
to de los jefes políticos, las urbanas de 
los - seis-* departamentos y la estipulación, 
bien establecida de que los ejércitos del 
Gobierno no podrán violar por ningún 
concepto jos territorios nacionalistas.» 

Que fueron estas las pretensiones de 
Saravia durante todas la» vicisitudes por 
que pagaron las negociaciones pacificado- 
ras, es una verdad sobradamente consta- 
tada' é incontrovertible. 

Qu» en esto discrepaban las opiniojníes 
del caudillo y las *de Basilio Muñoz y 
otro? muchos jefes nacionalistas, ya que- 
da dicho anteriormente, siendo la .disci- 
plina de partido la sola únificadora de 
propósitos. 

Ahora, la razón en que se apoyaba este 
empecinamiento, contra viento y marea, 
v á pesar de Ja ineficacia militar de la 
revolución, había que busd&rla, más allá 



- 100 - 


«del Uruguay, en el apoyo manifiesta que 
le prestaba el gobierno argentino. 

Y al tocar este punto, por no poder 
pasarlo en 3ilencio atendiendo 4 su esen- 
cial influencia sobre el nacimiento, con- 
sefvacion y desarrollo de la revolución 
uruguaya, dejo- la palabra á los diarios 
argentinos, rindiendo así tributo á la im- 
parcialidad. 

Y djgo i tifíanos argentinos refirién- 
dome ¿ todos, pues la3 únicas excepcio- 
nes de la prédica que voy á repasar fue- 
ron dos: Tribuna, por ser un diario 
de naturaleza arraigadamente naciona- 
lista,' virtualmente interesado en el triun- 
fo de la revolución, y dedicado ¿ ejerci- 
tar en favor de ella, su vinculación ofi- 
cial v personal con el presidente Roca: 
La P rensa, por ser un hecho recono- 
cido que sus opiniones sobre los mlás vi- 
tales asuntos, solo se inspiran, eni el alza 
ó baja que puedan determinar sobre los 
balances mensuales de su administración. 

Heeha3, con tan justos motivos, estas 
dos solas excepciones, queda la palabra 
á toda la prensa imparcial y libre de la 
república vecina: 

«Queremos decirlo claro, porque es 
preciso. En esa sangrienta derrota del 
país hermano, en ese desgarramiento que 
viene perpetuándose hace treinta años, 
nosotros, los argentinos, tenemos grande 
v positiva culpa porque gracias á nues- 
tra indiferencia, á nuestra complicidad, 
lá nuestro apasionamiento, según los ca- 
sos. es que la enfermedad uruguaya ha 
podido concentrarse y ^estallar en sucesi- 
vas crisis, llenando de piltrafas humanas 
los campos orientales.» 

Así 4eci fl ya «El Diario» á principios 
de' la guerra y más tarde volvió sobre el 
asunto apeaar’de que esta franoueza pro- 
vocó frases de- irritada censura, y según 
sus propias palabras: «levantó polvareda 
y agitó los ánimos de aquellos que creen 



- 101 - 


que la verdad no es buena sino contra 
los de afuera y que los propios errores, 
ó faltas deben callarse, perpetuándolos 
en el silencio de una piadosa complicidad 
colectiva.» 

Y volvió sobre el aguaito declarando 
que como resultancia de un sumario ins- 
truido, había informado el inspector ge- 
neral de rentas al ministerio de Hacien- 
da, estableciendo «que el señor Abdon 
Aroztegpui, funcionario de .aduana, cuyas 
afinidades ” con el partido «n armas son 
notorias, es cómplice en la tentativa .del 
pasaje de armamento, estando compro- 
bado así mismo que dáeho funcionario 
estuvo en la Aduana de Gualeguay y 
comprometió en la empresa ,á varios em- 
pleados.» 

Y después anadia esta importante de- 
claración : 

«Y no e6 un hechor aislado r sobre el 
cual no puedan basarse conclusiones ge- 
nerales; no. Si hay algo lo suficiente- 
mente .notorio para excusar toda demos- 
tración, es la influyente proximidad de 
importantes personalidades del partido 
en armas, 4 las más importantes perso- 
nalidades de nuestro medio político ; es 
la colocación estratégica en nuestra ad- 
ministración de elementos que por nece- 
sidad lógica humana, tienen que poner 
las facilidades que el puesto les ofrece, 
al servicio de la causa de sus ardientes 
afecciones políticas comprometidas en la 
revolución uruguaya.» 

«Ha ¡República Argentina ha fomentado 
demasiado tiempo las sangrientas desgra- 
cias de los hermanos de allende el Plata, 
pues que pudiendo evitar esos desastres 
que ahora lamenta, los ha estimulado, por 
el contrario, con la connivencia de sus au- 
toridades aduaneras y con su apoyo mo- 
ral á la. revuelta. Esa connivencia y sus 
efectos son hechos indiscutibles. El con- 
trabando de armas es imposible sin 



—102 - 


que á ello se presten los funciona- 
rios de aduana, y sin armas no hay 
revoluciones.» 

Cuando llegó un día en que, á conse- 
cuencia de las reclamaciones presentadas 
por la cancillería uruguaya, surgió por 
fin una i^Jcrpelaeion ante el Congreso ar- 
gentino, el doctor Terry, ministro de Ha- 
cienda y de Relaciones Exteriores, no pu- 
do menos de demostrar en su réplica, que 
su conducta en aquellos asuntos era obli- 
gada por imposición del presidénte argen- 
tino. 

Esto, al menos, venía á demostrar, que 
la falta de neutralidad y el apoyo á la re- 
volución, no era inspiración popular, co- 
mo lov evidenciaban las publicaciones de 
los diarios en abierta pugna con la acti- 
tud de su gobierno, sino una particular 
política del General Roca, influido «por 
la proximidad de importantes personalida- 
des del partido levantado en armas» cotilo 
había dicho «El Diario» é influyendo so- 
bre la acción de sus ministros y sobre el 
ánimo de las Cámaras. • 

«El Tiempo» de Buenos Aires comentó 
las explicaciones del ministro interpelado, 
y la conducta del gobierno de Roca, en 
esta forma: 1 I PTT 1 . 

«Entre las muchas cosas que dijo en la 
Cámara de Diputados el ministro de Re- 
laciones Exteriores, cosas que pueden di- 
vidiese en verdades exactas y verdades 
cficiáles, surgen dos fundamentales, quo 
tal vez han pasado desapercibidas en el 
primer momento para diputados y para 
pe iodistas, pero que entrañan verdadera 
gravedad en cuanto se refieren .á nuestra 
administración nacional y á la confianza 
que ella pueda mereeer_al pueblo erf gene- 
ral. 

«TJn ministro de Relaciones Exteriores, 
en pleno Congreso, contestando una in- 
terpelación de • orden internacional, grave 



- 103 


por consiguiente, ha_ declarado que debía 
prevenir al señor diputado interpelante y 
á la Honorable Cámara que «en estos mo- 
mentos, dada la organización de la adua- 
na y la concomitancia de esa repartición 
con los elementos de que se sirve la re- 
volución, dado él número de emplea- 
dos orientales que en ella existen, es muy 
difícil encontrar un hombre imparcial pa- 
ra ir á levantar un sumario.» Esto ha po- 
dido pasar desapercibido, repetimos, para 
los cronistas parlamentarios, pero lo 
arrancamos .nosotros de la versión taqui- 
gráfica de la Cámara, para presentarlo al 
pueblo y preguntarle si después de esa de- 
claración tan franca como ingenua, puede 
el ministro que la hizo en la Cámara y el 
gobierno á quien representa, seguir un 
sólo momento titulándose gobierno de la 
República Argentina. 

«No 6eñor. 

«Cuando el representante de un gobier- 
no, dice en pleno Parlamento que no pue- 
de conservar la obligada neutralidad en 
los asuntos de un país vecino, porque la 
mayor parte — «todos» — diremos nosotros — 
de sus empleados aduaneros pertenecen al 
paVtido levantado en armas en el país ve- 
cino; cuando ese representante insinúa en 
el Congreso su impotencia como secretario 
de Estado; c liándole ve obligado á incli- 
nar la espina dorsal 'hnte un superior que 
no le consulta ; cuando se encuentra con 
una máquina montada expresamente para 
un objetivo determinado de política inter- 
nacional «á base de admistades y compa- 
drazgos inconfesables á fuerza .de ser de- 
masiado íntimos» ; cuando ese ministro se 
encuentra en descubierto frente á la opi- 
nión de su país, va al Congreso a hablar 
la verdad, si, señor; como lo hizo el doctor 
Terry el lunes, pero va á clamar la ver- 
dad á condición de terminar diciendo: 
—«Esta es la situación ; todas las adua' 



104 — 


-ñas argentinas, la misma policía porteña, 
está en manos de orientales revoluciona- 
rios, el mismo periodismo oficial es revo- 
lucionario en la vecindad. Yo nada pueda 
hacer. Vengo á declarar esto, pero debo 
prevenir á la Honorable Cámara que 
mientras yo estoy aquí, en su recinto, mí 
secretario lleva al Presidente de la Repú- 
blica mi renuncia indeclinable de los dos- 
ministerios: del de Hacienda, porque no 
puedo exonerar á los blancos revoluciona- 
rios que gozan del apoyo de su excelencia; 
del de Relaciones, porque no puedo dedi- 
carme á fabricar teorías de derecho inter- 
nacional ad usum delfinum. 

«Y diciendo eso, el doctor Terry sería 
•hoy el más popular ex-ministro.» 

El Diario comentando también aque- 
lla discusión, decía: 

«El ministro ha aducido como razón ex- 
plicativa de* la actitud observada por el 
gobierno nacional, la razón de impotencia- 

«Por si sola, es poco airosa la salida- 
El gobierno de la nación argentina n« 
puede declarar impotencia para cumplir 
sus deberes sin exponerse á que se dude- 
de su palabra. 

«Pero la verdadera explicación de «ta- 
les hechos no podia darse en el congreso. 

«Lo <¡nie hay en el fondo de las cosas 
no es que el gobierno haya dejado de 
impedir la realización de actos que com- 
prometían nuestra neutralidad, sino que 
lia autorizado, ha propiciado con su es- 
timulante tolerancia, esos actos. 

«No se trata, simplemente, de un caso 
de omisión; se trata de un caso de ac- 
ción, No ha habido solo inercia; ha ha- 
bido dinamismo, favorable á los subleva- 
dos contra un gobierno amigo. 

«Esta es la cuestión en sus verdaderos 
y precisos términos. 

«Ni siquiera puede el gobierno alegar 
ignorancia de la conducta que observan 
sus delegados y subalternos, pues de 



- 105 — 


tiempo atrás hemos venido ad virtiendo 1» 
flagrante connivencia, de éstos con la ac- 
ción revolucionaria. Luego, pues, si sa- 
biéndolo nada hizo para reducir lá sus de- 
beres á esos funcionarios, si éstos podían 
considerarse garantidos por la impuni- 
dad de sus notorios manejos, el gobierno 
no solo no ha impedido, sino que ha fo- 
mentado con su tácita autorización, los 
hechos de que hoy se le hace responsa- 
ble. 

«Lo peor del caso es que no se advier- 
te la tendencia á reaccionar.» 

La Nación que en diversas ocasio- 
nes se Labia expresado poco favorable- 
mente á la» cosas uruguayas, atacó al 
gobierno argentino por su manifiesta 
ayuda á los revolucionarios orientales, y 
comentó en estos términos la interpela- 
ción : 

«Ha dicho el doctor Terry que la»; 
fronteras del Uruguay no pueden sc*r vi- 
giladas porque todos los empleados son 
orientales y blancos. 

«Entonces, de dos una: ó esos señores- 
proceden contra las instrucciones de su 
jefe superior y el ministro está demias, 
puesto 4 (Rue no sabe serlo; ó proceden de- 
acuerdo con el doctor Terry y en ese 
caso... también está demás el ministro, 
porque viola los deberes más elementales 
de su cargo. 

«La clamara quería saber por qué no 
se evitaban los contrabandos de armas.. 
A esta pregunta ha contestado el doctor 
Terry explicando por qué se permiten. 

«Y la cámara se ha dado por satisfe- 
cha. Hay que convenir que tanto un> 
como otra se han mostrado á la misma 
altura, no muy descollante por cierto. 

«Hemos conocido las causas de la irre- 
gularidad, .pero nada de los. remedios que 
se hayan ensayado ó que se piense aplicar - 
en lo sucesivo. Quizá haya que felicitarse- 
por esta omisión, pues el tren del discur- 
so cancilleresco hacía presumir que núes- 



- 106 - 


tro gobierno hubiera pensado pedir pres- 
tados unos cuantos funcionarios al Presi- 
dente Batlle ~para defender los intereses 
argentinos en nuestras fronteras. 

«El corolario hubiera sido de una lógica 
rigurosa después de las graciosas decla- 
raciones engarzadas en el discurso minis- 
terial.» 


Esta demostración del apoyo presta- 
do por el Gobierno del General Boca á la 
revolución uruguaya, demostración eviden- 
ciada por actos públicos y por la prédica 
de los diarios independientes, fué durante 
toda la guerra, la causa primordial de 'su 
mantenimiento, pues como decía El Dia- 
rio con argumento contundente, sin con- 
nivencia oficial no hay contrabando de ar- 
mas, y sin armas no hay revolución posi- 
ble. 

Y como el autor de este libro ’tomó la 
pluma, al comenzarlo, decidido á decir la 
•\ e dad, conforme á su título, termina este 
capítulo con el siguiente resumen: 

Que como se ha visto, el pueblo argen- 
tino en nada faltó á la neutralidad. El 
delito internacional existió de un modo 
evidente, pero sus causantes fueron los re- 
volucionarios uruguayos empleados en 
-acuella república; el diario Tribuna; sus 
propietarios, orientales y pertenecientes á 
una cepa eminentemente revolucionaria y 
-el general Roca, influido por la estrecha 
amistad .con aquellos propietarios, que 
constituía «el compadrazgo inconfesable á 
fuerza de ser demasiado íntimo» á que 
aludió El Tiempo. 

Hagamos jtfsticia al pueblo argentino, y 
caiga la culpa sobre los verdaderos viola» 
dores de la neutralidad. 



IStt el ejército del Sur. - (Jn prisio- 
nero de fruerra, -La revolución, 

sus costumbres, su espíritu. — 

Controversias partidistas. 

Cambia el escenario. 

La Trashumante, fiel á su ambulatorio 
destino, y atravesando de Occidente á 
Oriente, los campos de la República, se 
incorporó al ejército del Sur, formando en 
la vanguardia, bajo el mando de Basilisio 
Saravia. 

¡Allí, las naturales preguntas de los 
compañeros. 

— i Están satisfechos del cambio de 
ejército ? 

— Aunque no fuera más que por una cir- 
cunstancia — respondió Aristófilo — de- 
bemos congratulamos. 

— ¿ Y cuál es ella? - 

■ — í Diablo ! ¡ Pues el salir de aquellos 
Bañados de Rocha donde hemos dejado 
acampado al ejército del Norte! Un paraje 
imposible. Una inactividad aburridora. 
Unos pastos amargos, acuosos y escas os. 
que produeen disenteria á los caballos y los 
inutilizan. El Gobierno envía caballada 
nueva y á los cinco dias no hay matun- 
go que valga dos vintenes. Y en fin, que 
nosotros no sabemos vivir sino andando; 
como condenados á la eterna peregrinación 
de Ahasverus ; como si nuevos judíos erran- 
tes oyéramos siempre en el oído la voz 
de la altura, diciendo : ¡anda, anda! 

— I Y qué tal el camino? ¿ vadearon fe- 
lizmente el paso? ¡Está muy fiero! 



— 108 — 


Aquí tomó la palabra Terencio, y co- 
menzó con fecunda verba la narración de 
sus penurias. 

—Veníamos detrás de las caballadas qfte 
hemos acompañado hasta aquí, y nos apro- 
ximábamos al dichoso paso, dispuestos á 
alcanzarlo y cruzarlo aunque fuera de no- 
che, por temor á que la lluvia nos lo 
dejase infranqueable. Seis leguas muy bra- 
sileñas de camino. Enfrentamos la pica- 
da de noche, nublada, oscurísima, pero no 
había más remedio que lanzarse y nos me- 
timos en la picada, ¡ y qué picada ! De á 
uno en fondo avanzábamos difícilmente: 
no viendo ni las orejas del propio caballo: 
cayendo acá y levantándonos allá; con llama- 
dos constantes de uno ú otro, en guisa de 
alerta, para no perder la hilera : caminan- 
do lenta, muy lentamente sobre fango bien 
batido como manteca: peludeando varios 

carros y no pocos caballos: logrando lle- 
gar á tientas hasta la rivera, por entre aquel 
laberinto en que se hubiera estraviado el 
mismo Teseo por muchos hilos que le hu- 
biera dado Ariadna; y ¡por fin! el vado 
y ¡al agua patos! 

— ¡Y vaya un paso que ni de sainete I 
— prosiguió Terencio. — Una travesía 
acuática de un par de cuadras en forma 
de U : zabullidas improvisas de varios mi- 
licos, quienes en atención al color cetrino 
de su piel, no temo que se hayan con- 
vertido en cisnes; llegada á la otra orilla 
donde nos esperaban, acechadores en las 
tinieblas, traidoras zanjas y aviesos panta- 
nos, y al cabo, la parada en una pulpería, 
cerrada \á piedra y lodo... ¡maldita pul- 
pería, donde hubo que golpear y gritar una 
hora en demanda de albergue! \ah de la 
venta! como en los viejos cuentos de ca- 
ballería andante; y todo esto para encon- 
trar, por risible surtido, agua fresca del 
arroyo, vinagre, pimienta . . . y buena vo- 
luntad. ¡ Deleitosa noche ! 



- 109 - 


— Pero oigan ustedes — - continuó — el: 
diálogo entablado á la siguiente mañana: 
habíamos dormidb sobre la mesa del billar; 
no había cosa mejor. Tomo la palabra y 
le pregunto en correcta fabla, correspon- 
diendo á la naturaleza hispánica del pul- 
pero que era asturiano: : — «i Oh ventero» 
hijo de Pelayo! ¿cuanto os debo?» — y 
cuando yo pensaba que no cobraría, en 
atención á que nos había dejado con la ba- 
rriga hueca como cañón de órgano, me 
endilgó, muy suelto de cuerno, la siguiente 
ingeniosa respuesta: — «líaEeis pernocta- 
do ocho horas; habéis ocupado, durmiendo, 
la mesa de billar; el billar, como usted sa- 
be, se cobra tres reales la hora: de modo 
que — ajustad la cuenta.» — Y seguimos 
como Judíos Errantes el camino. Cuatro 
leguas todavía para incorporarnos á uste- 
des. Busco otro caballo, porque el anterior 
se me había disuelto durante la noche, como 
si fuera un pan de azúcar, eon el bozal y 
una rienda... ¡Dígame, amigo! ¿es que 
aquí también anda libre el Barbudo? Hago 
rienda con dos tientos mal anudados, y 
¡ adelante con el esqueleto ! como decía Car- 
los quinto. Por fin, á eso de las diez lo- 
gramos abordar á Basilisio Saravia. 

— ¿Qué le ha parecido? 

— Altamente simpático; muy atrayente, 
madera de caudillo, con su voz aflautada y 
lenta, frase cantada, gordinflón, de palabra 
sugestiva.. . ¡Bueno! pues el simpático co- 
ronel estaba en ese momento en son de 
marcha, y estos pobres Ahasverus no en- 
cuentran punto de reposo. Prosiguen la 
ruta, siempre cabalgando, sumando hasta 
veinte y dos horas de ginetcada y recor- 
dando en la atormentada imaginación las 
tribulaciones de un chino en China. Por 
fin, hemos descansado anoche en este ben- 
dito lugar, y aquí no# tiene usted dispues- 
tos á seguir viaje, aunque haya que ir de- 
jando por el camino los huesos desárticu- 



- 110 — 


lados del esqueleto que mencionaba Carlos 
quinto. 

El que a6Í conversaba cdn Terencio era 
un notable ejemplar de viejo militar en 
campaña; nuevo y feliz conocimiento que- 
hicieron alegremente los oficiales de La 
Trashumante,, por ser gran contador de 
cuentos, chichoneador por naturaleza y 
hombre de siempre felices ocurrencias. 

Bajo, delgado, nervioso; setenta y seis 
años de edad, según el cómputo mejor 
ajustado: buen bebedor, que difícilmente 
se quedaba atrás en un tonteo de botellas; 
siempre jovial y perennemente locuaz, te- 
nía el capitán Valdenegro fresquísima me- 
moria en que estaban archivados y bien 
encasillados, episodios de la vida de Rive- 
ra como si fueran acontecimientos de ayer. 

Era fuerte como para cargar con un 
enorme palo de ñandubay destinado á su 
fogon, y solía menudear por vanagloria 
esta hazaña: estaba curtido como para dor- 
mir invariablemente al raso, con aversión 
á las carpas, y arrostrando impertérrito, 
lluvias, rocíos, escarchas y heladas: y er.i 
en fin, tan enjuto v_jnacerado de rostro, 
que cierto dia, un paisano retrucador, al 
verlo, se acordó del charque y le enrostró 
esta exclamación : 

— iQué lindo viejo pá con porotos! 


Una mañana, súpose en la carpa que 
entre varios prisioneros revolucionarios 
aprehendidos por una partida exploradora, 
se encontraba un joven, de apellido cono- 
cid 1 ©, aunque no lo hubieran tratado : mon- 
tevideano culto, ilustrado: lanzado por en 
entusiasmo de fogosa juventud á las filas 
de la revolución. 

Durante muchos dias, la completa inte- 
rrupción de comunicaciones, impediría 
que estos prisioneros fueran enviados á 



Montevideo, y en vista de ello, quisieron 
dar en su carpa una hospitalidad cariñosa 
al prisionero, cobijándolo así, y defen- 
diéndolo de las antipatías que á su paso 
podían ir despertando en el seno de un 
ejército, enemigo. 

Porqüe es necesario constatar, que en 
ambos ejércitos, ha sido uso caballeresco 
tratar con hidalguía al prisionero y pres- 
tarle no solo el auxilio material que es 
salvaguardia del cuerpo, sino do que vale 
más, el auxilio moral del afecto y el res- 
peto que confortan el animo, y endulzan la 
penosa y , desairada situación de un pri- 
sionero. • 

Si de un lado, el elemento soez igno- 
rante, feroz, que irremisiblemente forma 
mayoría en todo ejército, — como lo for- 
ma, con menos razón, hasta en las más 
grandes y cultas capitales, — es incapaz 
de perdón, y practica los más feroces odios,, 
complaciéndose en las crueles represalias 
y despreciando al enemigo por el solo de- 
lito de no compartir sus id ¿as; si es cierto 
que con insensatez evidente hay quienes 
dicen, siendo blancos, «¡no hay col-ora- 
do, bueno h y siendo colorado «¡no hay 
blanco bueno ! y llevan ‘esta afirmación 
hasta la excelsitúd de un axioma; si de. 
un lado, producen sus perniciosos efec- 
tos, todas las malas pasiones. . . tam- 
bién, del otro, y con toda la abundancia 
posible dentro.de la desproporción minús- 
cula en que ocupan al mundo los hombres 
de alto criterio moral, hay leales áni- 
mos caballerescos, perdones sinceros para 
el enemigo, respeto hacia el adversario, 
caballerosidad para acogerlo bajo su car- 
pa y. delicadeza nimia, escrupulosa, para 
h°* r previsoramente de 'toda observación: 
é incidente que pueda herir la susceptibi- 
lidad natural del caído en desgracia ó pa- 
recerle alusión poco generosa, bien hacia 
su estado, bien hacia el secreto culto de 
sus convicciones y su doctrina. 



- 112 - 


. Y esto, repetimos, lo mismo on uno qué 
•en otro' campo de ambos ejércitos adversa- 
rios; lo mismo bajo la carpa revoluciona- 
ria que bajo la tienda del oficial guber- 
nista. 

Pero aun existe otra observación que 
hacer. Por un contraste muy frecuente en 
todas las cosas humanas, no es siempre 
el hombre educado y culto el más genero- 
so, hidalgo, reeonocedor de los agenos fue- 
ros y los derechos del enemigo; ni es siem- 
pre el campesino ignorante el más venga- 
tivo y ciegos el man entregadlo k los des- 
bordes de la ira .y á los brutales placeres 
de la represalia. 

Admira ver, con notable frecuencia, en- 
tre los habitantes de la campaña, alejados 
de todo centro social, separados en abso- 
luto de todo libro que los ilustre, de toda 
novela moldeadora del sentido moral co- 
mo no sean esos venenos de Juan Mo- 
reira. Santos Yega, y demás congéneres; 
admira ver — decía, — ejemplares numero- 
sos de la más hidalga condición ingénita, 
del más s'ano y robusto carácter abierto 
á todas las luces de la verdad 1 , á todas 
las conquistas del progreso, y. lo que es 
más válido, á' todcs los desarrollos y me- 
joramiento-! de la índole interna, aní- 
mica, espiritual. 

Y admira al mismo tiempo, aunque 
con profunda decepción, encontrar ejem- 
plares que por su presencia, su traje, sus 
actitudes, su palabra correcta, su sonrisa 
afable, sus espresiones eruditas, son per- 
fectos caballero^; y luego, por sus actos, 
por su fanatismo, por su interpretación 
práctica de las leyes de la guerra, y por 
la crueldad de sentimientos, son, sencilla- 
mente, unos perfectos salvajes. 

Repito, nuevamente, que todos esos jui- 
cios, están hechos- sin excepción alguna de 
partido. 

Dirigiéronse, pues, nuestros oficiales á 



— 113 — 


la cárpa del coronel, expusieron su deseo, 
pidieron el privilegio de dar hospitalidad 
al prisionero, y hete aquí á La Trashu- 
mante con un nuevo huésped por algunos 
dias. 

El problema de caber todos en la mis- 
ma carpa, á pesar de su buena extensión, 
fue fácilmente resuelto por aquel Sirnbad. 
ya citado, el marino de la tecnología náu- 
tica, que hábil manufactor de velas, tol- 
dos y toda elase de artefactos a ti agentes 
á las faenas marineras, inventó un famoso 
v -apósito para la caTpa, en bien combinado 
apéndice, que él llamó la' proa. Y en efecto, 
cortado en forma tiangular y aplicado á 
la abertura posterior de la carpa, tomaba 
esta la forma de una proa de buque in- 
vertida. 


Cuando el prisionero entró en su nue- 
va vivienda, y fueron hechas entre serio 
y jocoso las consiguientes presentaciones, 
con rápidas siluetas morales de los pre- 
sentados, empezó el capítulo de las adver- 
tencias en cuanto al género de vida de 
aquel grupo, su concepto de la vida mi- 
litar y la característica de sus hábitos. 

Conste, amigo — empezó Terencio, — 
que aquí reina tanta confianza como la 
•qre debió reinar en los bárbaros cam|)a>t 
montos galos irruptores de Roma, pero to- 
do cuanto tenemos está á su disposición. 

1l alargándole, al mismo tiempo, un 
eoginillo, un mate, un frasco de caña, un 
toco de naco, un descomunal facón, y un 
librillo de £apel, sin contar el escaso nú- 
mero de manos de que disponía el huésped 
para coger tal cúmulo de adminículos, 
anadio sentándose á su lado: 

donemos á su disposición todo cuan- 
toposeepios, incluso -el buen humor ; pero. 
Wh -on devolución. 



- 11 * - 


— Conforme, — asintió el prisionero» 
tratando de acontodar, en torno suyo, el 
montón de bártulos que le propinaba Te- 
rencio. 

— Nosotros, señor mío — afirmó Aristó- 
filo no tomamos en serio, nada más 
que ... lo que no fcs serio. 

— Me place mucho. 

— Y es precisamente por eso, por lo que 
Romeo lia tomado en serio el amor., 

— ¿Por que no es serio? ¡Protesto! — 
interrumpió el prisionero. 

— Y por eso también — añadió Teren- 
eio, — todos hcrños tomado en serio la 
guerra. 

— ¡ Sigo protestando ! 

— ¡Querido Romeo! — exclamó Aristó- 
filo — ya tienes un colaborador y susten- 
tador de tus paladinas teorías, en el señor 
Regulo. 

— i Cómo Regulo ? — protestó todavía el 
huésped, - — mi nombre es.. . 

— Perdóneme señor, aquí no se usa mas 
que el apodo; todo el que cae bajo nuestra 
férula lo posee y velis nolis lo monopoliza. 
Ahora bien, teniendo en cuenta que Ré- 
gulo fue un romano intachable, recto, pro- 
bo, etc., etc., como reconocemos fácilmen- 
te que es usted ; y habiendo caído prisio- 
nero de los cartagineses, ni más ni meno* 
que por cuestiones de poca monta como us- 
ted cayó entre nosotros por estar mal mon- 
tado, parece me justo que desde este mo- 
mento quede u ! ted solemnemente bautiza- 
do con el nombre del gran patricio, á cu- 
yo fin, y en celebración de este famoso 
crismas tendrá usted la bondad de alar- 
garme ese frasquito de caña. 1 

—¡Valió trago! — gritó Marcial que era 
muy afecto á usar y ejercitar esta excla- 
mación. 

Y entre chacota y alegría, que barrían 
los tristes pénsamiectos del ánimo^de 



- 115 - 


Régulo — llamémosle también así —fueron 
entrando poco á poco en otra cla-se. de 
confidencias con cambio mútuo de im- 
presiones. - 

— i Que le llama la atención en nuestro 
ejército? ¡Con franqueza! — preguntó 
Marcial. 

— ¿Con .franqueza? ¡Muchas cosas! 

— Héblenos en sentido de censura; que 
si la crítica es fuerte, aguantaremos, y 
¡ qué diablos ! ¡ Basta la salud ! 

— Ustedes están muy oprimidos. El cam- 
pamento ocupa poca estension y eso per- 
judica mucho á los caballos y á los hom- 
bres. Nosotros no. Siempre acampamos en 
grande extensión, ocupamos leguas y le- 
guas; así hay más pasto para los - anima- 
les, aire más puro para los soldados, y 
sobre todo más independencia, más liber- 
tad. 

—Pero en cambio el daño es mayor; las 
líceas de alambrados; el consumo de les 
pastos ; la devastación de los montes; esa 
misma libertad de los soldados que favore- 
ce á la indisciplina no solo para matar 
reses innecesarias, sino también para co- 
meter cúalesquiera otras fechorías más 
graves. . . todo eso me parece que no abo- 
na mucho en bien del sistema. 

— Es que nosotros vamos siempre delan- 
te; ustedes detrás por los mismos parajes; 
y á la verdad, no me parece mal sistema 
desproveerlos de recursos. Además, noso- 
tros, podemos espandimos sin temor á las 
deserciones ; nuestros soldados son todos 
voluntario!?, con la excepción de alguna le- 
va necesaria para nuestra propia seguri- 
dad; los que por su gusto han venido, por 
su gusto pueden marcharse cuando quie- 
ran: no importa, por consiguiente, que 
estén mal vigilados. Ustedes tienen su 
principal contingente formado de guardias 
nacionales; muchos de ellos no han veni- 
do por su voluntad; sueñan con la vuelta 
al pago, y les e3 necesario evitar las 



- 116 - 


deserciones,, estrechando lo<s grupos y ac- 
tivando las vigilancias. 

— «Pues vea, amigo Régulo — contestó 
Aristófilo, — voy á citarle un caso de 
hace muy pocos días; un caso que demues- 
tra la escasa vigilancia que reina en los 
campamentos, y sin embargo son muy po- 
cas las deserciones. Fuimos encargados del 
servicio de retaguardia de la columna, por 
cuyo motivo, llegamos tarde al paraje de 
acapapada, en plena noche, cuando ya es- 
taban acomodados todos los cuerpos, y 
Churrasqueando alrededor de los fogones. 
Pues bien, pasamos con más de setenta 
hombres, á treinta metros de todos esos 
fogones, durante una hora de marcha, 
hasta alcanzar la cabeza de la vanguardia 
que era nuestro lugar, y aunque es fácil 
suponer el poco silencio de esos setenta 
hombres 4 caballo y caminando sin pre- 
caución alguna, no escuchamos ni un sqlo 
l quien vive? en todo el trayecto. 

— Eso demuestra — dijo Régulo un 
pésimo servicio de vigilancia. 

— Es cierto, pero del mismo modo que 
no evitaría los ataques inesperados del ex- 
terior, tampoco evita las deserciones del in- 
terior; muy al contrario^ las facilita, las 
-provoca ; y sin embargo, puedo afirmarle 
que los desertores son muy contados. 

— Por otro estilo — añadió Marcial — 
no hay que temer nada de las sorpresas: 
la revolución va siempre delante, persegui- 
da, evitando el encuentro; nunca presenta 
espontáneamente batalla, á no serle im- 
prescindible conquistar el paso de un rio 
para proseguir la correría; es, pues, muy 
seguro que las sorpresas no entren en su 
plan, y la vigilancia se redoble únicamen- 
te en las vísperas dé una batalla que siem- 
pre ha sido prevista y con conocimiento 
justo de la ubicación del enemigo. 

— TTo — insistió Terencio* — Eso de las 
deserciones en los •ejércitos f as no 



es .cierto, aungue yo se que se explota por 
los revolucionarios, y aunque no sería^es- 
traño que las hubiera en más cantidad que 
entre ustedes por la justa razón del_ ca- 
rácter voluntario de vuestras incorpora- 
ciones. Yo llevo en mi cartera un cuadro 
estadístico que honra mucho al ejército 
en lo concerniente á esas escasas desercio- 
nes, aun á despecho de las más favorables 
circunstancias. Y sin' embargo, sería jus- 
to reconocer que la incontrastable atrac- 
ción del pago nativo ; la madre qiie allí es- 
pera, quizás desvalida, con los brazos 
abiertos; el amor ausente que evoca al al- 
ma con deleitosos idilios, bien pueden ofre- 
cer benévola disculpa al que arrebatado 
por los ensueños de su propio espíritu -ca- 
yera. en tan punible falta. Si algún dia 
quisiera yo esbozar una narración nove- 
lesca con algún episodio de la guerra, bor- 
dándolo y embelleciéndolo á razón de mi 
escaso ing^iio, bien podría elegir eUhecho 
‘verídico dé” aquel guardia nacional que en 
la linea férrea de Peñarol al Paso de los 
Toros, fué víctima de su deseo de volver 
al pago. Una noche oscurecida por densa 
«niebla: un convoy de guardias nacionales 
que marcha hacia el Norte, velozmente, rá- 
pido amontonador de hombres en los cam- 
pos de batalla; allánen un rancho, sobre 
la falda de una lomar una mujer aug* llora 
y espera; acá, en un furgón, un** hombre 
joven atenaceado por un deseo, junto si 
la ancha puerta, velando mientras los de- 
más duermen; de pronto, la conciencia 
súbita de que aquellos prados, aquellas ca- 
ñadas, aquellos vientos que cercan al tren 
en marcha, son los prados, las aguas, las 
ráfagas perfumadas que en el pago natal 
fe ^acariciaron desde niño; Juego, la silueta 
del ser amado dibujándose fantástica entre 
la niebla, ante sus ojos febrilmente abier- 
tos; después, el loco impulso de una de- 
terminación violenta, irreflexiva: una voz 



. - 118 - 


que le grita ¡tírate! ¡ó ahora ó nunca ! y 
otro acento lejano y lastimero que lo llama 
desde la sombra; y por fin, el acto incons- 
ciente, automático...: un cuerpo que cae 
del furgón y rueda voluntariamente ñor 
el terraplén intentando ocultarse; un ofi- 
cial vigilante que descubre al prófugo; un 
tiro certero; el cuerpo del desertor oue se 
éxtremece en el fondo de la zanja; el tren 
que, indiferente, huye como desbocado ha- 
cia el Norte; y más tarde, la agonía soli- 
taria, en campo abierto, sin auxilio, sin 
esperanza, bajo el cielo mudo, cruel", y en- 
capotado, mientras sigue llorando, en el 
lejano rancho, la triste mujer que espera, 
que espera en vano, que espera para siem- 
pre. 

— ¡ Oh ! ¡ La paz, la paz es necesaria ! — 
exclamó con acento melancólico el prisio- 
nero. 

— ¿Y por que no se hace? ¿De quien es 
la culpa? — interrogó indi Jlreta mente 4 
Marcial. 

Regúlo no contestó. 

Aristófilo intercaló tímidamente esta 
pregunta : 

— ¿Son ustedes muchos? 

— Si, somos muchos. En realidad de ver- 
dad, somos en esta fecha de diez á doce 
mil hombres. Pero np todos están arma- 
dos. Pocas veces hemos conseguido contar 
con munición bastante para arrostrar el 
éxito de una batalla. Además, hay mucha 
gente inútil; muchos niños, muchos vie- 
jos, que vienen á incorporarse repletos de 
entusiasmo sin comprender que más son 
un estorbo que una ayuda: alguna gente 
vaga que solo busca lo que preconizaba 
la célebre divisa: aire libre y carne gorda. 

— Pero esa es gente brava, que pelea; — 
interrumpió Terencio, — esa gente es bue- 
na para la guerra. 

— No, amigo, - — replicó haciendo un 
gesto el prisionero, — esa gente merodea; 



- 119 - 


busca o cas ion de realizar fechorías; se re- 
siste á la disciplina; gusta de campar 
por su respeto ó á las órdenes de a(gún; 
jefe de su misma calaña ; esa gente es la 
que desacredita ál ejército. 

— ¿Y" no pueden suprimirla ? - — pre- 
guntó Aristófilo. 

— ¿Quién puede depurar un ejército de 
voluntarios ’i \ Quién va á pedir certifica- 
dos de buena conducta á lc¡s que espon- 
táneamente se presentan? 

— Una buena disciplina . . . insinuó Te- 
re'ncio. 

— Es muy difícil entre tropas irregula- 
res. Hay algunos de esos mismos jefes 
antedichos que son pequeños caudillos á 
su manera; ante medidas de fuerza, cun- 
diría el descontento, crearían atmósfera de 
rebeldía; empezarían las deserciones por 
grupos. Afortunadamente son pocos; y al 
afirmar que son pocos no crean que me es- 
polea el' partidismo. ¡ Iíay que desear la 
paz, señores, hay que desearla con toda 
el alma! 

— Ese deseo está en todos; — _dijo Te- 
tcucío. — Si no fuera porque los pensa- 
mientos tristes no son propios de La Tras- 
humante, yo os diría que siento en mi in- 
terior, con abultado relieve, el fuerte con- 
traste entre lo Sugestivo del espíritu aca- 
riciado por apacibles añoranzas, y los 
cuadros que me rodean diseñados en rojo 
por alguna mano hercúlea ; las figuras 
<|ue contemplo esculpidas por el cincel de 
algún diabólico Buonarrotti ; las escenas 
de violencia trágica que se suceden entre, 
tenebrosos bastidores, bajo bambalinas de 
negras nubes invernales, al levantarse el 
telón euménico de la guerra, y con argu- 
mento de gesta, dictado por la inspiración 
tumultuaria de algún númen shakespea- 
riano. Resucitan en mi seno, ante la vi- 
sión oscura del invierno, entre dramáticas 
acechanzas, y bajo la presión de odios de 



— 120 — 


Caín mal' reprimidos, los pesados día* 
estivales, bajo el cielo benéfico de Monte- 
video, junto á las playas de airullador su- 
surro y al paso de las brisas que solo re- 
cogían, en sus alas, palabras de , amor y 
de alegría; y entretanto no reina en torno 
sino la dureza sombría ó vengativa des- 
arrollándose en cuadros dolorosos. 

Hizo una breve pausa y prosiguió. 

— A la linde de un camino’; en parajes 
llenos de poesía, con escarpados cerros y 
fértiles valles sucediéndose en renovados 
panoramas, he visto un edificio severo, es- 
cuela de aquellos contornos, circundada de 
árboles y próxima á la modesta capilla de 
blancos muros coronados por la vieja 
campana que armoniosamente anuncia las 
alboradas en el valle. En aquella escuela,, 
faro de los campos, que esparce en tomo 
sus resplandores de progreso, no he encon- 
trado más . que soledad y silencio. ¡ Nada 
del eco sonoro con que la llenaban ant:s- 
los gorjeos infantiles! ¡Nada de las suaves 
enseñanzas que doman fieros caracteres, 
y encauzan violentas pasiones, y robuste- 
cen generosos sentimientos, y engendren 
nuevas facultades propicias al progreso i«- 
;defiuido de la nación! Por allí ha pasado- 
ferozmente ed brazo de la guerra, han des- 
filado las brutales fuerzas aniquiladoras, y 
el nido infantil, estremeciéndose horrori- 
zado!, queda vacío; su? pobres pájaros vo- 
laron despavoridos! 

• — ¡Valió trago! — gritó Marcial para 
desvanecer el ambiente de tristeza que em- 
pezaba á rodearlos. — Has predicado me- 
jor que un benedictino.' En premio, toma 
caña, — y le alargó la botella — pero -no 
nos- hables de cosas tristes. 

— Pronto estará el asado — dijo Aris- 
tófilo mirando hacia el fogon que humea- 
ba cerca, y al respetable costillar que in- 
clinado hacia el fuego oblicuándose, y es- 
tirado transversalmente por dos palitos adi- 



- 121 - 


Otoñales, parecía el velamen de un mástil 
de fragata en -miniatura. 

— El asada reconforta el ánimo, alegra 
los corazones ... 

— Y embrutece al cerebro, — concluyó 
Terencio. 

—¿Qué, le ha parecido Basilisio Sala- 
ria? preguntó Aristófilo al prisionero. 

— Muy simpático. Tiene el poder suges- 
tivo de todos los Saravia. Si ustedes co- 
nocieran á Aparicio se explicárían fácil- 
mente el prestigio personal ’de que goza. 
Parece que esta facultad fuera un don pe- 
culiar de la familia. Por eso no me lia 
extrañado el carácter de Basilisio. 

— Terencio le ha aplicado una rápida si- 
lueta cuya particularidad es el abuso do 
las pés ; todas las palabras empiezan por ps. 

— El juego es muy antiguó — añadió 
tTerencio — pero ser antiguo solo es de- 
fecto en la mujer. 

—¡A ver! Díeelo al joven Rególo 
— pidió Aristófilo. 

Terencio dijo así, hablando lento, v re*- 
calcando con fuerte pronunciación las 
pcs iniciales de todas las palabras: 

— Paisano, probo, pareo, previsor, pan- 
zudo. Partidista, pero principalmente pa- 
triota. Platieador, pero pensando, pausa- 
damente, palabra por palabra. Poderoso, 
pero pronto para prestar plata. Político, 
pero poco predispuesto para prestigiar 
personajes prevaricadores. Pacífico, pero 
poco perezoso para pelear. 

— ¡Punto! — dijo Aristófilo. 

• •—¡Perfectamente preparado! — excla- 
mó Régulo. • 

—¡Puras pes! — ratificó Marcial. 

Pero previsoramente puestas para pin- 
tarlo propiamente — terminó Terencio.- 

— A eso — prosiguió Aristófilo — le lla- 
maría un decadente sinfonía en pe mayor. 



- 122 - 


/Entretanto, á poca distancia (\ la iz- 
quierda, un grupo de guardias lanzaba pin- 
torescas exclamaciones jugando á la taba; 
y á la derecha, un poco más lejos, otro 
grupo, más tranquilo, escuchaba alrededor 
de su fogon á un paisano que cantaba 
acompañado de la guitarra. 

Las exclamaciones de unos y el cantar 
del otro, llegaban distintamente á la rue- 
da de los oficiales. _ 

— ¡ Cinco reales al mano ! 

— ¡Un peso al que se prepara! 

— ¡Cinchó, hermano, que vas á peludiar! 

—¡Taba! 

— ¡Cu.... diao con el mozo, que había 
sido vivo pal juego ! 

Entre tanto el prisionero seguía dando 
datos del ejército revolucionario para sa- 
tisfacer la curiosidad de sus nuevos ami- 
gos : 

— Tengan ustedes en cuenta que sola- 
mente algunas de nuestras divisiones están 
liien y completamente armadas, y esas son 
las que siempre sostienen el fuego. El 
resto solo tiene remingtons antiguos, lan- 
zas y sab’es. Después de la batalla del Par- 
que pasamos al Brasil sin tener un solo 
proyectil; gracias á que Juan Francisco 
nos dió un millón de tiros» 

— ¿Según eso, es incontestable que don 
Juan Francisco Pereyra da Souza se per- 
mite el lujo de auxiliar decididamente á 
la revolución? — preguntó Marcial. 

— Sin duda. Toda su poderosa influencia 
en Rio Grande está al servicio de Sara- 
via. Ahora h* ido á Buenos Aires, y pron- 
to se verán los efectos: no tardará mucho 
el general en recibir armas, municiones y 
pertrechos que lo consuelen sobradamente 
de la pérdida del parque que con tan poca 
suerte custodió Abelardo Márquez. 

— También lo auxilia con hombres ¿no 
es cierto? ¿Hay muchos brasileños en la 
revolución? — interrogó Terencio. 



- 123 — 


— Pero, no todos obedecen á sugestión 
de Juan Francisco; los más de ellos son 
voluntarios.. También hay muchos argen- 
tinos de Entre Ríos y Corrientes, que vie-' 
nen por su gusío, ó reclutados por los 
agentes de la revolución. 

— El Brasil y la Argentina — dijo Mar- 
cial con acento enojado • — son los patro- 
cinadores de la revolución. No tienen us- 
tedes una sola arma que no ostente el se- 
llo de la Argentina ó del Brasil. 

— ¿Y de dondequiera que las' saquemos? 
— preguntó Régulo sonriendo. 

— ¡De Europa! 

— ¡Oh! Está más cerca y más cómoda 
la frontera. El contrabando de Europa se- 
ría imposible. 

— Pero las naciones limítrofes debían 
impedir con sincera vigilancia, esas pro- 
visiones, por respeto á la leal neutralidad. 

— ¡Bah! — exclamó Régulo riendo — 
durante la guerra anglo-boer, ¡¡no era In- 
glaterra misma una de las proveedoras de 
armas para los enemigos de la Gran Bre- 
taña ? % de armas que salían de una fábrica 
cuyo presidente era Chamberlain mismo, 
y uno de sus directores el mismísimo rey 
actual, que era entonces príncipe de Gales? 

— Si, es cierto; — intervino Terencio — 
pero esa conducta, en semejante caso, re- 
presenta mi imperdonable delito de con- 
ciencia. 

— i¡La conciencia! — glosó Régulo con 
amargura. — ¿No recuerda usted la frase 
de Shakespeare? La rectitud .de concien- 
cia hizo de Hamlet un cobarde. 

— Entonces — replicó Terencio — la 
mejor práctica de la virtud ¿es arrollarlo 
todo ? 

— Hoy., sí, — asintió Aristófilo. — Re- 
cuerdo que Herbert Spencer juzgó mcre- 
cidlamente. p nuestra época cuando 
en una epístola, dirigida al historiador 
■norteamericano Moncure Conway, afirmó 



— 124 - 


que vuestros tiempos son testigos de un 
extraordinario recrudecimiento de las pa- 
siones brutales . 

* —En suma, ¿la última afirrñacion de la 
moderna filosofía retrocede al Eclesiastes 2 
¡ todo es vanidad y mentira ! 

— ¡No hay más que una verdad: mi va- 
so lleno! — gritó Marcial levantando el 
frasco de caña. — Ya ven ustedes que 
también yo se hacer citas: esto lo dijo Pe- 
lletan ó Malioma; no recuerdo bien. 

— ¡Pst! — exclamó Aristófilo imponien- 
do silencio,- — ¡oigan ustedes la copla del 
cantor ! 

En efecto, el de la guitarra cantaba ale- 
gremente en aquel momento: 

Con un cigarro de hoja 

comparo al mundo 
porque todo ■ se vuelve 
ceniza y humo. 

— Protesto, señores, de tanto escepticis-' - 
mo : mi idealismo es más positivista que 
vuestro escepticismo. ¡He aquí mi máxi- 
ma: muchos pájaros en el bosque, mu- 
chas estrellas en el cielo, muchas flores en 
el pensamiento, mucha música en el alma, 
muchos besos de mujer en la boca, y des- 
pués . . . muerte rápida ó vida eterna ! 

— ¡ Che ! — gritó Marcial — se te olvi- 
dó añadir : «mucho tabaco en la maleta y 
(mucha caña en el fraseo.» 

— ¡Ah, Romeo, Romeo! — exclamó Te- 
reneio — tú imaginas la vida, no la vives. 

— i Y qué me importa ? ¡ Con tal de quo 
en mis ensueños me acompañe el ideal de 
Musset : 

Une vierte en or fin d’un libre de legende 

daña un flot de velours trainant aes petits pieds 

— ¡Traduce! ¡traduce! — exigió Mar- 
cial. 

— Una virgen de oro fino, en un libro 



125 - 


de leyenda, deslizando sus piecesitos sobre 
una -ola de terciopelo. 

— ¡ Oído ál cantor ! — gritó Arístófilo. 

El de la guitarra cantaba: 

Jíi mujer y mi caballo 
se me ' murieron á un tiempo : 
mi mujer está en la Gloria : 

¡mi caballo es lo que siento! 

El grupo lanzó una carcajada. 

— ¡Cómo se destejan ustedes despoeti- 
zándome el pensamiento! — exclamó Ro- 
meo. 

— Mira mijo,'' — advirtió Aristófilo — 
no hay poesía, ni hay grandeza, que no 
lleve al lado un mono invisible que á lo 
mejor se deja ver. 

— Hace poco . — corroboró Terencio — 
leí en Fígaro que el cajón en oue envia- 
ron á Belgrado la corona del rey de Ser- 
via, ostentaba un gran letrero que decía 
¡ Frágil \ 

— ¡Ya ves, pobre Romeo! 

—¡Ustedes — contestó éste fingiendo 
enojo — no son capaces ni de vislumbrar 
lo que yo guardo aquí dentro. Por mucho 
que asciendan no llegarán al nivel de mi 
corazón ... ¡y aún tengo más arriba el 
pensamiento ! - 

— ¡ Bravo ! 

— ¡ Que baile ! 

— ¡El asado! — gritó el asistente enar- 
bolando el costillar. 

— ¡Bueno! El último brindis, por la 
P az — propuso Terencio echando mano al 
ya caduco frasco. • 

— ¡La paz! — » murmuró Régulo — ■ no' 
¿reo que se haga todavía. 

—•¡Porque ustedes no quieren! — objetó 
Marcial. 

Quizás — replicó el revolucionario in- 
corporándose. — Consiéntanme ustedes la 
últim - 7 ■' ' muy aplicable á la actual si- 



tuacion uruguaya: Miffiing dijo á Was- 
hington : 

— La peor paz vale más que la me or 
guerra. 

Y Washington contestó á 'Miffling se- 
ñalando á los hombres que le rodeaban: 

— Es cierto : pero hay en vuestras pa- 

labras más verdad de la que estos hom- 
bres están dispuestos á reconocer. 

: — Y lo que usted se reserva — observó 
Terencio — es á qué hombres actuales debe 
aplicarse esá cita. 

— Lo que yo me reservo — rectificó Ré- 
gulo — es el derecho de atacar ese jugoso 
asado, porque la caña me ha abierto- el 
apetito. 

Y todos se dirigieron hacia el costillar, 
mientras Romeo, incorregible, recitaba en 
voz alta el verso de Miguel Angel escrito 
en el pedestal de la estatua de la Noche 
sobre la tumba de Lorenzo de Medicis : „ 

Grato m’e il sonno e pia l’esser di sasso 
mentre ch’il danno e la vergogna dura... 



Literatura de campamento 


Es una noche tormentosa y fría. 

El campamento no duerme, .acecha, por- 
gue frente á sus tiendas se levantan vigi- 
lantes y amenazadoras las tiendas del ene- 
migo. 

Allá fuera los caballos inmóviles pre- 
sentan la grupa al viento y la llovizna. Las 
nubes espesas no logran apagar los res- 
plandores de la luna llena. De vez en cuan- 
do circulan las patrullas y sé renuevan 
los centinelas. Las ráfagas huracanadas 
urlan en el cercano bosque, con mugidos 
iracundos: parece que desde más allá de 
las colinas circundantes vinieran, encole- 
rizados, hasta el campamento, alaridos de 
rabia y hululais de odio. 

En el interior de la carpa, mal alum- 
brada, por un candil primitivo, se arropan 
en sus ponchos, tendidos sobre las 'duras 
camas de cojinillos y caronas los cuatro 
oficiales, encogidos, estrechados, reunidos 
por el deseo (le pasar en distraída charla 
aquella noche de forzosa vigilia. De rato 
en rato, alarga alguno la mano á la can- 
timplora de cuero y la destapa y la besa 
con movimiento rápido. El brazo de utr 
asistente asomando por la abertura única 
de la carpa, da ó recibe á intervalos re- 
gulares, el mate cimarrón. 

— Cuéntanos un cuento, Terencio — 
dijo alguno; y los demás reiteraron la pe- 
tición. 

— Sueno, — consintió éste — pero mi 
cuento va á ser largo, fantástico. .. y sim- 
bólico. 



128 - 

, Atuzó su largo bigote rubio de puntas 
levantadas, peinóse el cabello con los de- 
dos rígidos de.su mano abierta, y fijó un 
momento en el oscurq exterior la mirada 
intensa de sus ojos de un azul oscuro y 
metálico. 

Acomodáronse los oyefttes y adelanta- 
ron liada el narrador sus semblantes, que 
se iluminaron con un vigoroso claro-oscu- 
ro al acercarse á la llamarada cárdena y 
humeante del candil que bacía equilibrios 
en el centro sobre una negra y abollada 
lata de grasa. 

Y trás de breve pausa en que urlaron 
más pavorosas allá fuera, las ráfagas ira- 
cundas del viento huracanado, como alari- 
dos de rabia y hululais de odio, comenzó 
así su cuento el narrador. 


La historia. . . ó, leyenda, que voy á 
referir, no corresponde á fecha fija; ya 
lie dicho que es simbólica ; y no entraña 
un hecho real, positivo; ya be advertido 
*que es fantástica. 

Así como hubo en tiempos una prince- 
sa Nausicáa, la de las viejas tradiciones, 
que á pesar de su famosa hermosura y 
preclaro linaje, iba entre las doncellas do 
su corte á lavar sus ropas al río, así tam- 
bién había en un hermoso país de oriente, 
entre caudalosos ríos fertilizantes, junto’ 
á un mtr d? esmeraldas, sobre opimas pra- 
deras y bajo diáfano cielo, una bellísima 
reina, la reina Uruguá, que habitaba por 
todo palacio una ancha tienda de telas y 
tapices, colgados en pabellón sobre ele- 
vados mástiles coronados de gallardetes y 
•oriflamas, amueblada con rudos escabeles 
de cedro, adornada no más que por lanzas, 
arcos, flechas y trofeos, y cercada por tri- 
bus de pastores guerreros, que cuidaban 
de di a los gruja. »V rebañes, y guaf- 



¿aban de noche con altivo amor y con su- 
miso respete)» la tienda de su reina ; de 
la hermosa reina TIruguá. 

Y ya -por entonces, iba creciendo en 
justa fama el fértil país de la. dicnosajrei- 
na, por la riqueza de su suelo, por la~pu- 
re¿a de su ambiente, por el perfume dé 
sus flores, por la hermosura de sus muje- 
res, por el valor de sus guerreros, por la 
grandeza de su historia _y~ por el cantar 


'Pero aquélla incomparable belleza, que, 
como un nimbo luminoso, en torno de su 


manto regio y sus cabellos de sedoso éba- 
no, üradia la reina Uruguá; aquel. deste- 
llo fúlgido de sus ojos, negros en,, que la 
luz titila como el rielar de las aguas pro- 
fundas; aquel vibrar melódico y sonoro 


de su voz, que susurra como lejano ru.- 
mor de aguas que en corriente invisible 
resbalaran sobre nuestras cabezas' desde un 


infinito á otro infinito; aquel rastro de lu- 
minosa^ fragancia que „se va esparciendo, 
al ritmo de su paso, como nebulosa cauda 
de algún astro viviente, han inflamado las 
almas en torno suyo; y la benigna reina, 
en caridad de amor, ofrece, al fin, el ga- 
lardón de su mano, al que mayores virtu- 
des ejercite, en -honor suyo. 

Dos príncipes, hermanos, se destacan 
por su valor y sú belleza entre la falange 
de adoradores, y todos, deslumbrados ante 
el poder que ostentan, se apartan á su pa- 
so y. desisten de su empeño. 

Rivales únicos, se encaminan los dos 
Principes hermanos, seguidos de sus luci- 
das InMaítea, hasta la regia tienda, donde 
espera la hermosa reina, sonriente y benig- 
*■< sentada en su alto solio, rodeada de 
susjanias. 

TaUj^dvos como hermosos, ostentan ga- 
llardos «« vistosos trajeará la antigua 
nasnza, y Revan ondulan te^sobre sus yel- 
mos y sobre los yelmos de sus cohortes, el 



uno, el penacho rojo; el otro el penacho 
blanco. 

Y cuando ellos, de pie ante la arrun fla 
reina, /en actitud confusa, mezclada de 
amor y de respeto, de fogosidad y de mo- 
destia, expusieron sus demandas con varo-- 
niles acentos, habló así/la reina, con aque- 
lla voz de arpegiada melodía, á cuyos ecos 
contestabán, regocijados, con sus cantos, 
las aves de la selva: 

«¡He aquí mi mano, príncipes! Sólo pi- 
do en pago de ella, de mi. corona y de mi 
cetro, de mi' poder y mis riquezas.,;.. amor; 
amor profundo, sincero y. puro; . amor ge- 
neroso en gendrador de sacrificios; amor 
excento de vanidad por la gloria del triun- 
fo ; exento de codicias por la posesión de 
mis tesoros. Príncipes de igual extirpe sois 
ambos, -puesto que sois hermanos ; ambos 
habéis sido igualmente gratos á mis ojos : 
sembrad con vuestras fecundas energías el 
país sügrado de vuestra reina, volved 
• cuando os convoquen mis heraldos, y aquél 
que haya comprobado, con sus actos, más 
puro amor . por mí, ese reinará conmigo 
sobre la hermosa tierra de lá reina Uru- 
guá..,^ 




Transcurrieron muchos, muchos- años. 

Sea que en aquellos tiempos^ gozaran los 
mortales de inagotables energías de vida, 
sea oue intervenga en ello la índole fantás- 
tica 'y simbólica de mi leyenda, ello es 
que tanto la reina como ambos príncipes, 
conservaban aun -todo su vigor, toda su her- 
mosura, su fe, su juventud y sus pasiones, 
cuando después de tantos años, fueron con- 
vocados solemnemente, los dos príncipes 
hermanos y rivales, por los heraldos y ff ~ 
ráutes de la reina, para dilucidar, al. ¿fin, 
en público torneo de pruebas, el pierio -de 
sus amores. 



—131 -- 


Pero ya nt, se asentaba la corte bajo las 
telas y tapices de la antigua tienda cam- 
pestre, colgados en .pabellón de los altos 
mástilesícbronados de oriflamas y gallar- 
detes:^ ©a hermosa reina, esperaba en sxi 
trpno, .bajo la altísima y artesón ada te- 
cJíUmhgp de un • inmenso salón, entre mu- 
ros de esculpidos sillares de granito, sobre 
pavimento de' mármoles, á la luz de •^b- 
gantescos ventanales de policromos vichaos. 
Ya nó pululaban en tomo á la morada re- 
gia los' feroces ginetes de sus- tribus con las 
banderolas de sus lanzas sacudidas ñor los 
vientos sibilantes del océano. Abora se er- 
guían en redor* firmes, inconmovibles, "en 
ordenados escuadrones de edificios mages- 
tuosos, las fábricas, los museos las aca- 
demias, los teatros para el pueblo, las es- 
cuelas para la infancia, los emporios para 
el fomento de las artes y de las -ciencias. 

Y concurriendo á la solemne asamblea, 
^resididos de los heraldos y farautes, entre 
los grandes y preclaros del reino, al son de 
patrióticos himnos, penetraron en el in- 
menso salón les dos príncipes, hermanos y 
rivales, y esperaron de pié, respetuosos y 
en silencio, frente á las gradas del trono, 
circundado de damas como una guirnalda 
de hermosuras. 

, Era aquél el momento del solemne deba- 
te, el debate prolongado y tenaz, por 
tantos años sostenido, que llegaba en su 
término á la hora emocionante én que ha- 
bía de sentenciarse con fallo definitivo el 
pleito de sus amores. 

Y en medio" de' la inmensa y brillante 
®®onurrencia, entre el abrumador silencio 
de la ansiosa espectativa, bajo las arcadas 
mage -tilosas de aquel salón severo y vé- 
ftpra’.le coro un templo, yiéronse inirévi- 

serenas las figuras de los, dos prínci- 
pes. -Pero vióse también, que aun ceñía la 
frente m uno el yelmo de guerra corona- 
do por el penacho blanco, sobre el capri- 



" - 132 - . 

choso traje á la antigua usanza y la alta 
bota en que vibraban con sones argentinos 
las espuelas de plata, mientras mostraba 
el otro su esbelta y elegante apostuf&^db- 
bujado el busto bajo el negro frác moder- 
no; ceñida la pierna de atléticas formas 
por el recto pantalón; calzado de brillan- 
te» charol, y sin más distintivo ni más fer- 
ina, que, al lado de la nivea pechera, la 
pequeña escarapela roja fija en el ojal. 


Y fué digna de oírse y conservarse 
tacta entre las crónicas del reino, aquella 
controversia dé los dos príncipes her- 
manos, en que con quejoso acento y en 
mesuradas frases aunque con. fogosa ex- 
posición de pruebas, se desarrolló el proce- 
so de sus emulaciones, sus rivalidades, los 
méritos de sus obras, la pureza de- sus in- 
tenciones y los móviles de su eónductá. ■ 

'—Tú- — decía el príncipe de la escara- 
pela roja — durante los años trabajosos de 
riesgos y de pruebas en que era la ansiada- 
recompensa nuestra reina, no has dirigido 
hacia ella las energías de tu cariño ; sólo 
has dirigido contra mí fes ímpetus de tu 
rivalidad ; y año tras año, no han resonado 
en los oídos de tu. reina las protestas, de 
sincero afecto, solo han resonado en los 
oídos míos tus gritos de guerra. 

— ¿ Y acaso de ot ro se diputan, 

dos rivales • la mano de una r fréítáoáa? 

I Acáso tú mismo, no has, respondido siem- 
pre á la guerra con. 

— Eero si s'enppvestuve pronto para la 
lucha, también lo estuve para los pactos 
f ratero a’es, para los convenios de la paz. 

— Ouando se debilitaban tus fuerzas.,. 

— Es cierto'; porque ambicioné aprove- ^ 
cKar. sus restos, en fes períodos de tregpsM 
pava explearlos con mayor amor por*;íiS 
reina, en levantarle este palacio, poner ha- 



— 133 


jo sus plantas estos mármoles, ceñir de re- 
flejos sus cabellos con la luz matizada por 
esos vidriados ventanales, levantar las fá- 
bricas en que se tejen sus vestidos, fundar 
las escuelas donde se educa su pueblo, éri- 
les monumentos en que se convocan los 
sabios y los artistas, sembrar en los. cam- 
pos las granjas en que sazonan los produc- 
tos del suelo: en eso invertí el resto de mis 
energías y la mayor parte de mis tesoros. 
Tu, entretanto, durante esas treguas efí- 
meras, empleaste tu vigor y tus riquezas 
en afilar de nuevo las medias, lunas de tus 
lanzas; en rellenar tus arsenales, en fo- 
mentar el odio entre tus cohortes ; en pre- 
parar, durante una 'corta paz, la nueva 
guerra. 

— ^caso no habías ocupado un lugar 
preferente al lado de su trono. . . ? 

— Si, como el más servicial de sus mi- 
nistros. 

— é • • • no te habías implantado al lado 
de su palacio, á la cabeza de su corte, so- 
bre la hueste de sus servidores, usurpando 
mi puesto?... 

— ¡Usurpando tu puesto! ¿Por qué? 
é Quién te impidió nuncá abandonar tus 
castillos feudales, .acudir á la corte, ocupar 
con tus más inteligentes secuaces las tri- 
bunas, las cátedras, las imprentas, los 
escaños de las asambleas, las sedes profe- 
sionales?... ¿Quién te impidió nunca que 
arrojaras ésas lanzas, ésos yelmos, esas 
espuelas y abandonaras aquellos sórdidos 
y oscuros caseríos en que implantaste tu 
corte en la soledad de los campos, y vinie- 
ras hasta nosotros para levantar con tri s 
hombros los sillares graníticos del nuevo 
palacio de tu reina, y moldear con tu in- 
digencia los artículos del nuevo código 
«N# pueblo? 

solamente tú, siempre interpuesto 
en mi.. -eamino; obstáculo permanente do 
mi justa ambición ; valladar en que se es- 



— 134 


trellaron mis anheloá ; brazo férreo que me 
ha impedido á toda hora, poseer los dere- 
chos ante mi reina á que somos, como her- 
manos, igualmente acreedores, y lograr la 
mano de la soberana, á la que aspiro con 
tanta justicia como tú. He ahí la eausq 
justa de mi actitud de guerra; he ahí por 
que movido de un ímpetu natural y huma- 
no, viendo en tí el solo obstáculo que me 
impide llegar hasta la mano de mi reina, 
arrollo el obstáculo, y te reto en persisten- 
te lucha y te combato, y. saltaré sobre tí 
mismo para lograr un deseo que no puede 
ser otorgado á tí solo en perjuicio mío, sin 
faltar á una ley divina; la ley de nuestra 
sangre común. 

— ¡Reina, caballeros, damas y pueblo! 

¡ Ante vosotros, que habéis escuchado sus 
palabras, yo acuso solemnemente á mi 
rival! Yo lo acuso, inspirando mi voz en 
lá justicia y >en el eco aún latente de sus 
frases, de haber olvidado las condiciones 
impuestas por la reina Uruguá, cuando 
hace años aceptó este torneo : «Yo pido — 
dijo — un amor puro, generoso, engendra- 
do? de sacrificios, un amor exento de va- 
nidad por la gloria del triunfo ; exento de 
codicias por la posesión de mis tesoros.» 
Hoy, yo, ante vosotros acuso á mi rival de 
no albergar en su corazón un amor since- 
ro hacia la reina Uruguá, sino el odio re- 
concentrado contra mí. Yo lo acuso de 
sentir en lugar de ese amor desinteresado 
hacia ella, y generador dé sacrificios, 
la codicia avara do poseer su corona, su 
cetro.* su poder y bus riquezas. Ahora, rei- 
na Uruguá, esperamos tu sentencia, 

Y en aquel momento de solemne espec- 
tativa, transformóse el salón como efecto 
de una súbita apoteosis; como la fase 
fantástica que imprime su simbólico ' _11 o 
á mi leyenda. i 

Desde la base del trono, subiendo en r,0- 
por sutilísimo ante el muro frontero» nna 



— 135 - 


¿jibe opalina dejó ver ante los ojos asom- 
brados de todos, un panorama inesperado. 

Encuadrada en la nube, vióse una in- 
mensa pradera, regada por arroyos y ca- 
ñadas; sobre ellos, lejanas cumbres coro- 
nadas por la faja luminosa de un cielo 
azul ; á sus pies un río de plata ; en el cen- 
tro del fecundo prado, á manera de altar, 
un monumento severo construido de si- 
llares inmensos, en cuyo .frente lucía con 
le‘r.is de oro, esta palabra: Patria, y al 
lado, una figura vaporosa, ceñida en .tú- 
nica de nieblas; efigie gigantesca de la 
reina Uruguá, que bañaba sus plantas en 
las ondas argentinas del río, y la corona 
de sus cabellos en los destellos refulgentes 
del cielo. 

■Como rumor de aguas vivas, descendió 
de la altura la armoniosa voz, que con 
emoción profunda escucharon enardecidas 
todas las almas.. 

T dijo: 

^Guerrero del penacho blanco! Si quie- 
res levantar de tu frente la solemne acusa- 
ción de que no es el amor puro hacia mí 
el que te mueve, sino el odio á tu rival, y 
la codicia de poseer mi corona, mi cetro, 
mi poder y mis riquezas./, ven! ¡aproxí- 
mate á mi altar, y con la frente levantada, 
luminosa, altiva por la grandeza misma 
de tu Niobio sacrificio, depon las armas, an- 
te el ara sagrada. Si así lo haces, el alien- 
to de Dios acariciará tu frente, y como 
mi amor no es un amor humano, punzador 
de la carne, despertador de los sentidos ; 
como mis ósculos no besan en la boca, sino 
en el corazón, yo compartiré entre voso- 
tros. los dos hermanos rivales, las gemas 
de mi corona, los laureles de mis bosques 
y guirnaldas de mis jardines. Pero si 
así no lo hicieres ¡ay de tí! yo misma gra- 
bare so. re tu frente el estigma qu.e mere- 
ces, por haberme fingido amor sincero, 



-136 - 


cuando no albergabas en tu corazón sino 
concupiscencias, odios y codicias » 


El narrador calló. 

Severo silencio reinó en el interior de 
la carpa. ' 

Allá fuera, entretanto, las nubes se ha- 
bían desgarrado. La luna plateaba las pra- 
deras salpicadas de matices rojizos, como 
si fueran la falda nivea de la reina Uru- 
guá, manchada de sangre. Las ráfagas del 
huracán lejano, apagaban sus gemidos ex- 
traños. Parecía como si más allá de las co- 
linas, debilitándose, desvaneciéndose fue- 
ran muriendo, poco á poco y para siempre, 
los alaridos de l-e. rabia- los hulnlais dél 
odio. 


FIN DEL TOMO PRIMERO 



ÍNDICE 


Pag. 

Prólogo 3 

Dos palabras al lector. — Posición de los ejér- 
citos en la segunda quincena de Mayo. . 9 

* 

Batalla de los Olimares. (20 de Mayo) .... 29 

Consecuencias del combate de los 01imare6. — 
Rumbo de los tres ejércitos. — El ejército del 
Norte desde Mansevillagra hasta Bañados 
de Rocha.— La odisea del parque revolucio- 
nario 41 

Ataque al Salto. (29 de Muyo).— Combate de 
G-uay abos . (6 de Junio) ... . . - 51 

Los campamentos.— Escenas de la vida mili- 
tar. — La Trashumante.— La novela en la 
guerra ... 65 

¿Paz ó tregua? 89 

La neutralidad argentina 99 

En el ejército del Sur.— Un prisionero de 
guerra. --La revolución, sus costttmbres, su 
espíritu 107 

Literatura de campamento. ... . 127